Justo cuando Han Li había empezado a creer que aquel tiempo encapotado y lluvioso iba a prolongarse todavía por muchos días, el sol volvió al fin a colgar en lo alto del cielo, y los cielos se aclararon.
Había pasado ya casi un mes desde que había tropezado con el secreto del líquido verde, y su paciencia llevaba tiempo agotándose. En la misma noche en que al fin escampó, volvió a contemplar la maravilla que cuatro años atrás se había desplegado ante sus ojos: innumerables puntos de luz, apiñados y apretados en torno a la botellita, hasta reunirse en un solo y enorme resplandor.
En cuanto Han Li puso los ojos sobre aquel portento, la enorme piedra que le oprimía el corazón sobre una punta de martirio volvió al fin a su sitio. Ya podía darse por descontado: la botellita no era un objeto de un solo uso, destinado a gastarse y a tirarse, sino un tesoro raro que se podía aprovechar una vez y otra y otra.
Esperó siete días más, y al cabo apareció por fin dentro de la botellita una nueva gota de líquido verde. Cuando Han Li vio formarse aquella gota de esmeralda, aunque su confianza hacía tiempo que estaba puesta en ocho o nueve partes de cada diez, la alegría le inundó sin medida. Tenía ahí la prueba de que en adelante dispondría de un caudal inagotable de hierbas preciosas, y no volvería jamás a atormentarse por la falta de ellas.
Porque él sabía muy bien que la valía de una planta medicinal se juzgaba, en su mayor parte, por su edad. Cuanto más vieja la hierba, tanto mayor su potencia medicinal; y del mismo modo, cuanto más vieja una planta, más difícil era dar con ella, pues tales cosas crecían en bosques profundos y en cornisas vertiginosas, donde el que las buscaba debía arriesgar el cuello, o abandonar del todo toda esperanza de conseguirlas.
Bien es verdad que algunos boticarios y médicos se habían puesto a cultivar hierbas por su cuenta, pero por lo común no eran más que las especies vulgares, cosas que podían usarse tras unos pocos años. Pocos eran los necios que se pondrían a plantar lo que no iba a servirles hasta dentro de una década o varias.
Aunque siempre había grandes y ricas casas, las que temen lo imprevisto, que mandan criar por encargo hierbas de rara calidad, para guardarlas contra la hora de la crisis en que una vida pudiera pender de un hilo. Tales hierbas, por su misma naturaleza, poco valía podían dar hasta que hubiera pasado sobre ellas una prodigiosa retahíla de años; pues de lo común, los hombres de tales medios lo adquirían por un puñado de monedas, y ¿para qué afanarse entonces en criarlo? Y como estas casas podían pasar su fortuna de generación en generación, poco les importaba cuánto tardaran en madurar sus plantíos. Ningún hombre sabía si un día él mismo tendría necesidad de ellas. De ahí que tales hierbas, la mayor parte de las veces, fueran las más finas del mundo, algunas exigiendo un siglo entero de cuidados, o bien raros ejemplares solitarios que no se encontraban en ninguna otra parte, cosas que ningún hombre común tenía el dinero ni los medios de cultivar.
Cuando alguna hierba así, tesoro silvestre, asomaba un instante deslumbrante por el mercado, casi siempre la barrían estas mismas grandes casas, de suerte que el precio de las plantas medicinales raras subía cada año más y más, hasta el punto de que el comprador apenas hallaba quien ofreciera una a ningún precio.
Han Li no abrigaba grandes esperanzas acerca del resultado de la expedición del doctor Mo. Fuera lo que fuese lo que el viejo iba a buscar, presumía que la cosecha sería bien escasa. Pero él mismo ya no tenía necesidad de atormentarse por tales asuntos, pues ahora que tenía esta botellita, ¡cuántas hierbas buenas no podría sacar a la luz en el espacio de unos pocos días!
En las decenas de días que siguieron, con el ánimo en una extraña ebullición, Han Li llevó a cabo uno tras otro experimentos sobre el aceleramiento de las hierbas crudas.
En una ocasión, roció con el líquido verde, rebajado y diluido, una gran cantidad de plantas, y amaneció al día siguiente con una abundancia de hierbas vulgares, cada una con apenas un año o dos de vejez a mayores, sin nada que ver con el botín de aquella primera prueba. Y sin embargo, hasta de aquel fracaso sacó una lección; de este experimento Han Li empezó, oscuramente, a entrever algunas de las reglas que gobernaban la cosa.
En la prueba siguiente se desprendió del rebajado por completo, y dejó caer el líquido verde directamente sobre una sola raíz de ginseng. Al despertar al día siguiente, se halló entre manos un ginseng de cien años, que no se distinguía en el menor detalle de un ginseng centenario silvestre. Aquella prueba le arrebató de alegría, no porque hubiera ganado así medicina tan rara, sino porque ahora tenía en su puño un aceptable dominio de cómo debía usarse el líquido verde.
