Hasta que el doctor Mo no volviera a la montaña, Han Li sabía que sería bastante seguro usar la botellita aquí, en el Valle de las Manos Espirituales. Pues el valle entero no cobijaba a nadie más que a él mismo, y ningún extraño sería de esperar que se tropezara sin aviso con él, de suerte que por un tiempo podía descansar seguro de que nada saldría mal, y servirse de la botellita con plena libertad y atrevimiento.
Han Li dio vueltas en su mente al tiempo que probablemente tardaría el regreso de su maestro. Difícilmente podría el viejo esperanza alguna de hallar planta digna de tenerse en el campo de alrededor de la montaña; se vería obligado a viajar muy lejos, muy probablemente a bosques profundos y a páramos intransitados donde pocos hombres ponen el pie, pues sólo en tales rincones remotos había esperanza alguna de recoger hierbas de raro valor. Pero un viaje semejante, con la ida y la vuelta y el buscar por los baldíos entre medias, no podía bien hacerse en menos de la mejor parte de un año.
Medio año había ya transcurrido desde que el doctor Mo bajara de la montaña, y Han Li calculaba que no le faltaban sino seis o siete meses para volver a poner el pie dentro de la Secta de los Siete Misterios. En todos los días antes de su regreso, Han Li no podía hacer otra cosa que acelerar el crecimiento de tantas hierbas como le sirvieran a su propósito, y debía planear con cuidado, ajustando sus cosechas a las pocas recetas raras que conocía, y no derrochar el líquido verde a ciegas.
Las medicinas que Han Li se proponía preparar, drogas para ensanchar su poderío y abrirse paso por los atascos que lo retenían, no eran otras que aquellos incomparables remedios santos que el propio doctor Mo había anhelado componer pero nunca había logrado reunir ingredientes suficientes. Que apareciera una sola de ellas en el mercado y empobrecería a una casa entera, y pondría a todo el jianghu a pelear rabiosamente por ella.
Aun un médico de la destreza sin par del doctor Mo jamás había visto con sus propios ojos una sola de esas medicinas terminada, y mucho menos la había compuesto con sus propias manos. Podría conocer los métodos por los que habían de hacerse aquellos medicamentos santos, pero sin las plantas en la mano no podía hacer otra cosa que exhalar sus suspiros al cielo.
Cuando Han Li estudiaba medicina bajo el doctor Mo, había tomado un vivo interés por esas recetas raras. Aunque jamás se había atrevido a esperar que un día pudiera componer medicinas de tan incalculable precio, se había llevado a la memoria no pocas de ellas. En cuanto al doctor Mo, miraba aquella hambre ansiosa de tales fórmulas con un ojo del todo impasible; siempre que Han Li preguntaba, lo exponía todo con el mayor detalle, sin la menor señal de querer retener nada. Sin duda lo estimaba un hueso de gallina, sin gran sabor, y sin embargo lástima dar a la basura.
Aquellas mismas recetas se habían vuelto ahora tan queridas para Han Li como la niña de su ojo. Se dio con terquedad a la tarea de hacer brotar, bajo cada una de las que pedían sus fórmulas, una hierba de justo la edad necesaria, y no osó deslizarse ni lo más mínimo, pues el tiempo no era amigo suyo. Debía tener compuestas estas medicinas antes de que volviera el doctor Mo, y luego poner la botellita en un anaquel alto y no volver a tomarla a la ligera en la montaña.
Pues Han Li no tenía ni la menor confianza en poder servirse de la botellita ante los ojos del doctor Mo sin delatarse. Conocía demasiado bien cuán astuto y cauteloso era su maestro, y no abrigaba ni un ápice de intención de dejarle saber jamás el secreto de la botellita.
En efecto, Han Li sentía que el vínculo entre él mismo y el doctor Mo era cosa muy extraña, de ninguna manera la cosa llana y simple que mediaba entre un maestro y su discípulo.
El doctor Mo tenía la costumbre de clavarle una mirada singular de su especie, y esto hacía tiempo que le había hecho albergar a Han Li la fantasía de que el viejo guardaba oculto algún secreto que no le auguraba nada bueno. Sobre todo en el último año o dos se había hecho más fuerte tal sentimiento. Y así, entre Han Li y el doctor Mo jamás podría haber esa cercanía, ese hablar de todo y no esconder nada, que corría entre un maestro común y su alumno.
En los idas y venidas de la vida diaria, el doctor Mo lo trataba en verdad muy bien, nada de puños que blandir, nada de maldiciones que soltar, y en el asunto de la fórmula de cultivo no escatimaba esfuerzo alguno en procurar a Han Li las mejores condiciones que pudiera urdir. Sin embargo, entre maestro y discípulo pendía siempre cierta película de separación, y una extraña incomodidad flotaba en el aire que mediaba entre ellos.
