El corazón de Han Li era una maraña de seda enloquecida, con algo de temor, algo de pesar, y todavía más de ciego desconcierto. Se había demorado y detenido hasta ahora, y sin embargo no daba con medio alguno de librarse, y sentía una punta de pánico apoderarse de él.
Pues a fin de cuentas era aún muy joven, y no podía disputar con un viejo halcón gris del mundo como el doctor Mo. Su artificio de templar la expresión hasta hacerla máscara inmutable fue visto a través por los ojos agudos del otro. Las perlas de sudor que le brotaron en la frente lo delataron como el tigre de papel que era.
El doctor Mo no dejó escapar la menor alteración del semblante de Han Li, y quedó sumamente satisfecho de la presión que había ejercido. Era su creencia fija que sólo cuando la mente de un hombre recula ante él puede hacérsele decir la verdad.
"¿Afirmas que retrasaba yo, a sabiendas, mi labor, y jugaba a demorar mi cultivo?" Han Li quedó aturdido por este golpe inesperado.
"Desde luego. Dos años enteros, y no has alcanzado aún el cuarto nivel. ¿De verdad fantasías que no podría ver a través de tu mezquino ardid? Los tres primeros niveles los completaste en tan sólo tres años. Concedamos que el cuarto sea mucho más difícil de alcanzar, mas a falta de drogas que te ayuden, no es de creer que en dos años enteros no hayas avanzado ni el ancho de un cabello." El doctor Mo habló con dureza, ambas cejas enhiestas y llenas de un brillo asesino, como si desde hacía tiempo estuviera airado con Han Li y sólo ahora diera rienda a su cólera.
"Parece claro que, diga lo que diga en mi defensa, el doctor Mo no querrá creerme." Han Li sonrió con amargura por dentro, sin soñar jamás que su cuidadosamente oculto progreso fuera la mismísima cosa que había engendrado esta presente madeja. En verdad había alzado la piedra sólo para dejarla caer sobre su propio pie, y no sabía si era para bien o para mal haber provocado tan pronto este estallido del doctor Mo, y desnudado todo el misterio.
"No digas más. Ni me importa saber si algo de cuanto hiciste en los días pasados fue verdad o mentira. Escucha ahora con cuidado; no te pregunto sino una sola cosa. Si te concedo un año más, ¿puedes llevar el Arte de la Juventud Eterna a su cuarto nivel?" El doctor Mo rió con frialdad, y soltó lentamente las palabras de mayor peso que se habían de decir en el día de hoy. Luego, sin pestañear siquiera, clavó su mirada con dureza sobre Han Li, aguardando su respuesta con toda cautela.
Han Li, de lúcida cabeza, sabía de sobra que su respuesta no afectaba tan sólo a la vida del otro un año después, sino que era la mismísima encrucijada de si él mismo viviría esta presente hora.
"Sabes bien en tu pecho que no puedo darte ninguna otra respuesta. Vamos ahora, primero destraba mis puntos de acupuntura." Han Li dejó caer de repente todo su cuerpo en el relajo, y su tono se volvió leve y airoso.
Al oír esto, el semblante del doctor Mo se ablandó, y un destello de aprobación brilló en sus ojos; mas no dio ni un paso para liberar los puntos de Han Li. En cambio, con gran cautela sacó de dentro de su pecho una caja de sándalo de cuatro esquinas, labrada con el más fino arte.
"Tu mera palabra no me es garantía. Si te diera en la cabeza, en verdad, colgar una cabeza de carnero y vender carne de perro —es decir, retener tu diligencia en el cultivo—, ¿en qué sería esto un ápice mejor que lo anterior? Por salvar tu vida y la mía, me conviene echar sobre ello una capa más de seguro." Así habló, con siniestra sonrisa.
Abrió la tapa de la caja con cuidado, y allí, tendida en el centro, yacía silenciosa una sola píldora blanca.
El doctor Mo alargó la mano y punzó a Han Li en el cuerpo, liberándole los puntos, y antes de que el muchacho pudiera moverse lo más mínimo, le puso la caja delante de las narices.
"Eres hombre de sentido, así que no he de gastar el aliento en ociosas palabras. Bien sabes lo que has de hacer." El doctor Mo entornó los ojos, y no había buena intención en aquella mirada.
Han Li estiró ligeramente sus entumecidos pies y manos, y sin decir palabra alargó la mano, tomó la caja de sándalo, y con dos dedos sacó con suavidad de dentro la píldora. Luego, en la cara misma del otro, sin mirar ni un ápice, se la llevó a la boca y se la tragó.
