Han Li avanzaba por la negra y huraña floresta, tendido delante de sí su sentido con aviso y recelo. Por el paso de la montaña, que a los ojos de cualquier hombre común se le antojaría ya borroso y confuso, caía su vista con tanta claridad y nitidez como si fuese pleno día.
Tan vigilante cautela no la dirigía contra las fieras de los montes, sino que era antes una suerte de instinto que él se había educado ya en los propios huesos. Pues hay que saber que desde que la Secta de los Siete Misterios mudara su asiento a las Montañas Caixia, las pocas bestias, grandes y pequeñas, que un tiempo poblaran los bosques de la sierra habían sido barridas poco a poco por completo. De los depredadores fieros y temibles no quedaba ninguno; hasta las culebras ponzoñosas que acechaban en el yermo habían venido a parar, en su mayor parte, en las tripas de los numerosos discípulos.
Y ese hábito de andar con las orejas tiesas y los ojos vivaces, de mantenerse siempre alerta en cualquier lugar extraño y no hollado—no era costumbre con que hubiese venido al mundo. Antes bien, después de haberse escapado una vez del puño del Doctor Mo, y tras meditarlo muy despacio, se había tomado el cuidado de educárselo en sí mismo. Tan sana costumbre le apartaría, en todas las venturas que aún le quedaban por delante, no pocos desaguisados, y reduciría el riesgo del camino a su más bajo límite.
El viento de la sierra parecía crecer con más pujanza, y una y otra vez pasaba aullando, ora una ráfaga, ora la siguiente, con un sonido bastante para erizar la carne de un hombre.
De lejos ya sentía Han Li que tocaba casi el linde del bosque. Dejó escapar un tenue suspiro de alivio, pues andar solo por aquella negra y enmarañada floresta le había oprimido no poco el ánimo. Apresuró un punto su paso, hollando más largo que antes, como quien se determina a salir de aquel bosque con toda la prisa que pudiera juntar.
Entonces, de pronto, una violenta ráfaga de viento de sierra le dio de frente en el rostro.
Pasada la ráfaga, Han Li detuvo su paso de golpe, como si hubiese reparado en algo extraño en el aire. Frunció un poco el entrecejo, torció luego la cabeza a un lado, aplicó el oído, y se puso a escuchar.
Pasado un rato, la expresión de su rostro se fue tornando lenta en gravedad. A su oído llegó el remoto sonido, tenue, de unos pasos. Los pasos eran ligeros, y quienes los daban estaban aún a buen trecho, mas no había que errarse: dos personas venían a su encuentro, y se acercaban cada vez más.
Con un solo destello de su cuerpo, Han Li se deslizó como un gato ligero entre la maraña del camino, ágil y del todo silencioso. A una docena larga de pasos del senderito se plantó tras un gran árbol, encogiendo todo su cuerpo hasta hacer de él un pequeño nudo apretado y ocultándose tras el tronco, de suerte que por la faz del árbol no se divisaba la menor parte de él.
Hallado ya su escondrijo, se le sosegó un tanto el corazón a Han Li.
No es que fuese él demasiado receloso, sino que en lugar tan apartado, y a hora tan desapacible de noche sin luna y con viento, no era cosa de que vinieran allí dos hombres sin razón válida; nueve de cada diez veces traerían algún negocio que no podía acatar la luz del día. Y no tenía él el menor deseo de tropezar con el secreto ajeno y atraerse por ello un ánimo matador, y ser cazado para que se cerrara su boca.
Con todo, si podía escuchar a hurtadillas algún secreto menudo de aquellos hombres quedando su persona incólume y a salvo de todo peligro, Han Li estaba más que contento de hacerlo. No era él hipócrita de pescuezo tieso, y a semejante buena ventura que llamaba por su grado a su puerta, no era ciertamente hombre de volverle la espalda.
"...bajar de la montaña... disponer lo menester... el tiempo... la persona... el jefe de la banda..."
Palabras dichas a la baja y a retazos llegaban vagando desde lejos, cortadas y esparcidas. Pues el viento de la sierra estaba a la sazón en su mayor furia, y la mayor parte de lo dicho era llevado y desgarrado en las ráfagas, de manera que sólo un pedazo aquí y otro allá llegaba a su oído.
Han Li se quedó atónito. Poco pensaba topársele un secreto tan grave. Pues en todo el ámbito de varios cientos de leguas de estas tierras, el único a quien pudiera llamarse jefe de banda era el caudillo de la Pandilla del Lobo Salvaje—el Lobo Dorado, Jia Tianlong—ese gran enemigo jurado de esta misma secta. Que su nombre viniera a salir en semejante lugar no podía menos que dar que cavilar a un hombre.
