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Chapter 47: Demon Silver Hands vs. the Mist-Wandering Step

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 47 de 57·~7 min de lectura

Actualizado: 2026-08-12 09:54

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—Manos de Plata Demoníaca.

Estas tres palabras salieron despacio de la boca del Doctor Mo. El sonido bajo y hueco de ellas pareció venir a la deriva desde más allá de los cielos, cargado de un poder portentoso fuera de todo cálculo, de suerte que hasta Han Li no pudo menos de sobresaltarse, y detuvo el paso que lo llevaba hacia adelante.

Apenas hubieron muerto las palabras cuanto estalló del cuerpo del Doctor Mo un aura asesina que se disparó hasta los cielos. Se hinchaba y se hinchaba como tempestad enfurecida, el viento y la lluvia de ella cada vez mayores, y se esparcía por doquier hasta llenar de sobra el pequeño aposento.

Han Li, que venía avanzando, recibió en pleno rostro aquella aura fiera y reventona, y fue empujado hacia atrás unos cuantos pasos contra su voluntad antes de poder afirmarse y quedar en pie.

Trocósele el semblante a Han Li, y un susto se le clavó en el pecho; supo que el hombre traía sin duda su as de triunfo para enfrentársele. Claro estaba que aquel mandoble de poco ha le había llegado adentro.

—¡Je, je! ¡Muchacho! Que vivas para ver mi arte famoso de las Manos de Plata Demoníaca, ha de contársete por fortuna de tres vidas.

Las ensordecedoras y soberbias palabras del Doctor Mo zumbaron y sonaron al oído de Han Li. Mas, ¡gracias al cielo!, no llevaban fuerza interna alguna dentro, de modo que su peso no fue tan grande; parecía que el hombre desdeñaba emplear contra él la maña que una vez hubo fallado, y esto le sosegó de buena parte el pecho a Han Li.

Con todo, había ya oído dos veces el nombre de las Manos de Plata Demoníaca, alardeado tan orgullosamente por la boca del Doctor Mo, y ello atrajo sus ojos, contra su voluntad, hacia las manos del otro.

Y a aquella vista, asombro y temor llenaron su mirada, y sus labios, que habían estado apretados, se entreabrieron un poco por su propia cuenta.

Pues allí estaban las dos manos del Doctor Mo; y desde debajo del codo, sus brazos, que habían estado consumidos y encogidos, de repente, como llenados de aire, se hincharon y ensancharon hasta en una cuarta de contorno más que antes. Y lo que asombraba aún más, la piel seca y amarillenta de ellos se había vuelto blanca argentada, y a la luz del sol reverberaba un frío destello de metal, pareciendo dura como hierro por quebrar, como si estuviera forjada de plata de verdad.

—¿Es este, pues, el verdadero temple del poder del Doctor Mo?

A la vista de ello, se le hundió el corazón a Han Li, y la sola mano que empuñaba la espada le sudó su buen número de finas gotas frías, a despecho suyo, de modo que la palma se le puso húmeda y pegajosa. Al fin y al cabo, tenía bien escasa experiencia en cruzar espadas con hombres; y solo el gran cambio en el porte del otro y la maldad extraña de aquellos dos manos eran ya de sobra para volverle el aliento pesado y trabajoso.

Con todo, en la superficie Han Li había recobrado su aire de despreocupación. Su rostro sereno no traslucía la menor flaqueza de dentro, y miraba la soberbia del Doctor Mo como si nada fuera ante sus ojos.

No le agradó mucho esto al Doctor Mo. Dijérase lo que se dijera, había empezado a mirar a Han Li con otros ojos desde el mandoble de poco ha; mas aun eso, sacar sus artes más guardadas contra un mozuelo de quince años o así, le parecía un gran desperdicio de un gran talento, como matar una gallina con la cuchilla de desollar un buey. Por lo que mucho antes habría querido ver a Han Li despavorido, sin saber por dónde salir y tropezando con sus propias manos y pies; solo aquello le hubiera pagado su despliegue de bizarría.

—¿Sabe usted que esa cara suya me enfada de corazón? Un mocoso con la baba aún sin secar ha de andarse todo el día haciendo el señor de planes hechos y de todo a su alcance. —Las palabras del Doctor Mo fueron frías y cortantes, y no ocultó en lo más mínimo la aversión que le tenía a Han Li.

