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Chapter 46: A Blade Through the Midriff

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 46 de 57·~7 min de lectura

Actualizado: 2026-08-12 09:54

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Miró el Doctor Mo su mano izquierda con un punto de asombro, y solo entonces volvió la vista hacia Han Li, y abrió la boca con desdén:

—Curioso. Veo que durante este año pasado de ningún modo has estado ocioso, sino que te has adiestrado en este arte raro y peregrino. Pero, ¿de veras crees tú que con estas pocas tretas de gato te podrás medir conmigo? Harto tiempo hace, por cierto, que no alzo la mano contra hombre alguno; no vendrá mal bajarme yo mismo y estirar los miembros. ¡Te doy licencia para golpear primero!

No hizo caso Han Li de las palabras de menosprecio del otro. Ya había resuelto adelantarse a su contrario, golpear antes de que el hombre pudiera, y arrebatar así el poco de ventaja que con ello se pudiera cazar.

Sostuvo su espada corta ante sí con la mano izquierda, atrayendo hacia ella el ojo del contrario; y al tiempo, del doblez de su manga derecha se deslizó sordo un paquete de papel blanco hasta su palma derecha. Luego alzó aquella mano, y una gran nube de polvo blanco brotó del paquete, trocándose en el pestañear de un ojo en un espeso humo blanco que envolvió por entero el cuerpo de Han Li, de suerte que su figura se hizo borrosa e indistinta, ahora presente, ahora ausente. Y el humo se esparció presto hasta llenar todo el cuarto, dejándolo todo un mar de blancura donde un hombre no podía ver su misma mano delante del rostro; y Han Li, con aire misterioso, se desvaneció por entero en la niebla.

Frunció el Doctor Mo las cejas; aquel movimiento de Han Li lo había tomado un tanto desprevenido. Mas por dentro no se movió gran cosa, que hombre de tan larga experiencia tenía a mano una buena porción de medios para salir al paso de semejantes tretas bajas y encubiertas. Solo, recelando que el humo pudiera estar adulterado, contuvo la respiración; y con su profundo cultivo, pasar unas veinte respiraciones sin tomar aliento no le era estorbo alguno.

—¡Hum! ¡Un ardid mezquino, y con todo osas manejarlo ante mí! —resopló el Doctor Mo fríamente, y de pronto lanzó su mano derecha en un golpe de palma vacía contra la niebla. El humo blanco que tenía delante de sí se encrespó y se revolvió como removido por una pértiga poderosa, abriendo dentro de él una gran rendija limpia.

Mas ni con eso divisó la figura de Han Li. Ni suspendió su mano, sino que descargó a diestro y siniestro, una tras otra, una docena y más de golpes de palma vacía, empujando el humo hasta ahuyentarlo limpio por la gran puerta, hasta que el cuarto volvió a su estado propio—salvo que de Han Li mismo no había rastro alguno.

—Raro —pensó el Doctor Mo, no poco sorprendido—. Algo hay en este muchacho, que se las arregla para desvanecerse limpio ante mis propios ojos. —Mas en ningún modo se alborotó, que bien sabía haber guardado todo el tiempo la vigía junto a la puerta; de haber volado por allí un simple bicho apestoso, no se le hubiera escapado a sus oídos y ojos.

Tendió una ojeada escrupulosa por todo el cuarto: a un lado y otro las muchas estanterías de libros, un escritorio, un gran sillón de ceremonia—todo estaba como debía, nada fuera de lo común, nada torcido. Mas ¿cómo, entonces, había logrado un gran hombre vivo como Han Li desvanecerse dentro de un espacio tan angosto?

Nada traslucía el rostro del Doctor Mo, mas dentro de su corazón empezó a murmurar una duda. Con todo, era hombre de grande arte y grande osadía; dio uno o dos carraspeos, y luego, bamboleándose un poco, se encaminó hacia el rincón del cuarto donde Han Li había desaparecido, por ver de sondear el asunto.

Cuando hubo llegado a la distancia de un zhang de aquel rincón, se detuvo, y entornó los ojos. Había sentido, allí alrededor, el más levísimo bullir de un intento de matar, un algo sutil que respiraba en aquel paraje, dirigido contra sí mismo y presto a golpear.

Sus ojos despidieron sus luces penetrantes, barriendo a diestro y siniestro una y otra vez, mas nada extraño pudo descubrir. Un fastidio se le fue apoderando del corazón. Por doquiera no había nadie. ¿Se había ido entonces el muchacho al cielo, o se había hundido en la tierra?