A los ojos de los discípulos de la Secta de los Siete Misterios, Jia Tianlong era un demonio sediento de sangre sin la menor mesura. En los cuentos que de él corrían era hombre de anchas espaldas y grueso talle, faz lívida y colmillos al aire, de temple salvaje y despiadado, que tres veces al día había de roer carne humana cruda y de beber sangre humana viva—un ser del todo ajeno a la raza mortal. Y a fe que esas fábulas habían metido el miedo en la muerte a no pocos de los discípulos más mozos de la secta.
Mas según el decir de Li Feiyu, la verdad del asunto era de todo punto distinta. Jia Tianlong, lejos de ser alto y temible de cuerpo, era en verdad delgado y esbelto de hechura, y apuesto con todo; ni era viejo, que no pasaba de los treinta y tantos—la mismísima reverso de la leyenda. Pero aquel temple de hierro y de sangre, que mataba a los hombres por el menor agravio, era tan cruelmente real como lo daba a entender el cuento. Pues de otro modo, con tan gentil rostro como el suyo, ¿cómo había de tener en jaque a la caterva de sus secuaces, hombres que un tiempo fueran bandidos a caballo?
Trajo Han Li a la memoria cuanto sabía de Jia Tianlong, y dio un resuello corto y frío. Apretando aún más su cuerpo en un nudo, dejó caer su respiración baja y quedada.
"...esta vez... robar... la lista de los nombres... a quien dar el golpe..."
Otro murmullo de habla baja llegó vagando y tenue, más claro esta vez que antes. Los dos debían de estar ya algo más cerca. Han Li no osaba soltar un solo resuello sonoro, sabiendo que una vez descubierto, no le aguardaba sino la muerte. Esos dos eran, sin duda, espías enviados por la Pandilla del Lobo Salvaje, y jamás consentirían en que un tercer hombre viviera conociendo su secreto.
"...el plan... a... no... pronto..."
Por grados, la charla de los dos hombres se iba hundiendo aun más, pues habían llegado, al parecer, al mismo corazón de su negocio. Pasado otro breve espacio, las voces se hincharon un poco de nuevo, mas luego no pudo ya entenderse nada. Sólo el aullido del viento pasaba junto a su oído, pues los dos habían cruzado ya aquel trecho de camino de sierra delante de él, y sus figuras se desvanecían despacio en la lejanía.
Por un buen rato más siguió Han Li acuclillado tras el árbol, sin osar moverse, hasta que, por el Arte de la Juventud Eterna, se hubo asegurado de que en unas cuantas decenas de pasos no se hallaba segunda persona alguna. Sólo entonces se levantó con lentitud.
Esta vez había rescatado su vida de puro milagro. De no haber sorprendido de antemano el revuelo de los dos espías, hubieran dado de frente con él en el camino. Y dado el temple de hombres que eran, de seguro le hubieran muerto para cerrarle los labios; y lo más lastimero, que con toda su habilidad, no tenía la más remota esperanza de huida.
Han Li se quedó donde estaba, frotándose el mentón con los dedos al descuido, y mirando fijo hacia el rumbo donde las dos figuras se habían desvanecido, con el semblante pensativo.
Por los retazos rotos de su charla, se podía colegir que pensaban, antes de mucho, poner en marcha algún plan contra la Secta de los Siete Misterios, y que tal plan no tenía poco que ver con una cierta lista de nombres.
Pero lo que a Han Li asombró aún más fue esto: que aun sin haber visto los cuerpos ni los rostros de aquellos dos con sus propios ojos, hubiese no obstante reconocido la voz de uno de ellos. Aunque sólo hubiera tratado con aquel hombre una vez o dos, con todo, por la fuerza de una memoria harto más viva que la común de los hombres, había enlazado a uno de los dos hablantes con aquel mayordomo menudo de las grandes cocinas de la montaña.
Que aquel hombre—el mismo que un día le vendiera un conejo, y a quien recordaba tacaño y mañero, pronto a aprovecharse de la más mínima ventaja, con su bigotillo caído y su cara de vulgar revendedor—que aquel hombre resultara ser un espía de la Pandilla del Lobo Salvaje, era cosa bastante para poner a prueba los propios nervios de Han Li.
Mas, meditado el asunto, no era al fin tan gran maravilla. Pues sólo ocupando semejante puesto podía el hombre ir y venir a su antojo entre la cumbre y el pie de la sierra, y pasar sus mensajes de allá para acá sin que jamás se posase sobre él la atención de los otros.