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Capítulo 34: El Estilo de Espada del Parpadeo

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 34 de 63·~8 min de lectura

Actualizado: 2026-08-12 01:28

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"¿El Estilo de Espada del Parpadeo?" Han Li repitió para sí el nombre de aquel arte de espada, como si no pudiera creer del todo lo que sus oídos habían escuchado.

"Sí, eso mismo. Dime, ¿qué tiene que ver un arte de espada con el parpadeo de un ojo? ¿No te parece un nombre de risa?" Li Feiyu sonrió, meneando la cabeza ante lo absurdo de la cosa.

"¿Has practicado alguna vez este arte de espada?" preguntó Han Li, con un cuidado casi solícito.

"¿Practicarlo? Yo no. ¿Quién iría jamás a practicar un arte marcial que no necesita de la verdadera energía? ¿No sería eso un mero adorno floral de pura apariencia? Y no creas que soy yo solo quien lo desprecia—desde el día mismo en que se ideó, jamás hombre alguno ha logrado dominarlo."

Han Li, al oírlo, sintió crecer su curiosidad. "¿Y cómo ha venido a reposar un arte tan inútil dentro de la Sala de los Siete Extremos?"

"Ah, y esa es la historia más extraña de todas," dijo Li Feiyu, encendiéndose con su tema. "Se cuenta que, de no haber sido por el anciano que primero lo ideó—un hombre que, en sus días, salvó a la Secta de los Siete Misterios de crisis no una sino varias veces—y de no haber él, en su lecho de muerte, dejado escrito como postrer deseo solemne que este arte de espada se colocara en la colección de la Sala de los Siete Extremos, pues bien, el Estilo de Espada del Parpadeo jamás en este mundo habría logrado un puesto entre las artes sin par de dicha sala."

Li Feiyu era hombre de condición contraria: su rostro llevaba un aspecto frío y despiadado, mas su lengua era tan suelta. Apenas había Han Li llegado a formular una pregunta, cuando Li Feiyu había ya volcado todo secreto de tan raro arte, raíz y rama. Y con todo, esa naturaleza suya de parlero apenas se mostraba un ápice, y sólo en presencia de Han Li. Una vez fuera, entre los demás discípulos, volvía a ser aquel ídolo frío e inaccesible de ellos, el severo "Hermano Mayor Li" a quien todos miraban con respeto desde lejos.

Cuando Han Li hubo oído todo el relato de Li Feiyu hasta el final, un cierto sentimiento se agitó dentro de su pecho—una sospecha, vaga y sin forma, que se alzaba de los mismos abismos de su ser—que le dijo que esto era, al fin, la mismísima cosa que había andado buscando desde siempre.

"Hermano Mayor Li," dijo por fin, y un temblor de esperanza vibraba bajo sus palabras reposadas, "¿podrías copiar este arte de espada, y sacarlo fuera de la Sala de los Siete Extremos para mí?"

"¡Ja! Pues claro," respondió Li Feiyu, con un ademán de la mano como si el asunto fuera la menor de las bagatelas. "Si me hubieras pedido cualquier otra arte marcial, mal podría transcribírtela, pues a diario vienen hombres diligentes a inspeccionar la biblioteca, y cualquier cosa que faltara se notaría al punto. Pero este Estilo de Espada del Parpadeo—pues bien, yace en un rincón lejano y olvidado, donde alma viviente jamás posa una mirada que se detenga. El mejor camino, con mucho," y aquí le brillaron los ojos con una luz temeraria, "es que yo saque para ti, a escondidas, el manual original mismo. Cuando lo hayas confiado a la memoria, o lo hayas copiado a tu sabor, volveré a deslizarlo a su lugar, y ni un alma sola llegará a saberlo."

Han Li sopesó el asunto por un espacio. No podía negar que había peligro en tal plan, mas el pensamiento de los días implacables que se le venían encima apenas le dejaban lugar para la cautela—y además había aquí una razón de mayor peso que le movía. Se había medio esperado que le dieran una copia labrada por mano ajena, e incluso había albergado un temor secreto de que Li Feiyu, con esa costumbre suya tan descuidada y olvidadiza, pudiera saltarse un trazo aquí y otro allá en la copia; entonces todas sus fatigas vendrían a menos, y él no habría de saberlo jamás. Mas tener el mismísimo original ante los ojos—eso era mejor con mucho que copia alguna. Y viendo cuán lleno de confianza estaba su amigo, dijo: "Bien, entonces así sea. Que se haga tal como dices."

"Pues el asunto queda zanjado," dijo Li Feiyu, muy complacido. "Ven, que la hora se hace tarde, y he de volver a mis entrenos. Si no, el maestro de la Sala de los Siete Extremos descubrirá que me he escapado de nuevo."

Se enjugó el cuerpo, se vistió la camisa de encima, y se dispuso a partir. Han Li no dijo más en materia de conversación, sino que solamente le encomendó con gravedad: "Cuando tomes el manual, ve con toda guarda. Mira que no tropieces y caigas en esta empresa, pues fuera caro el precio de una caída."

Li Feiyu, tan descuidado como siempre, le volvió la espalda y agitó una mano en el aire con el revés de la muñeca, como si todo el peligro fuera cosa de reírse; y así, arrastrándose despacio por la cuevecilla de al lado, desapareció del charco, tragado por el túnel escondido.

Han Li miró la espalda menguante de su amigo hasta que se hubo perdido del todo por la boca de la cueva. Entonces, poco a poco, la sonrisa se le desvaneció del rostro, y en su lugar se le abatió sobre la frente un amontonamiento de nubes oscuras y sombrías.

