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Capítulo 17: Hermano Mayor Li (1)

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 17 de 33·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-08 12:34

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Entre los dos luchadores, destellos de sable y de espada danzaban y se entreveraban; las dos armas se habían vuelto dos bolas de luz fría que de cuando en cuando chocaban entre sí, sin que ninguno llevara ventaja.

Han Li observó un rato sin poder sacar nada en claro. Solo alcanzaba a ver que los dos brindaban un espectáculo muy animado y vistoso; no acertaba a distinguir cuáles eran las jugadas maestras y cuáles los desaciertos, y cuál de los dos era el mejor no era cosa que un profano como él pudiera discernir.

"Hermano menor Han," no pudo contenerse por más tiempo El Pequeño Ábaco, y se dirigió a él con aire respetuoso, "¿puedo preguntar bajo cuál de los patronos de la secta cultiva usted? Ahora que ha salido de su reclusión, su destreza habrá dado un gran salto hacia adelante, ¿no es así?"

Porque ha de saberse que todo discípulo interior de la Secta de los Siete Misterios, tras pasar unos dos años de instrucción básica en la Sala de los Cien Templados, era enviado a hincar la rodilla ante algún anciano de la generación anterior y tomarlo como maestro, para aprender artes marciales más elevadas; y solo al graduarse de ese aprendizaje adquiría el discípulo algún cargo concreto dentro de la secta.

Claro que ese era el camino de los discípulos comunes. Si algún discípulo descollaba con brillo en el examen de ingreso, podía, saltándose de lleno los dos años de instrucción básica, entrar directamente en la Sala de los Siete Extremos, donde varios de los jefes de la secta podían tomarlo como discípulo de cámara y transmitirle las artes más secretas del clan—como la carpa que salta la Puerta del Dragón, remontando de un brinco hasta los mismos cielos.

Si uno se distinguía durante los dos años de instrucción básica, además, podía asimismo ganarse la atención de algún anciano, maestro de sala, patrono u otra alta eminencia, y ser tomado como discípulo personal de ese maestro. Las perspectivas de tales discípulos, aunque no igualaban las de los alumnos de los jefes de la secta, los recomendaban para mucho más favor que a los discípulos corrientes.

Al oír que Han Li acababa de salir de semejante reclusión, y no habiéndolo visto jamás, El Pequeño Ábaco supuso por natural que aquel hombre era discípulo de una eminencia de alto rango de la secta, y por eso preguntó con cortesía, anhelando trabar relación.

"Hace unos años, cierto patrono de rango elevado se fijó en mí y me tomó como discípulo," respondió Han Li, que se sabía muy bien lo que estaba pasando por la cabeza del otro, aunque en su rostro fingió un aire de tímida modestia, procurando no obstante echar unas cuantas gotas de suficiencia en sus palabras. "En cuanto a cuál de los patronos fue, no me atrevo a pronunciar el venerable nombre de ese buen anciano."

"¿De veras? ¡Entonces el hermano menor Han es un hombre de mucha suerte!" A El Pequeño Ábaco no le molestó lo más mínimo que Han Li no quisiera revelar el nombre de su maestro, pensando que, fuera cual fuese el patrono, con seguridad se alzaba por encima de su humilde maestro; pero su actitud cambió al instante. "De ahora en adelante su posición en la secta será altísima, y su camino no tendrá límites. Solo espero que, si se presenta la ocasión, usted se digne a amparar a este su humilde hermano menor."

"El hermano mayor Han no es, a todas luces, una criatura del estanque," prosiguió, prodigando sus halagos. "Un día llegará a la riqueza y a la cumbre de los honores; de eso no cabe duda."

"En este hombre de tez oscura y cara de bobo," iba mascullando para sus adentros El Pequeño Ábaco, "¿cómo habrá un patrono que lo tome como discípulo? ¡Y aquí estoy yo, el más listo de todos, sin que ninguna gran eminencia me haya querido!" Mas en su rostro solo se mostraba una reverencia aún más profunda.

Han Li pudo oír el giro por completo en el tono del otro, que de pronto lo llamaba hermano mayor en lugar de hermano menor, y le pareció cosa bastante divertida.

Ni sentía el menor desprecio por él en su corazón. Porque adular a los poderosos y a los ricos es instinto natural del hombre; ¿quién no querría vivir mejor y escalar más alto? Y menos aún le sorprendía que este hombre, como se traslucía hasta en su propio nombre, fuera un espíritu ladino que sabía sacar provecho de todo.