"¡Pa, pa! Excelente. El hombre que conoce los tiempos es un héroe. Mientras me ayudes a recobrar mi antiguo ser, no te faltará la recompensa pesada. Ni voy a hechizarte con puras palabras. Puesto que entre tú y yo se ha abierto una grieta, claro es que tomarte por discípulo fiel no ha de ser; mas asegurarte una vida de riquezas y honores, eso sí soy capaz de hacerlo." El doctor Mo dio un par de palmadas, y con suma sinceridad hizo a Han Li esta gran promesa.
"Dime ahora el oficio de esta píldora, no sea que, sin saberlo, falte a algún tabú y pierda la vida sin saber por qué." Han Li mantuvo el rostro en blanco, sin señal alguna de conmoverse lo más mínimo.
"¡Je, je! Esta droga se llama la Píldora del Gusano Cadáver. No es en verdad una droga, sino el huevo de algún gusano, macerado tras cierto método secreto. Cuando lo hayas tragado, quedará latente en tu cuerpo durante un año entero. Descansa tranquilo: en este año es por completo inofensivo, y de ninguna manera te estorbará en nada de lo demás que hagas. Al fin del año, con que tragues el antídoto especialmente compuesto, se deshará por sí solo, sin que quede rastro ni consecuencia oculta. Mas si, pasados los doce meses, no llega el antídoto, ¡je! El huevo habrá sacado su colmo de sustento, reventado su cáscara, y se pondrá a devorar, todas vivas, las entrañas y los intestinos del cuerpo, grandes y pequeños, hasta que un hombre, en la extrema angustia, aúlle y se lamente tres días enteros y tres noches enteras antes de morir al fin." Así habló el doctor Mo, con el mismo aire de contar una fruslería, mientras en secreto advertía a Han Li.
Han Li, al oír la letal crueldad de la píldora, tembló ligeramente, y su rostro se volvió maravillosamente ceniciento, bien cerca ya de no poder contener la cólera que se le agitaba dentro. Mas el golpe de gracia del doctor Mo aún estaba por llegar.
"Ah, y a propósito, oigo que tienes no pocos padre y madre y parientes en casa. ¿Es bastante la plata que les mandas cada mes? Si se les quedara corta, no te detengas en pedírmela, pues tengo gran memoria de tus seres queridos." El doctor Mo soltó estas palabras lentas y pesarosas, de gran porte. Sólo entonces mostró de verdad sus colmillos, y de un salto se los clavó en el más atroz punto vital de Han Li.
El rostro de Han Li se había vuelto lívido como el hierro, y no podía ya sostenerse en aquel estado, del que hablan los libros, de mente congelada y corazón quieto como agua mansa.
Con toda la última de su voluntad, hincó los dientes en su labio, temeroso de que un torrente de maldiciones o una súplica lastimera se le deslizara de propia cuenta por la boca. Bien sabía que, dijera lo que dijera, en ruego o en amenaza, el otro jamás soltaría este su mayor asidero sobre él.
"Descansa seguro. Dentro de un año, alcanzaré de cierto el cuarto nivel." Han Li apretó la mandíbula, y gruñó estas palabras una a una, sin ocultar ya el odio de muerte que tenía al doctor Mo.
Bajo tan descarada amenaza, no podía sino rendirse por el momento. Pues no podía llegar a aquel punto en que un hombre arroja a parientes y allegados, y desdeña la propia vida de sus padres.
Y ahora, cogido como estaba por la garganta, hasta el pensamiento de pelear a uña y diente para arrastrar a su enemigo con él a la común ruina debía echarlo a un lado. En este, su primer choque de batalla con el doctor Mo, había fracasado por entero y completamente.
Cuando el doctor Mo oyó las palabras de su sumisión, respiró hondo, con alivio, del pecho oprimido. Pues su propia tensión no era ni un ápice menor que la de Han Li, tan sólo velada de la vista bajo un rostro de máscaras extrañas y cambiantes.
"¡Perverso es este Arte de la Juventud Eterna! ¡Un renacuajo apenas salido de la adolescencia, y sin embargo tan duro de roer!" Así maldijo el doctor Mo ferozmente en su corazón, sin saber siquiera si era envidia o celos lo que le royera.
Pues aunque este Arte de la Juventud Eterna posee en verdad alguna virtud de lavar la médula y abrir el entendimiento para quien lo cultiva, su pleno efecto descansa, sin embargo, en el hombre que lo practica. Han Li, nacido más precoz y más aguzado que la mayoría de sus años, desde que tomó este arte había llegado a superar con mucho a cualquier muchacho común en la sutileza de sus mañas y en los alcances de su mente.