Como sabía que a Han Li lo tenía herido en el pie, Zhang Tie le llevó la comida hasta la puerta de su cabaña, con intención de acompañarlo mientras comían.
Han Li observó al muchacho dar tumbos en su reducido cuarto: arrastrando una silla para aquí, forcejeando con la mesa para allá, afanándose durante un buen rato hasta que por fin todo quedó arreglado y pudieron sentarse a comer. No pudo evitar sentir un poco de gracia—y, más que eso, un poco de emoción.
Cuando los dos quedaron sentados frente a frente, se pusieron a charlar de las cuitas y novedades de dentro de la puerta mientras se embutían la comida en la boca, y de vez en cuando se intercambiaban las confidencias que cada uno había sacado de su entrenamiento.
En cuanto la charla recaía en su "Arte de la Armadura de Elefante", Zhang Tie se entristecía tanto que ponía los ojos en blanco.
A esas alturas, con solo mencionar el Arte de la Armadura de Elefante Zhang Tie palidecía de pavor. Y es que no había entrenado más que el primer nivel, y ya el Doctor Mo lo había atormentado hasta hacerlo gritar sin tino. No solo tenía que sumergirse en horas fijas en unos baños de hierbas de olor repugnante, sino que además el Doctor Mo no paraba de propinarle golpes con su palo de madera, con el pretexto de templarle los tendones y los huesos.
Esos métodos brutales de entrenamiento le habían robado, durante algún tiempo, toda esperanza de dormir a pierna suelta por la noche. Tenía el cuerpo entero hinchado y amoratado, y al más leve contacto con la cama de madera ponía una mueca de dolor y siseaba.
Para él, aquello había sido una auténtica pesadilla.
En cuanto a la Fórmula Sin Nombre que practicaba Han Li, Zhang Tie la envidiaba desde el fondo del corazón.
A su modo de ver, todos los días Han Li solo tenía que sentarse como un monje y recitar sus sutras en meditación. Cuando Han Li oía aquello, no podía sino callarse y no hallar nada que decir.
Aun así, Han Li comprendía muy bien el pavor de Zhang Tie ante las capas posteriores del Arte de la Armadura de Elefante. Que alguien supiera que habría de someterse a un sufrimiento varias veces más atroz de cuanto ya había padecido bastaba para andar inquieto de día y noche, sin poder estar sentado ni dormir en paz.
Que Zhang Tie se hubiera mantenido firme hasta el final, sin rendirse nunca, ya ganaba por entero la admiración de Han Li.
Si se hubiera tratado de él, jamás habría consentido en entrenar un arte marcial tan autoflagelante—ni siquiera aunque de la noche a la mañana pudiera convertirlo en un maestro de primera.
Para cuando los dos hubieron hablado a lo largo de toda la cena, la comida estaba casi terminada. Zhang Tie recogió a toda prisa los tazones y los palillos, y luego se levantó para despedirse. Antes de irse, le dijo a Han Li que se acostara temprano y que descansara en calma, para que su pie herido pudiera sanar.
Han Li se quedó en la puerta, siguiendo con la mirada al muchacho hasta que se alejó, y luego se apresuró a volver dentro. Cerró la puerta y las ventanas con firmeza, dejando abierta solo la claraboya del techo para que entrara el aire. Solo entonces sacó la botella de la bolsa y se puso a estudiarla de nuevo.
Pero Han Li era, al fin y al cabo, solo un muchacho de diez años o poco más. Jugueteó con ella un rato, no halló ningún camino, y empezó a aburrirse. Para colmo, el pie seguía doliéndole, y además estaba cansado de espíritu. Sin darse cuenta, con la botella todavía empuñada en la mano, se había recostado contra el borde de la cama y se había sumido en un sueño pesado.
Nadie podría decir cuánto tiempo había permanecido allí, enterrado en sus sueños, cuando de pronto un frío lo invadió—una sensación de hielo que le llegaba de una de sus manos.