Y así se dio a una nueva tanda de pruebas, esta vez sobre la conservación del líquido verde. Extrajo la gota de esmeralda recién formada y la puso, una tras otra, en toda clase de recipientes que pudo echar mano—frascos de porcelana, botellas de jade, calabazas, redomas de plata y el resto—y halló que ningún frasco del mundo podía conservar el líquido ni siquiera un cuarto de hora. Una vez fuera de la curiosa botellita, o se usaba dentro de ese plazo, o poco a poco se desvanecía hasta no quedar rastro alguno. El líquido diluido sufría el mismo defecto, perduraba un poco más, pero dejado de sobra, todo lo que quedaba en el frasco era el otro fluido que se le había colado dentro, pues la esencia del líquido verde ya se había esfumado.
Después de varias pruebas de esta índole, Han Li renunció a toda esperanza de guardar el líquido misterioso en otro recipiente cualquiera. No había manera de atesorarlo en cantidad alguna, concluyó, y así encaminó sus esfuerzos a probar si su eficacia podía acumularse sobre una sola planta.
Dejó caer una gota de líquido verde sobre una hierba sanwu verde y la convirtió en una hierba sanwu amarilla con cien años de potencia. Pocos días después le dejó caer otra gota encima, y su edad se disparó adelante en más de cien años.
Comprobando que tal práctica de veras avalaba, Han Li empleó los dos meses y más que siguieron en repetirla sin descanso. Siempre que una gota fresca de líquido verde se reunía en la botellita, la dejaba caer sobre aquella hierba sanwu, y la planta no le defraudó. Sus hojas se deslizaron poco a poco del amarillo a un amarillo negruzco, y de ahí a negro, hasta que al fin, cuando todas se volvieron de un negro brillante y lustroso, se había convertido en una hierba sanwu milenaria, cosa rara vez igualada en todo el mundo.
La prueba había sido un éxito redondo, y a todas luces, de tener paciencia, podría empujar todavía más alto la edad de la hierba. Pero para Han Li aquel era un ejercicio por completo innecesario. Le bastaba con saber que la práctica era sana y practicable; no tenía por el momento necesidad alguna de hierbas de tan inconcebible edad. Una planta de unos cuantos siglos de potencia le sobraba para su propio consumo.
Con tan larga serie de pruebas concluida, Han Li pudo al fin reservarse un momento de descanso y poner en orden sus pensamientos, pues para entonces ya había pasado no poca porción de tiempo desde que el doctor Mo bajara de la montaña.
En aquella hora presente, Han Li yacía sobre la tarima de madera de su propia habitación, con la hierba sanwu milenaria asida entre las manos, mirando fijamente a las vigas de arriba.
Sus ojos se fijaban derechos en la mala hierba negra, como si la estuviera estudiando; pero de haber habido otra persona en la habitación, habría leído de un vistazo, por la vagancia de su mirada, que su mente estaba muy lejos de aquella hierba sanwu, que andaba errando por los parajes más remotos de sus propios pensamientos, perdido en vaya a saber Dios qué cosas.
Toda la alegría que había sentido al ganar por vez primera aquella hierba se había agotado del todo. Ahora no paraba de darle vueltas y más vueltas al bien que la botellita le había traído, y al peligro que llevaba en su estela, y a proyectar cómo habría de proveer a su porvenir.
De los muchos libros que había en las habitaciones del doctor Mo, Han Li había leído no pocos relatos de "los que tienen un tesoro y por él están perdidos." La botellita que tenía en sus propias manos era un tesoro sin precio, y si algún extraño llegaba a saber que poseía tal cosa, no viviría para ver la mañana siguiente. Sería engullido, como tantos tenedores de tesoros antes que él, por toda clase de codiciosos que vendrían a la carrera con la noticia. Y dejando de lado los ejemplos remotos, tome uno el caso más cercano: si los varios maestros de la secta de su propia montaña llegaran a conocer el secreto de la botellita, jamás le dejarían ir libre. Urdirían por todos los medios matarlo y apoderarse del premio, dejándolo a la descarnada suerte de "el tesoro llevado y el hombre cortado."
"No debo decir a nadie una palabra de esta botellita," resolvió Han Li, "y en la montaña debo usarla con el mayor cuidado, pues la manera en que bebe los puntos de luz es demasiado ruidosa, y un solo instante de descuido podría traicionar el secreto ante un extraño." Y se juró a sí mismo mantener los labios cerrados, y no exhalar ni una sola palabra a nadie.
"Y sin embargo me hallo aquí en la misma hora en que más necesito medicinas que alimenten mi cultivo. Dejar la botellita sin uso sería un gran desperdicio, y debo hallar alguna vía que responda a ambos fines." Pensó en su propio cultivo, que no le había dado ni el menor progreso, y se le apagó parte de la luz. Lo que quiera que se dijera, el avance de la fórmula no podía descuidarse. No era por las instancias del doctor Mo que él cultivaba, sino porque ya había empezado a sospechar oscuramente que los extraños cambios que lo marcaban como distinto de los hombres comunes estos últimos años estaban atados, más allá de toda separación, al cultivo de aquella fórmula sin nombre.