Al ver que Han Li descargaba su furia, Li Feiyu no se enojó lo más mínimo, y su rostro siguió luciendo la misma expresión de absoluto desdén de siempre.
Ladeó la cabeza, se metió el dedo meñique en el oído y se puso a huronear con toda la dedicación del mundo, la viva estampa de un hombre dispuesto a encarar con calma lo que venga. Era como si la tormenta de palabras que le caía encima hubiera pasado silbando por delante de su cabeza y se hubiera deshecho en nada.
Han Li desahogó su enfado por un buen rato, mas cuando vio cuán pellejo duro tenía el otro, que parecía no haber oído ni una sílaba, se calmó por su cuenta y comenzó a sentir que en este asunto debía de haber algún extraño misterio.
"Tú no eres ni un atolondrado ni un vanidoso encumbrado," dijo Han Li, una vez que hubo echado fuera el calor. "Para que un hombre como tú haga algo tan temerario y tan lleno de peligro, habrá de haber una razón que puedas poner en palabras."
Li Feiyu, al ver cuán de prisa se le había esfumado la cólera al otro y que se había entregado otra vez a su acostumbrado buen juicio, lamentó en su fuero interno la pérdida del espectáculo. Mas en su lugar puso una cara de agravio tan lastimera que se echó a vocear sus males con gemiditos:
"¡Por el cielo, pero si no hay quien más agraviado que yo!"
"Cuando abrí la boca hace un momento habría querido explicártelo todo, ¡mas nunca me dejaste meter en ello una palabra!"
"¡Y ahora te vuelves y te enojas conmigo otra vez—me culpan de un lado y del otro, y por más que hago no acierto a complacerte!"
Este vocear suyo, todo quejumbroso y cantarín, era demasiado falso. Cualquier hombre podía columbrar al primer vistazo la burda fingiduría que había debajo, y dejaba en el que lo miraba unas vivas ganas de darle un soplamocos.
El mismo Han Li a duras penas se contuvo, y por un instante no supo de otra que no fuera dar un paso y voltear al sujeto de una patada que le plantara los dientes en el polvo.
"Déjate de chinchorrerías y dime de una vez tu explicación," le dijo. "¿No te da vergüenza delante de esos hermanos menores que te adoran? Si ellos te vieran en tan descuidada postura, la gallarda imagen del matador de sangre fría que con tanto afán te has labrado quedaría hecha añicos en un abrir y cerrar de ojos." Habló sin buena gana y le encajó un pequeño dardo de burla.
En verdad Han Li no tenía humor para retozar y chancearse con el hombre. Si este negocio no se manejaba con suma prudencia, grandes desventuras caerían sobre las cabezas de los dos.
Li Feiyu parecía saber muy bien lo que pasaba por la mente de Han Li, pues no ofreció ni una sola palabra en respuesta al sarcasmo. En su lugar, se fue paseando perezosamente hasta el bulto, se inclinó, y tomó del montón uno de los manuales al azar, para volver a erguirse.
Una vez de nuevo en pie, llevaba en el rostro un destello de misterio, y con una sonrisa que era medio sonrisa, le tendió el libro a Han Li; luego le indicó por señas que alzara la cubierta y echara una ojeada dentro.
Han Li tomó el delgado volumen de su mano y le lanzó una mirada perpleja. En modo alguno acertaba a adivinar qué treta se traía el otro entre manos.
"Ábrelo y mira, y todo te será claro." Li Feiyu lo tentó, con el tono meloso de quien anhela ver un buen espectáculo.
"Bien pudieras decírmelo de palabra," se quejó Han Li. "¿Para qué tanto misterio y ceremonia?"
Mas con todo y su cara avinagrada, procedió a levantar la cubierta.
Al caer la cubierta quedó al descubierto la primera página del manual, y en ella, con claros trazos negros sobre papel blanco, se destacaban cuatro grandes caracteres: "Manual de Espada del Parpadeo."
"¡Mmm!" Una leve sorpresa se le escapó a Han Li.
Que el mismísimo primer libro que Li Feiyu había tomado al descuido resultara ser justo lo que él andaba buscando—eso lo sobresaltó.
"No te asombres todavía," dijo Li Feiyu, y uno tras otro le fue arrojando varios manuales más.
Han Li los fue atrapando uno a uno, los abrió, y recorrió con rápida mirada—y entonces se quedó boquiabierto, pasmado de estupor.
Pues en cada uno de ellos, al frente de las páginas del cuerpo, se erguía el mismo par de caracteres negros: "Manual de Espada del Parpadeo."
Pasó un buen rato antes de que Han Li lograra apartar la vista de los libros que tenía en las manos.
Alzó la cabeza, señaló el gran montón de manuales que había en el suelo, y preguntó, con palabras que le salían a trompicones:
"Tú ... tú mejor no me digas que estos ... todos estos son 'Manuales de Espada del Parpadeo'!"
"Me apena decirlo, hermano menor Han, pero has dado en el clavo." El otro se encogió de hombros y abrió las manos, poniendo un aire de no poder hacer nada.
Mas la comisura de su boca se torcía en una leve sonrisa, y su dejo estaba todo chispeando de travesura y regodeo—lo cabalmente contrario de lo que profesaban sus palabras.
"¡Imposible!" reclamó Han Li, sin hacer caso en absoluto de las chiquilladas del otro. "¡Aquí yacen cerca de un centenar de libros! ¿Cómo van a ser todos Manuales de Espada del Parpadeo?"
"¿Tú me preguntas a mí? ¿Y a quién he de preguntar yo?"
"¡Cuando di con tantos manuales que llevaban el mismo título en un rincón de la biblioteca, no fue poca mi sorpresa!" Li Feiyu puso los ojos en blanco y masculló las palabras, con una cara todavía temblando del susto.
Y en eso vio a Han Li parado, mudo y tieso, y ya no pudo contener una gran carcajada.
Para Li Feiyu, el ver a Han Li aturdido de sorpresa era un prodigio raro de veras. En el curso ordinario, Han Li estaba siempre ante él hecho un alma de compostura, tranquilo y seguro de sí, como si la misma palabra "asombro" jamás pudiera tener cabida en él.
Mas este Han Li atontado y de leño—pues correspondía con creces a todas las fatigas de estos días pasados, y el cambio le salía barato.
Al cabo de un espacio, Han Li por fin se sacudió y volvió en sí.
Aferrando los varios libros en la mano, bajó la cabeza y caviló un rato; luego alzó el rostro, pensativo y ensimismado, y habló a su propio paso acompasado:
"¿Has contado estos libros?"
"¿Cuántos son en total?"
"Pues claro que los he contado, y no una vez sola," respondió Li Feiyu, sin la menor vacilación, y soltó de corrido la cifra sin pensarlo dos veces. "En total, setenta y cuatro manuales que llevan la misma palabra." Y se apresuró a añadir, un punto a la defensiva: "Si no hubiera fijado su número exacto, y al devolverlos faltara un tomo o dos, entonces sí que estaríamos metidos en un buen lío."
Han Li se puso a volver con parsimonia, con el dedo, las páginas algo amarillentas del manual que tenía en la mano, y se dispuso a escudriñar de cerca el libro que había tomado.