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Capítulo 29: Comienza el Conflicto

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 29 de 33·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-08 16:13

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El doctor Mo guardaba su semblante por completo sin expresión, los dos ojos a medias abiertos, a medias cerrados, mientras una de sus manos yacía firme sobre la muñeca de Han Li. Todo el peso de su mente estaba puesto en el estado del qi verdadero dentro del cuerpo de Han Li, y por largo rato no profirió palabra. No fue sino hasta pasada la medida de una taza de té que soltó un largo y profundo suspiro, como si quisiera expulsar por el aire todo su enojo, y sus ojos se abrieron de golpe, y de aquellos turbios orbes saltó cierto fulgor de luz aguda, de modo que ningún hombre osaba encontrarse con su mirada.

Su cara estaba sombría y cavilosa, y era patente que no quedaba muy contento con Han Li; mas aún ninguna palabra de censura pasaba por sus labios. Fríamente movió la mano, haciendo señas a Han Li de que lo siguiera. Han Li, obediente y discreto, se puso tras de él, y aunque estaba muy atraído hacia el extraño misterioso de su lado, sabía muy bien que no era esta la hora de hacer preguntas ociosas.

Cuando estuvieron dentro de la casa, el doctor Mo se hundió cansadamente en el alto sillón, con el espaldar pegado al respaldo, medio sentado, medio reclinado. El fulgor agudo se le había apagado de los ojos, y era una vez más el hombre gastado por la larga enfermedad. El extraño lo seguía pisándole los talones, sin quedarse ni un paso atrás, y cuando el doctor se sentó, se puso en su sitio detrás del sillón y ahí se quedó enhiesto, sin moverse. Han Li sabía que el humor del doctor Mo no era de los mejores, y no tenía ganas de hablar el primero y atraer la ira del maestro sobre su cabeza; así que, haciéndose a imagen del extraño, se anduvo hasta el mismo centro de la sala, y allí, frente al doctor Mo, bajó la cabeza y se mantuvo quieto y circunspecto, esperando a que el doctor abriera la boca.

Pasó un gran rato, y aún nadie hablaba. Han Li, que se iba poniendo un poco perplejo y perdiendo la paciencia, deseó alzar la cabeza y robar una mirada al doctor Mo.

"Si quieres mirar, pues mira, y no andes a las escondidas," vino la fría y mordaz voz del doctor Mo, apenas Han Li hubo alzado el cuello a medias. El cuerpo de Han Li dio un sobresalto, y luego, obediente, levantó la cabeza, recorrió una o dos veces con la vista la cara del doctor, y la retiró de prisa otra vez. El semblante del propio Han Li no había cambiado nada, mas dentro de su pecho sus pensamientos se revolvían como un mar hirviente.

¿Cómo se había vuelto la cara del doctor Mo tan rara de repente? Sobre aquel rostro ceniciento pendía ahora, a medias, una nube delgada de vapor negro; y este vapor negro parecía cosa viva, que echaba fuera incontables finos tentáculos, arrojándose y retorciéndose sobre su faz como si devorara y clavara las garras en el aire. Lo que maravillaba a Han Li todavía más era que el doctor Mo, tan distinto de su acostumbrado modo de piedra, lucía ahora una expresión de la mayor crueldad y resolución, y estaba mirando a Han Li con un mirar de ninguna buena voluntad, mientras en la comisura de sus labios holgaba una leve y burlona sonrisa.

Han Li sintió que no todo estaba como debía, y una cierta zozobra se le enroscó en el corazón, mientras un aliento de peligro comenzaba a esparcirse por la sala. Cauteloso, vigilante, se deslizó medio paso atrás, y escondió la mano dentro de la manga para cerrarla sobre el cilindro de hierro que allí llevaba, y así aflojó un poco la tirantez de sus nervios; y aun mientras hacía esto, un bajo murmullo de mofa del doctor Mo le llegó al oído.

"¿Tan ruin ardid como ése me has de poner delante por maravilla?"