El doctor Mo había marcado con claridad esa grieta, y sin embargo no traicionaba ni la menor señal de deseo de remendar el vínculo entre ambos. Simplemente seguía como había seguido siempre, pensando tan sólo en instar a Han Li a avanzar en la fórmula de cultivo. Sólo que aquella mirada vieja y extraña que solía echarle a Han Li parecía haberse hecho más rara por grados, hasta poder pasar largos trechos sin asomarse del todo.
Pero el agudo sexto sentido de Han Li le decía, débilmente, que su maestro no había abandonado de verdad el propósito que acariciaba, sólo que lo había escondido con el mayor arte bajo la superficie. Y esto ahondó todavía más la cautela de Han Li hacia él. Bajo semejante nube, ¡cómo iba a osar jamás dejar que el secreto de la botellita fuera conocido por tal hombre!
De no pocas historias había extraído Han Li una lección de hierro, el viejo refrán de los siglos: "No abrigue un hombre pensamiento de dañar a otros, y sin embargo nunca le falte la cautela para guardarse del daño."
Tanto si el doctor Mo le deseaba de verdad el mal, como si no era más que una vereda errada de sus propios sentidos, mantener la guardia todavía más alerta hacia él jamás podría ser cosa mala. Si de veras albergara el corazón de su maestro el mal contra él, entonces cuanto mayor su prudencia, tanto mayor su seguridad de andar a salvo del daño. Y si su sexto sentido lo había descarriado, aún no había hecho nada malo en aguzar su vigilancia, ni sería por su propia voluntad que hiciera jamás nada contra su maestro; él, Han Li, seguiría siendo el buen discípulo del doctor Mo, y rendiría a su maestro cada deber filial que le adeudara.
Aun así, su corazón no quedaba del todo en paz mientras pensaba en ello. Este maestro y este discípulo, tan extraño par, no tendrían sin duda paralelo en toda la Secta de los Siete Misterios, y no pudo contener un suspiro.
Que la botellita jamás debía volver a usarse una vez el doctor Mo volviera a la montaña estaba fuera de toda cuestión. Pues no hay en este mundo pared tan gruesa que ni una palabra pueda atravesarla; aun cuando escapara del aviso del doctor Mo por la más angosta de las suertes, algún otro hombre de los Siete Misterios podría tropezarse con el secreto. El camino más seguro era poner la cosa aparte y comportarse como si jamás hubiera sido.
Con todo plan trazado y la firme resolución en su pecho de que mantendría la botellita escondida y apenas la tocaría de ahí en adelante, el corazón de Han Li se aflojó al fin, y se fue deslizando hacia un confuso sueño sobre su tarima.
En los meses que siguieron, Han Li se sirvió a escondidas del líquido verde de la botellita para acelerar el crecimiento de grandes montones de hierbas preciosas. Con ellas compuso, siguiendo sus recetas, no escaso depósito de medicinas raras; sin embargo, en el mezclarlas sufrió no pocos fracasos en el camino, y cada fracaso le hizo doler la carne durante no poco rato. Pues ni una sola de las hierbas que entraban en tales medicinas era otra cosa que el material más fino que este mundo puede ofrecer, y perder un solo lote significaba que vaya a saber Dios cuánta plata había ido a parar derecha por el desagüe. A pesar de todo, apenas podía culparse a sí mismo. Ningún hombre compone tales medicinas salvo por primera vez, y uno o dos fracasos eran sólo de esperarse; hasta el propio doctor Mo, si se pusiera a mezclar esas mismas drogas, resbalaría una vez o dos. Y con tales pensamientos se consolaba Han Li lo mejor que podía.
La "Píldora del Dragón Amarillo," el "Polvo del Espíritu Claro," la "Píldora que Drena la Médula Dorada," la "Píldora de la Esencia Nutritiva"—todas aquellas medicinas sin par y rara vez vistas del mundo exterior estaban ahora alineadas ante Han Li, cada una guardada en su propia botellita, una docena y más en fila. Han Li contempló aquellos frascos, y su rostro se iluminó de deleite; con tales elíxires milagrosos entre las manos, ni siquiera tendría que esforzarse en el cuarto nivel de la fórmula, pues el quinto y el sexto le llegarían sin gran labor.
Entre todas estas medicinas, la Píldora del Dragón Amarillo y la Píldora que Drena la Médula Dorada eran las mayores ayudas a su práctica, pues ambas tenían la maravillosa virtud de aumentar su poderío y de rehacer de cimientos sus huesos y nervios. El Polvo del Espíritu Claro era un antídoto sin par, de una clase rara vez igualada en el mundo, capaz de deshacer mil y diez mil de los venenos más atroces. Por último venía la Píldora de la Esencia Nutritiva, una medicina espiritual de virtud singular contra las heridas tan interiores como exteriores; cualquier que fuera la gravedad de la herida, un solo trago de ella, aun cuando se quedara corta de resucitar a los muertos y remendar las heridas al punto, aliviaría con todo la lesión con poder y mantendría al doliente asido a la vida.