Han Li asió la soga del balde de madera y lo arrojó al charco de abajo. Un tirón atrás, un alce arriba, y el balde subió rebosando de agua de manantial. Alzándolo sin el menor esfuerzo por encima de su cabeza, torció la muñeca y, con un chorro de agua, se vertió un balde de agua fría de manantial desde la coronilla hasta la planta de los pies.
"¡Ja, qué frescor!" "¡Ja, qué bien sienta!" exclamaron a la par Han Li y otro muchacho, con un estremecimiento de agrado. No era para menos, que estábamos en lo más recio del verano, cuando el calor aprieta en demasía; ambos llevaban la espalda descubierta, y verse rociados de cabeza con aquel manantial de hielo era un consuelo para todo el ámbito del cuerpo.
"¡Je je! Hermano menor Han, de verdad que eres maestro en hallar lugares de postín. Este charquillo tan escondido, ¡cómo diablos llegaste a dar con él!" habló de pronto uno de los mozos, un muchacho de rostro frío y adusto.
"Eso no es nada. Sitios aún más difíciles de encontrar, no pocos he topado yo; sólo que de ninguno corre el agua tan fresca como de éste." El otro muchacho se tomó de buena gana el elogio ajeno por entero, sin la menor cortedad. Este muchacho no era otro que Han Li; el otro era Li Feiyu, venido a por medicina.
Desde que Li Feiyu, en su primera visita, tomara de mano de Han Li la medicina para el dolor y la probara a la vuelta, hallándola de maravillosa eficacia y que aliviaba en buena medida el tormento de la Píldora que Drena la Médula, no había podido ya desasirse de ella. Desde entonces, sin el polvo medicinal de Han Li, no le era posible soportar el suplicio que le traía la píldora, y así la provisión que debiera durarle todo un año fue, en el lapso de unos pocos meses, agotada por el propio Li Feiyu.
Atormentado hasta el colmo por aquel dolor inhumano, Li Feiyu no tuvo más remedio que tragarse el orgullo y acudir por su gusto a pedir a Han Li la medicina. Y Han Li, que a la sazón andaba buscando cómo fortalecer su propio poderío, al saber que el otro había entrado en la Sala de los Siete Extremos, puso derechamente la condición de que, en pago, se le enseñaran las artes sin par de dicha sala.
Li Feiyu, a quien no le quedaban sino unos pocos años de vida en el mejor de los casos, asintió con pasmosa prontitud y empeñó su palabra con todo el corazón. Y Han Li, para guardar su secreto de miradas extrañas, halló ciertos escondrijos sumamente recónditos en la cordillera de las Montañas Caixia, de más de una docena de leguas, donde los dos pudieran consumar sus tratos.
A intervalos fijos, los dos se daban cita a escondidas; Han Li entregaba la medicina, y el otro le enseñaba alguna de las artes marciales aprendidas en la Sala de los Siete Extremos. De esta suerte ambos quedaron muy contentos del cambio, y así prosiguió por más de la mitad de un año.
En estos meses de trato, Li Feiyu y Han Li cada uno vino a tener al otro por hombre digno, y sin darse cuenta se volvieron amigos entrañables que nada se ocultaban. Li Feiyu quedó muy satisfecho de los lugares que Han Li les había hallado, y sobre todo de éste que tenía el charco, pues de su alrededor se alzaban cortadas peñas a pico, cerrando una pequeña cuenca de tierra, y el único paso para entrar era una cueva estrecha y escondida por la que había que a gatas arrastrarse con manos y rodillas. Y lo más extraño de todo: la boca de la cueva se abría en los propios huecos de una vieja acacia que se aferraba al borde del risco. Y lo que más importaba: en este bochorno, aquí había un charco tan fresco y agradable.
Después de soltar los huesos y los nervios, regarse aquí con unos cuantos baldes de agua fría era ventura que no admitía comparación.
Tras haberse aclarado, Han Li echó un vistazo al sol, que ya trepaba alto, y preguntó: "Esa Fuerza de la Pitón Furiosa que me enseñaste la vez pasada es demasiado brava y cabezona. No creo que me venga bien. ¿No tienes algún arte más ligero y suave?"