—¿Ah, sí? —dijo Han Li, que no quiso callar por más tiempo—. Que logre yo el aborrecimiento de nuestro Anciano Mo, ese es un honor para mí, y me figuro que en días venideros no dejaré de llevar esta buena prenda mía a alturas aún mayores. —Así replicó con palabras punzantes, esperando provocar por ellas alguna mella o resquicio en el hablar del otro.

Mas claro era que este designio de Han Li vino a menos. No volvió el Doctor Mo a pronunciar palabra alguna, sino que de pronto juntó sus dos manos con un fuerte ¡zas!, que dio un rechinido, como de metal frotado recio contra metal, que hostigaba el corazón y no lo dejaba reposar.

Luego se le emborronó el cuerpo, y ya estaba en el aire a media altura, blandiendo sus enormes palmas de plata, vuelta toda su persona en un viento furioso, y cayendo sobre Han Li con el peso del Monte Tai.

Claramente no pensaba ya en dilaciones, sino en fiarse de su arte divina y llevarse a Han Li de un solo envite.

Trocósele asimismo grave el semblante a Han Li. En pie de guerra, clavó la vista en el envite del otro, y solo cuando el hombre hubo saltado sobre su misma cabeza alzó su espada corta y la clavó derecha al único punto que el otro había de guardar por fuerza—la garganta.

El Doctor Mo, viendo a Han Li tan presumido, que no cedía terreno ante su embestida fiera, se alegró en secreto del corazón, y con una sonrisa siniestra, gritó: —¡Muere, pues! —Y echó una de sus manos de plata, desnuda y cruda, a asir la espada de Han Li, mientras la otra la dirigió al hombro, y descargó con saña.

Aquel golpe de palma apuntado al hombro de Han Li, por todo su estrépito bravucón, no llevaba en verdad sino la mitad de un décimo del poder del hombre, y en nada se avenía con las bravas palabras que manaban de su boca; antes daba a entender el temor de herir de más a Han Li—y qué misterio pudiera haber en ello, nadie lo dijera.

No conocía Han Li, por supuesto, lo vano de la finta; mas aunque hubiera sabido la verdad entera, no había de ofrecer su carne mortal a probar la dureza de tales palmas. Dio a su muñeca que empuñaba la espada el más leve golpecillo, y la espada corta se le cruzó de pronto en la mano, y fue revolvida en un gran disco de luz de plata, del tamaño de una rueda de carro, que salvaguardaba su medio cuerpo superior.

Enarcó el Doctor Mo el labio con una mueca, mas la carrera de sus dos palmas jamás vaciló; con fuerza y porfía las clavó, primero una y luego la otra, derechas en aquella luz de espada, sin pensar lo más mínimo en torcer el camino.

¡Zas!, un tañido agudo y quebradizo cuando la espada corta de Han Li golpeó la gran palma de plata. Algunas chispas se alzaron; mas ni el menor daño hizo a la pelleja del hombre, y la hoja, lejos de clavarse, rebotó bien alto en el aire.

Aprovechando su ocasión, el Doctor Mo volvió la palma, sacó un solo dedo, y dio un leve pizzicato a la hoja, que no había tenido aún tiempo de retirarse. Sintió Han Li el tigre de su mano calentarse, y la cosa que tenía se fue silbando en diagonal, sin el menor detenimiento, y se hincó honda en la pared.

Tras ella vino la otra mano de plata, que de pronto trocó la palma en garra, y se fue a la clavícula de Han Li, para sellar su poder de moverse y prenderlo vivo.

Habíase vuelto la marea del combate reciamente contra él, y estaba ya en lo hondo del peligro; mas ningún desorden se mostró en el rostro de Han Li. Dio a su hombro el más leve sacudimiento, y toda su figura se volvió de pronto borrosa, y ante los propios ojos del Doctor Mo se disolvió en un jirón de humo tenue, disparándose derecho hacia adelante con todas sus fuerzas.

El Doctor Mo, también, se asombró no poco al ver gaita tan fantasmal. Mas echó mano de la propia fuerza de su caída para avenir sus dos manos en una espesa cortina de plata, recogiendo bajo ella todo aquel humo, sin pensar lo más mínimo en dejar partir a Han Li.

Mas aquella humareda era demasiado misteriosa. De pronto se abatió y se plegó por debajo, y por un extraño, impensado ángulo, se abrió paso limpio por bajo la cortina de plata, y luego, girando aguda la vuelta, se disparó al rincón izquierdo del aposento antes de detenerse; y allí fue aclarándose poco a poco, y recobró su verdadera figura, que no era otra que Han Li mismo.

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