No mucho después de partir Li Feiyu, Han Li también volvió al Valle de las Manos Espirituales. Apenas hubo puesto el pie en él, divisó desde lejos a aquel hombre alto y misterioso que se erguía como siempre en el mismo puesto. Quieto en jarras estaba, sin la puerta de la morada del Doctor Mo, pegado al mismísimo umbral, con el capuchón de su capa bien bajado; y no parecía tener más cuidado del fiero resplandor del sol estival que el que tiene una piedra del agua que la azota año tras año.

Han Li se detuvo en su propia puerta, y volviéndose, se quedó allí mirando largo tiempo a aquel hombre que jamás decía una palabra. Desde que el Doctor Mo lo había sometido con amenazas, Han Li había sido arrastrado por una curiosidad extraña hacia este hombre de semblante oculto. Parecía nacido mudo; desde que había llegado al valle, ni una sílaba había salido jamás de sus labios.

Y lo que era aún más extraño era la portentosa fuerza de su cuerpo. Estarse así, clavado y sin mudanza de postura, era para él nada más que un momento de descanso; podía mantener tal posición por un día entero de una sentada, y sin embargo Han Li jamás había visto asentarse el cansancio en sus miembros. En sus pensamientos más secretos, Han Li hacía tiempo que lo había bautizado con el nombre de "el Monstruo." Hasta había intentado, una vez o dos, entablar habla con el hombre; pero el sujeto era como un tronco de madera, insensible a todo.

Al fin Han Li quedó del todo convencido de su derrota a manos del Doctor Mo; pues aquí había un hombre, de carne y hueso vivos y respiración, mas entrenado por el buen doctor hasta devenir como un títere de palo, sin flaqueza alguna. Este sujeto, bien sabía Han Li, podría fácilmente tornarse otra de las armas ocultas del Doctor Mo; mas estaba por completo indefenso contra él, pues no hallaba grieta ni tara alguna en el hombre que explotar. Lo único que más desasosegaba a Han Li era esto: que a veces, cuando le acaecía mirar la espalda del hombre por detrás, un destello de algo familiar le pasaba por encima, como si hubiera visto en alguna parte la mismísima hechura de aquellos hombros. Mas siempre que forzaba su memoria a alcanzarlo, no lograba traer a la mente de quién era la espalda a la que su reconocimiento se asemejaba de lejos.

Después de mirar un rato, Han Li dio un suspiro, cerró la puerta tras de sí, y volvió adentro; y, con la mente un poco turbada, dio un solo salto veloz que lo trajo de sopetón a su cama, se dejó caer a todo lo largo, y, cruzándose las manos tras la nuca, cerró los ojos.

Allí, en el silencio, repasó una vez más en sus pensamientos los movimientos que había aprendido ese día de Li Feiyu, simulándolos en el aire vacío de su imaginación, descomponiendo cada postura en partes menudas y repasando cada una una y otra vez hasta tenerla de todo fija.

Este era el nuevo poder que la Arte de la Juventud Eterna, llevada hasta su quinto nivel, había conferido a Han Li: una memoria que no olvidaba nada de lo que una vez había contemplado. Por fuerza de esta ventaja, podía confiar cualquier arte marcial entera y cabal a su mente, puramente a través de su imaginación, sin ademán alguno de mano o de pie; y luego podía hacerla sonar de nuevo dentro de sus pensamientos cien veces sobre, refinándola y destilándola hasta que se volviera más aguda con cada repaso. Esa era también la razón por la que Li Feiyu lo había tenido por genio prodigioso.

Fue hace dos meses que Han Li, ayudado a duras penas por el poder de sus dos medicinas sagradas, había perforado a través del cuarto nivel de la Arte de la Juventud Eterna para alcanzar el quinto. La potencia de la Píldora del Dragón Amarillo y de la Píldora de Médula Dorada había resultado muy mayor que jamás habría calculado; siempre había hecho un cálculo demasiado mezquino del poder encerrado en aquellas pocas fórmulas suyas, y las píldoras que producían eran, en verdad, tesoro sin precio. Con todo, esas dos drogas que lavan la médula se habían gastado asimismo en no pequeña medida; poco más de la mitad quedaba de ellas. Lo que restaba apenas debería bastar para verlo pasar al sexto nivel—y esa perspectiva le llenaba de no poca añoranza por el don inesperado que en su turno pudiera traerle.

No quedaban sino medio año y menos antes de que el ultimátum final del Doctor Mo llegara a su vencimiento. Era cierto que había aprendido de Li Feiyu cierto número de movimientos y posturas; mas, como no tenía qi interno verdadero que les prestara fuerza, eran, al fin y al cabo, nada más que el retoque superficial de una exhibición floral, buenos tan sólo para el lucimiento. Contra un hombre de conocimiento pasajero de las artes marciales, tal pericia bien podría servir; mas volverla contra el propio Doctor Mo—eso sería como arrojar una albóndiga ante un perro: se iría, y jamás se la volvería a ver. Ante este pensamiento Han Li sintió a la vez una ansiedad apremiante y un despecho que le roía, pues esta Arte de la Juventud Eterna suya—no había nada malo en ella, salvo únicamente esto: que jamás podría ponerse en uso en el combate abierto, en el sangriento daca y toma de una pelea de verdad.

No le quedaba ahora sino una sola esperanza, y ésa era el Estilo de Espada del Parpadeo. Acaso, se consoló, le traería al fin la sorpresa que con tanto desespero buscaba.

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