El doctor Mo se movió, y con extraña gracia se pasó de su pose reclinada a una de pie; luego, con una leve y siniestra sonrisa, mudó su figura un cabello de distancia, y he aquí que estaba al lado de Han Li en un abrir y cerrar de ojos, como un mismo fantasma, clavándole la vista con una risa fría y quedita. El rostro de Han Li cambió de color, y supo que todo estaba perdido, y se dio prisa a levantar el brazo; mas al punto una insensibilidad lo barrió por el cuerpo, y no pudo mover ni un dedo. Fue entonces cuando vio al doctor retirar su dedo del punto sobre el pecho de Han Li que le había sellado. Había sido hecho tan de prisa que Han Li no había tenido la menor sospecha de su mano.

"Elder Mo, ¿qué quiere decir con esto?" dijo Han Li, a quien ya no le era dado guardar su firme sosiego, forzando una sonrisa en sus labios. "Si este discípulo ha hecho alguna falta, bastaría con que usted dijera la palabra. ¿Para qué tiene que sellarme los puntos?" El doctor Mo no respondió nada, sino que sólo se golpeó una o dos veces la espalda con una mano, y tosió un poco, llevando todo el aire de un anciano frágil y quebrantado al borde mismo de sus fuerzas. Mas Han Li lo había visto un momento antes asirlo y quietarlo con tan indecible prisa, de modo que no osaba tomarlo por un viejo enfermo común, y aquella debilidad fingida suya sólo hizo que Han Li lo tuviera en mayor respeto.

"Doctor Mo," prosiguió Han Li, "¿qué hombre es Su Eminencia, para que se rebaje a trocar palabras con un mero discípulo? Suéltene los puntos, y cualquier penitencia que usted tenga a bien, la soportará este discípulo toda entera." Y así derramó una cuerda de halagos y lisonjas. Pero el doctor Mo no le hizo caso, sino que metió la mano en la manga de Han Li y le sacó el cilindro de hierro, tomándolo en su mano, y se puso a ver la representación del muchacho con un mirar de burla y desdén bien abiertos.

A la vista de ello, el corazón de Han Li se hundió hasta los mismos abismos, y la esperanza, que había abrigado, de mover al doctor con palabras, quedó del todo deshecha. Claramente el hombre no le dejaría ni la más angosta rendija para escapar. Y así Han Li se fue callando poco a poco, y el mirar de su faz se volvió sosegado y manso, y volvió sus ojos al doctor Mo sin sombra alguna de sentimiento en ellos. Y en ese instante todas las cosas dentro de la sala parecieron quietarse, tan quedas e inmóviles que eran como la calma muerta que se reúne antes de la tempestad.

"¡Bien! ¡Bien! ¡Bien!" Las tres palabras, como una sentencia, asomaron de pronto de los labios del doctor Mo. "No has resultado indigno del hombre que yo, Mo Juren, aparté. Aun ahora tu cara no cambia de color, y guardas la cabeza en los dientes del peligro; no fue precio mal gastado el tesoro que puse en ti." Y de repente se puso a alabar a Han Li, aunque en la alabanza había poco amor.

"¿Y qué es, entonces, lo que piensa hacer conmigo?" preguntó Han Li, sin recoger las palabras del doctor, sino poniendo su propia pregunta.

"¡Ja! ¿Y qué haré yo contigo?" repitió el doctor Mo la pregunta, sin conceder ni negar nada. "¿Qué haré yo contigo? Eso ha de quedar en cómo te conduzcas."

"¿Qué quiere decir?" dijo Han Li, frunciendo un poco la frente, y adivinando a oscuras una parte del designio del doctor.

"¿Y si no lo digo? Con la agudeza de ingenio que tienes, bien deberías descifrar por tu cuenta más que un poco."

"Sólo una parte pequeña adivino," confesó Han Li, sin negarlo, y respondió con el oído más sincero. "Pero toda la cadena del asunto, sus causas y sus consecuencias, aún no la entiendo."

"Muy bien. Eso es justo como debe hacerse. Cualquier pregunta que tengas, házmela a mí derechamente, y no la guardes encerrada para siempre en tu pecho." Y el doctor Mo sonrió una siniestra y pequeña sonrisa, y el vapor negro sobre su cara pareció espesarse otras dos capas, haciendo su semblante todavía más espantable de vérselo. "Sé muy bien que has estado siempre en guardia contra mí, y que jamás me has tomado de verdad por tu maestro. Pero eso no importa, pues tampoco yo te he tomado jamás de verdad por mi discípulo." Y el doctor Mo dio una ligera bufada al decirlo.

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