—Al cielo, o hundido en la tierra. —La frase tocó un resorte en su mente, y se le antojó haber asido algo de peso, y habría seguido la idea hasta el fondo. Mas de pronto, por encima de su cabeza, ¡un sonido seco de campana!

—¡Tarde! —comprendió el Doctor Mo en un relámpago— ¡el contrario está escondido en el techo, en las vigas! Sin atreverse a alzar la cabeza, arrojó una mano hacia arriba con un fiero golpe de palma vacía, por ver de sacudir al que se ocultaba arriba y le quería mal, aturdido por el golpe, fuera de su escondite.

Un fuerte retumbo respondió al envés de la fuerza de la palma, mezclado con el claro repique de una campanilla o dos.

Quedó el Doctor Mo un tanto perplejo. Apresurándose, alzó la cabeza para mirar con más detenimiento—y se quedó de piedra. Arriba, en las vigas, no había nada en absoluto; ni la sombra de un fantasma se veía. Solo un negro campanilla de hierro colgaba de la viga mayor, puesta a balancearse con violencia por la fuerza de su palma, y era de ella de donde provenía el repique. ¡De la figura de Han Li, ni la mitad de una sombra!

Y mientras el Doctor Mo miraba hacia arriba de esta suerte, un hilo de luz fría, con la velocidad de un relámpago, se lanzó callado desde bajo sus mismos pies, y se fue derecho al bajo vientre. La presteza de aquello apenas si pudo ser igualada por el rayo o por la chispa del pedernal; no, solo cuando el resplandor estuviera ya a punto de tocar sus ropas advirtió el Doctor Mo, en su asombro, su presencia.

Palideció el Doctor Mo de susto. En su apuro, sus instintos se movieron con presteza, y de repente se echó en un Esquivar el Puente de Acero—echando todo su cuerpo, como si hubiera perdido el espinazo mismo que lo sostenía, en un gran doblez hacia atrás por la cintura—y así, por el margen más angosto, esquivó la espada, dejando que la corta hoja se le deslizara casi pegada al vientre, rasgando una larga y delgada abertura a lo largo del paño de sus vestiduras, y rozando el que le abriera todo el vientre de par en par.

Aun tras escapar de la espada, no se atrevió el Doctor Mo a aflojarse. Sus pies parecían montados sobre resortes; sin que su cuerpo se moviera un ápice por sí mismo, el hombre se deslizó de su propia voluntad varios zhang hacia atrás, y solo entonces se atrevió a enderezarse, y a mirar con mezclada furia y alarma hacia el sitio de donde había brotado el resplandor de la espada.

Y he aquí que, en el piso cerca de donde acababa de estar, la tierra comenzó despacio a hincharse y a abultarse hacia arriba, cada vez más alta, hasta que por fin se formó una figura humana amarilla—que no era otra que Han Li, quien había combinado el Arte de Cartílago con el Arte de Contención del Aliento y el Arte del Camuflaje Falso, y los había puesto todos juntos a un mismo uso.

Aquel suyo se había puesto unas vestiduras de color amarillento terroso, del mismo tinte que el piso, y llevaba en su mano izquierda aquella espada corta que tan a punto había estado de ganar su mérito; y en sus ojos se asentaba un gesto de despecho, que daba a entender cuán a corazón tomaba el golpe de poco ha, errado por un tris.

El amarillento rostro del Doctor Mo, por su parte, se había vuelto algo verdoso. Aun ahora le latía el corazón recio y duro dentro del pecho por el peligro de aquel golpe, y un temor recio se le aferraba sin cesar. No era él un novicio de los ríos y lagos que jamás hubiera conocido riesgo; mas haber estado tan cerca de la muerte—eso, en toda su vida anterior, le había sucedido apenas cuatro veces contadas, y nunca fue hechura de un mozuelo a quien siempre tuvo en tan poco como a Han Li.

Tomó un largo aliento; su semblante aquietóse por fin de nuevo, y con una voz ya algo ronca, habló:

—Veo que de veras te he juzgado algo mal, ¡mi querido discípulo! Muy bien jugada ha estado esa treta tuya, y digna de que yo la tome en seria consideración.

Y tras haber arrojado esta palabra de amenaza, el Doctor Mo alzó despacio sus dos manos y las templó a plomo ante sus ojos, y mirándolas con una ternura suave no dijo nada en absoluto, clavando la vista en ellas con la misma fijeza con que un hombre puede mirar al amante de su corazón, como si hubiera olvidado por completo que Han Li estaba allí delante.

Arqueó Han Li sus dos cejas, y dio una sonrisa fría. Apretó su espada corta con más fuerza en una sola mano, y a pasos pequeños y parejos, se fue acercando despacio al Doctor Mo.

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