Pero iba a llevarse un chasco, porque lo que Han Li acababa de decir no era mentira, y sin embargo ese título de "discípulo de patrono" era una quimera: a cualquier discípulo al que se eche mano al azar en la Secta de los Siete Misterios le bastaría para tumbarlo sin esfuerzo. Si el muchacho soñaba con apoyarse en él como en un gran árbol, lo más probable era que hubiera escogido un tronco equivocado.

Así las cosas, Han Li se sonreía para sus adentros, y mientras tanto, con un aire despreocupado, escuchaba los piropos de El Pequeño Ábaco y hasta se veía obligado a corresponderle de vez en cuando con alguna cortesía.

"La destreza marcial del hermano mayor Han es de lo más alto," seguía El Pequeño Ábaco, sin cesar de desgranar palabras melosas aunque al propio tiempo trataba de estudiar por el rabillo del ojo cada movimiento de Han Li. "Si usted se dignara a entrar en el ruedo, sin duda haría papilla a ese esgrimista, sin la menor duda..."

"¡Qué raro!" iba pensando El Pequeño Ábaco, aunque su lengua no se detenía. "Un discípulo de patrono debería ser profundo en las artes internas y ligero de pies. ¿Cómo es que no logro entrever nada de su profundidad? Las sienes no se le abultan lo más mínimo, ni se le asoma a los ojos el menor destello de espíritu. ¡Por todos los indicios parece un hombre que no sabe una palabra de artes marciales!" Cuanto más lo observaba, más desconcertado se quedaba.

"El asunto está zanjado," llegó la voz de Han Li, leve como una pluma, cortando en seco su ensimismamiento.

Sobresaltado, El Pequeño Ábaco volvió la vista a toda prisa hacia el ruedo.

Y así era: el hombre del sable—el que había manejado el sable—había arrojado su arma a un lado; un brazo le manaba sangre a chorros, y con la otra mano se apretaba la herida, con el rostro lívido de furia. A las claras no se rendía de buena gana. Y no es de extrañar, pues los dos eran rigurosamente iguales en destreza; lo que había pasado era que un descuido suyo lo había hecho caer en una trampa de su contrincante, y había perdido por un solo tiro.

Al ver esto, el rostro de El Pequeño Ábaco se nubló de pesar, y por su boca no cesaban de salir un "¡Qué lástima!" tras otro.

"¿Y por qué ha de ser lástima?" Han Li no había visto nada notable en aquel combate, pero con un comentarista tan a mano, sería una pena no aprovecharlo.

"Esta lid," explicó El Pequeño Ábaco, "de haberla ganado el hombre del bando de Wang Dapang, habría dado tres victorias a su facción, y la última pelea ya no haría falta. ¡Lástima que al fin no haya ganado!"

"¡Ah!"

"Pero no importa. Solo queda la última lid, y el hombre que saca ahora Wang Dapang es el artista marcial más consumado entre todos los discípulos de nuestra promoción. Su mano con el Arte de la Lámina del Viento y el Trueno es incomparablemente fiera—capaz de triturar la piedra y rajar el metal. ¡Ja! Solo con ver el célebre sable del hermano mayor Li, valor ya mi viaje aquí la pena. Sea quien fuere el que esa facción saque al ruedo, nuestra victoria está asegurada." El Pequeño Ábaco había empezado algo acongojado, pero de pronto reanimó el ánimo, y parecía rebosar de fe en ese hermano mayor Li.

"¿Conque hemos llegado a la lid final?" respondió Han Li distraído, pensando para sus adentros: ¿Y quién será este hermano mayor Li? ¿Un hombre del que nunca he oído hablar?

En aquel instante, del bando de Wang Dapang salió un muchacho de aire frío y adusto. Empuñaba una larga hoja que refulgía con una luz pálida y mortífera. Paso a paso se encaminó hasta el mismísimo centro del ruedo, y allí cerró los ojos, sin pronunciar una sola palabra.

"¡Hermano mayor Li! ¡Hermano mayor Li! ¡Hermano mayor Li!"

Al ver a este muchacho tomar el campo, todos los que estaban fuera se dejaron arrastrar por un frenesí de entusiasmo, y a una sola voz se pusieron a gritar el nombre del muchacho—un grito tras otro, cada uno más atronador que el anterior. El rugido estremeció todo el ruedo. Y ya nadie podía distinguir quién era hijo de rico y quién hijo de pobre; solo quedaba un solo clamor unánime de aliento hacia aquel muchacho.

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