El frufrú de las páginas que se volvían, crujiente y grato al oído, llenaba la hondonada junto al charco.
Mas para Li Feiyu aquel mismo sonido se había tornado cosa que aborrecía.
Sin ganas ya de atender a Han Li, sumergido en su estudio, corrió de vuelta al borde del charco, arrancó del suelo la larga hoja que allí estaba clavada, y se puso a manejarla con descuido de todo lo demás.
Han Li le echó una ojeada de soslayo, vio cuán rebosante de vigor iba el sujeto, y no atendió ya a sus quehaceres, fijando la mente, antes bien, en el libro que tenía entre las manos.
Eso que cuentan de leer "diez renglones de una ojeada"—no era más que la velocidad con que Han Li volvía ahora las páginas. Un grueso volumen lo despachaba en un santiamén, y sin alzar la cabeza, apenas mirando, tomaba otro y se ponía a volverlo a la misma carrera de antes.
Tenía los ojos entrecerrados en tanto leía, y de cuando en cuando mudaba el gesto de su rostro al cruzarle algún pensamiento; su mirada estaba clavada en la página y no se apartaba de ella ni por un instante, y la cabeza se le columpiaba al seguir el vagar de la vista—en todo semejante al balanceo y meneo de un letrado perdido en su libro.
Las horas volaron, y uno a uno los "Manuales de Espada del Parpadeo" fueron desfilando ante la rápida reseña de Han Li.
Cuando hubo terminado el undécimo manual, de pronto detuvo esta asombrosa labor suya. El libro mismo que acababa de dejar, lo lanzó de vuelta al bulto.
Luego cerró los ojos y dejó reposar su espíritu un buen rato.
Cuando su mente hubo recobrado algo, se sentó con las piernas cruzadas allí donde estaba, y haciendo uso del Arte de la Juventud Eterna, se puso a reproducir dentro de su cabeza cuanto había leído en la docena larga de volúmenes.
No tardó mucho antes de que el rostro de Han Li se volviera rico y variado—ahora temblando de alborozo, ahora ceñudo en honda cavilación, y ahora contraído de pena y desengaño.
Nadie sabría decir cuánto tiempo pasó antes de que al fin abriera los ojos. Y al abrirlos, dio un gran sobresalto, asustado hasta los tuétanos.
Pues allí, delante de sus propios ojos, sin que nadie pudiera decir cuándo había llegado, estaba la cabeza de Li Feiyu, metida tan cerca que casi tocaba nariz con nariz a la suya.
"¿Qué haces ahí?" exclamó Han Li, sobresaltado. "¿No andabas practicando tu destreza de la hoja?"
"Hermano menor Han, ¿qué hora crees que es? ¿Aún sales con preguntas tan tontas?" Li Feiyu retiró el cuerpo hacia atrás, torciendo el labio.
Sólo entonces advirtió Han Li cuán oscura se había vuelto la luz que los rodeaba.
Alzó la cabeza y miró al cielo. Se había vuelto de un gris plomizo, y el tiempo había crecido hasta el atardecer.
"¡Tate! ¡Cómo pasan las horas! No me di cuenta en absoluto de que había transcurrido tanto tiempo."
Han Li se puso en pie y se soltó los brazos y las piernas.
"A ver," dijo Li Feiyu, clavándole una mirada ansiosa, "¿qué has hallado en estos libros que pueda ser de interés? Espero que hayas topado con algo que valga la pena."
"Mmm, no está nada mal; me viene muy bien."
"¿Qué quieres decir con 'no está nada mal'? Dilo en grueso y dame algo de sustancia." Respondió Li Feiyu con cierta desazón.
"Por hablar claro," dijo Han Li a su paso acompasado, "estos manuales son un gran revoltijo. No hay nada completo ni ordenado en ellos—son todos retazos cosidos y remendados al azar."
"¿Y qué hay del Estilo de Espada del Parpadeo? ¿Existe de veras? ¿Y por qué lleva nombre tan raro?" Li Feiyu seguía lejos de darse por contento, y siguió acosándolo con sus preguntas.
"El Estilo de Espada del Parpadeo existe en verdad—sólo que forma una parte de este revoltijo, y ocupa tan sólo una porción muy pequeña de estos libros." Han Li habló con gran paciencia.
"Y en cuanto a por qué lleva ese nombre, hay buena razón para ello."
"¿Qué razón? ¿No puedes echarla toda de un golpe, en lugar de destilármela frase por frase, como algún viejo maestro de nuestra villa?" Li Feiyu clavó en Han Li una mirada, sin poder aguantar tan morosa lentitud.
Han Li vio que no tenía manera de mover al sujeto, y así apresuró un tanto la narración.
"Conforme a los libros," dijo, "este estilo de espada vence al enemigo echando mano del juego de la luz y de los errores del ojo. Mata a un hombre entre un parpadeo y el siguiente, de suerte que pierde la vida en un abrir y cerrar de ojos—y es por eso que se llama Estilo de Espada del Parpadeo."
"¿Puede haber de veras un estilo de espada tan raro en el mundo? ¡Raros son en verdad los hombres!" El interés de Li Feiyu se encendió al punto—mas se apagó tan de pronto con las mismísimas palabras siguientes de Han Li.
"Este estilo de espada tiene tres cosas que no debe practicarse: aquel cuya energía interna verdadera ha logrado ya siquiera un poco de logro, no debe practicarla; el que no tiene gran perseverancia, no debe practicarla; y el que no tiene talento, no debe practicarla."
Apenas oyó Li Feiyu la primera de estas condiciones, cuando abandonó y dio de mano a todo escudriñar tras el arte. Su propia energía interna verdadera ya había madurado en grado nada escaso; a duras penas podría deshacerse del poder que había forjado e ir a aprender un arte del cual el brío no sabía en modo alguno.
En esto, que Li Feiyu perdió todo interés por estos manuales, no tuvo ya más ganas de demorarse en aquel lugar.
Se levantó para despedirse y volverse, mas antes de partir encargó a Han Li que copiara esos manuales con toda presteza, y que le devolviera los originales la próxima vez que se vieran. Pues aunque estos libros gozaban de poca estima entre los demás, con todo, que semejante montón desapareciera por demasiado tiempo no dejaría de llamar la atención.
No mucho después de que Li Feiyu se marchara, Han Li también se despidió de aquel sitio.
Toda la cordillera estaba envuelta en una fina capa de niebla, y vestía un aire sombrío y apagado. A uno y otro lado del angosto sendero crecían grandes hileras de pinos de aguja, y cuando un viento de montaña atravesaba el bosque levantaba un fragor sordo, y las ramas de ambas riberas se retorcían y arañaban de manera pavorosa y monstruosa.
Han Li se apresuró por semejante sendero, hosco y extraño, abriéndose camino con premura hacia el Valle de las Manos Espirituales.
Por haber partido bastante tarde, la oscuridad cayó en pleno sobre él a mitad de camino.
De no haber sido que el Arte de la Juventud Eterna le aguzaba la vista en la noche, jamás se habría aventurado a viajar en tinieblas tan espesas—pues este sendero distaba de ser fácil. Por todo el camino debía torcer a la izquierda y volverse a la derecha, pasando puertos y parajes traicioneros, y un solo paso en falso podía traer sobre él cualquier accidente, y así robarle la vida.