"Hermano menor Han, ¿de veras piensas que la Sala de los Siete Extremos es cosa sólo mía, que pueda aprender el arte que me antoje? También yo no puedo escoger sino una pequeña porción de ella para estudiar. Mis propias artes se inclinan a lo claro y lo bravo, de suerte que naturalmente he de aprender sus artes más violentas y más recias." Li Feiyu clavó en Han Li una mirada de reojo y le respondió sin buena gana.
"Hermano mayor Li, mas mira quién eres," tornó Han Li con una risita de oveja avergonzada, viendo al otro un punto enojado, y se apresuró a añadir una palabra o dos de halago. "Tú eres el mismísimo primero de todos nuestros discípulos. ¿Cómo podrían medirte con un miembro vulgar de la Sala de los Siete Extremos?"
"¡Cosa rara!" se burló Li Feiyu con una sonrisa que no era sonrisa. "¡Lograr un requiebro de nuestro gran genio Han!"
"¿Genio yo?" se rió Han Li. "¿No me derribas acaso cada vez con uno o dos golpes tuyos?"
"¡Bah! Eso es porque me valgo de la verdadera energía, y quebranto tu sutileza con mi pura torpeza. Eso no es gran habilidad. Si hubiera de prescindir de la verdadera energía, te aseguro que en cien lances no llegaría a ponerte un dedo encima."
"Pero ¿quién va jamás a un duelo y prescinde de la verdadera energía? Hermano mayor Li se lleva su modestia demasiado lejos."
"¿Modestia? Ni un ápice. Jamás antes aprendiste arte marcial alguna, ni jamás reñiste con hombre alguno; lo único que estudiaste nunca fue esa despreciable y quebrada técnica de corazón que ni un resultado tiene. Y con todo, en tan corto tiempo logras calar hasta la médula del arte de la espada. Si tú no eres un genio, ¿qué eres? A propósito, esa fórmula tuya no tiene ni un ápice de poder en ella. ¿Por qué sigues aún machacándola día tras día?"
Han Li soltó una sonrisa amarga y muda y pensó para sí: "¿Crees que lo hago por mi gusto? Soy un tigre encaramado del que no puedo apearme; aprenderla he, o no."
"Hermano menor Han, no soy yo maestro prolijo," prosiguió Li Feiyu, aconsejándole una vez más con solemnidad y vehemencia. "Mas con el don que has mostrado en este medio año de aprender las artes marciales, tira cuanto antes esa fórmula quebrada, y aprende de mí algún arte verdadero con empeño. Osaría jurar que en no más de dos años te destacarás entre la multitud y harás buena figura; y entonces entre los dos gobernaremos la Secta de los Siete Misterios. ¿No sería eso ventura sin igual?"
El corazón de Han Li se conmovió, pues aunque el otro le decía eso mismo muchas veces hasta hartarle un poco, era capaz de percibir la sincera lealtad del hombre. Con todo, meneó suavemente la cabeza en señal de negativa, y desvió la conversación: "Dentro de la Sala de los Siete Extremos, ¿no habrá algún arte marcial que pueda vencer al enemigo sin valerse de la verdadera energía?"
Viendo Han Li mudar de tema, y siendo él mismo reacio a insistir en una vieja cuestión, Li Feiyu no insistió, sabiendo que como él mismo, el otro debía de guardar algún pesar secreto que no podía traer a la boca. Bajó la cabeza y caviló un rato, luego la alzó y dijo: "Hay en verdad justo tal arte de espada, raro, que no necesita de la verdadera energía para ejecutarse. Sólo que ..."
"¿Sólo que qué?" Han Li, al oír que se daba un arte a su medida, se posesionó del deleite y le apremió con ansia. "Sólo que este arte de espada yace en la Sala de los Siete Extremos desde hace más de cien años, y en todo ese tiempo ningún hombre ha logrado dominarlo. Hasta se cuenta que el anciano que primero lo ideó pasó a mejor vida sin haberlo domado. Y lo más extraño es su nombre—el Estilo de Espada del Parpadeo. Dime, ¿no es nombre para maravillarse?" Así Li Feiyu habló, maravillándose una y otra vez de tan raro arte.