Han Li se estremeció con violencia, espabilándose de golpe. Con gran esfuerzo forzó a abrir sus párpados, que pesaban como plomo, y miró, medio aturdido, hacia la mano que le gastaba esas malas pasadas.
De pronto se sentó derecho como una vela, con la boca tan abierta que un hilo de baba se le escurría por una comisura sin que lo notara. Estaba del todo despierto ya, y la escena que tenía ante los ojos lo había dejado sin aliento.
Por la única ventana abierta del cuarto—la claraboya de arriba—hilos visibles de luz blanca caían desde el cielo, convergiendo sobre la botella que sostenía en la mano y reuniéndose en puntitos de luz no mayores que un grano de arroz. Toda la botella quedaba envuelta, capa tras capa, en un tenue velo de resplandor blanco.
Esa luz blanca era muy suave, apenas deslumbrante—y el frío que había sentido provenía de aquel débil resplandor.
Han Li tragó saliva con esfuerzo, aquel bocado de saliva convertido en hielo en su garganta, y solo entonces espabiló del todo. Arrojó la botella lejos de la mano como si lo hubiera quemado, y se arrastró a gatas hasta el otro lado del cuarto para alejarse de ella.
La observó con cautela durante un rato y, viendo que ningún peligro parecía amenazar, volvió a acercarse con timidez.
Atrapada en su halo de luz blanca, la botella se veía de una belleza poco natural, seductora, tocada de cierto aire de misterio.
Han Li dudó un instante, luego alargó el dedo y la tocó con suavidad unas cuantas veces. Al ver que no ocurría nada, la recogió con mucho cuidado, la puso de nuevo sobre la mesa, y entonces se tumbó a su lado para contemplar, lleno de emoción, aquel espectáculo extraño que jamás había visto en su vida.
Sin pestañear, Han Li fijó la vista en la botella dentro de su resplandor durante un cuarto de hora largo, hasta que por fin distinguió parte del secreto que encerraba.
La botella estaba absorbiendo sin cesar los puntitos de luz blanca que flotaban en sus cercanías, haciéndolos pasar por la misma superficie de su vidrio. No—no los absorbía. Eran los puntitos de luz los que se apretaban con desesperación hacia dentro de la botella, atropellándose unos a otros como si estuvieran vivos.
Sintiendo curiosidad, Han Li alargó la mano y dejó que la yema del dedo rozara con suavidad uno de ellos.
¡Frío! Y aparte de eso, nada fuera de lo común.
Han Li alzó la cabeza y miró arriba.
Hilo tras hilo de luz blanca seguía cayendo sin pausa por la claraboya del techo, sin el menor signo de detenerse.
Han Li echó un vistazo a la puerta y a las ventanas, todas selladas con firmeza, y luego levantó los ojos de nuevo hacia la claraboya abierta.
Le vino una idea. Empujó la puerta con suavidad para abrirla y asomó la cabeza, estirando el cuello de un lado a otro.
Todo iba bien. Era plena noche, y aparte del suave canto de unos grillos de otoño, el mundo de fuera permanecía en calma y silencio, sin un alma a la vista.
Han Li recogió la cabeza, volvió dentro, atrapó la botellita, la metió en la bolsa de cuero, y entonces salió disparado de la casa.
Corrió hasta llegar a un paraje apartado, abierto y vacío, y allí por fin se detuvo.
Barrió el entorno con la mirada, y solo cuando se hubo cerciorado de que no había nadie más en las cercanías, sacó la botella con sumo cuidado y la dejó suavemente en el suelo.
Los puntitos de luz que habían pululado en torno a la botella se habían desvanecido sin dejar rastro en el mismo instante en que esta quedó encerrada dentro de la bolsa.
Pero Han Li no se preocupó.
Y en efecto, al poco rato, hilos de luz mucho más numerosos que cuantos había visto dentro de la casa comenzaron a afluir desde todas las direcciones. Y entonces, incontables puntitos de luz blanca se apiñaron en torno a la botellita, agrupándose en una gran esfera de luz tan grande como una palangana.