Fue entonces cuando el Doctor Mo cayó en la cuenta de la puerta, que Han Li, al primer paso que diera en la sala, se había obstinado en que no le dejara cerrar. Todo le vino de golpe: que aun entonces el muchacho le había estado sentando la base de aquella maña, y abrigaba ya dentro del pecho el plan de volver el reflejo de la luz del sol a su propio provecho. ¡Y este joven, de tan tierna edad, había urdido tantas cosas — había tendido una cadena tan ceñida y tan mortal de trampas, que él, un viejo curtido y encanecido sobre los ríos y los lagos, había caído de cabeza en ella, sin casi poder darse la vuelta de nuevo! Que un corazón pudiera ser tan hondo como esto, tan fuera de toda medida con sus años y su experiencia — ¿sería posible que el muchacho fuese en verdad un prodigio nacido del cielo, un niño-sabio que había bajado otra vez al mundo?
Dio vueltas y más vueltas al asunto en su mente, y cuanto más lo sopesaba tanto más pavor le crecía, hasta que un sudor frío le corrió sin cesar por todos los miembros.
Tras este revés, el miedo y el recato del Doctor Mo hacia Han Li quedaron aún más altos que antes. Se encaró con el muchacho con la mayor cautela, y por un espacio no se atrevió a asestar otro golpe.
En cuanto a Han Li, por alguna razón tampoco hizo más que mirar de hito en hito al Doctor Mo, sin la menor intención de apretar el ataque. Y así, de pronto, los dos se retiraron de la lid a un silencio tercamente obstinado, mirándose recelosos el uno al otro con los ojos muy abiertos y sin parpadear.
Después de un rato, de la incómoda calma rompió de pronto Han Li a hablar y soltó una sola frase, que dejó al Doctor Mo atónito, boquiabierto en el acto.
—Anciano Mo —dijo—, hagamos las paces, nosotros dos. O bien me rindo. ¿Qué os parece?
Y, dicho esto, echó la mano a un lado, arrojó su arma a plomo al suelo a sus pies, y le volvió al Doctor Mo una sonrisa de dientes blanquísimos, con toda la llana entereza de un mozo de aldea, simple y sin malicia.
—¿Rendirte? —El Doctor Mo, al principio, creyó que sus oídos andaban torcidos y había oído mal las palabras del otro; pero al punto se repuso, bajó los ojos a la púa de hierro que Han Li había arrojado y, no creyendo ni una pizca, replicó con un gruñido—: ¿Qué treta torcida es esa que maquinas? ¿Crees que he de dar crédito a ese saco de mentiras? Si hubieras tenido voluntad de rendirte, lo habrías hecho desde el primer momento. ¿Por qué has de pelear hasta la muerte, diente con diente, y luego venir con esto?
Han Li le sonrió y calló, como dando por buena la acusación con su mismo silencio; y por un espacio los dos tornaron a su cauteloso pulso.
Pero, un momento después, el Doctor Mo se acordó de algo tan cómico que apenas pudo contenerse; de repente se dobló, se abrazó el vientre con ambas manos y prorrumpió en una risa sonora, tan libre y tan llena que las lágrimas acudieron a asomarse por las comisuras de sus ojos.
—¡Ja, ja, ja, ja! De veras... de veras es cómico esto. ¡Que yo me hubiera olvidado de cosa tan grave, y me fuera contigo... contigo a estoque limpio, con tan honrado acero! —Y por entre la risa rota y jadeante balbució las palabras, espesas e ininteligibles.
Han Li frunció el ceño; mas al instante siguiente lo desarrugó otra vez, como quien no le da importancia alguna. Lanzó una mirada hacia la ventana, y, a medida que se le espesaba la sonrisa en los labios, comenzó con tono sosegado, libre de toda prisa:
—Anciano Mo, ¿no os parece que nos hemos entretenido aquí demasiado? Hora es de que esto concluya.
El Doctor Mo se quedó un tanto desconcertado, y se le cortó la risa.
Lentamente se enderezó, puso el rostro grave y se quedó mirando a Han Li con una mirada vacía y sin expresión. Solo al cabo de un buen rato respondió, con voz áspera y desvaída:
—También a mí me lo parece, que es hora de poner término a todo esto.
Y así, de repente, los dos hombres cobraron entera confianza, seguros cada cual de su victoria, como si en aquel mismo respiro hubieran hallado cada uno en su mano la carta rigurosa que debía traer al otro a la obediencia.
Cayó un silencio frío; y por fin fue Han Li quien habló de nuevo, sin prisa, fiándose del todo de lo que tenía en su poder — seguro de que había de hacer ceder al Doctor Mo, y matar en él todo nuevo intento de maldad.
—Anciano Mo, ¿sabéis que vuestra propia vida yace ya en mis manos? —El solo abrir de su boca bastó para causar asombro.
—¿Mi vida en tus manos? —El Doctor Mo soltó una risa fría y prolongada, lleno el rostro de incredulidad.
—¿No halláis algo extraño en vuestra herida?
—¡Disparates! Miré con el mayor cuidado, y en vuestra espada corta no había... —El Doctor Mo comenzó a replicar, mas se cortó a media palabra, cambiándole el semblante por completo; pues le vino a la memoria que no fue la espada corta lo que le había herido, sino aquella púa oculta.
—Entonces ya no hay necesidad de que yo diga más —dijo Han Li, todo sonrisas—; el Anciano Mo ha comprendido mi sentido por sí mismo.
—¿Y qué si lo he comprendido? No olvides, muchacho, que todas las artes de veneno medicinal que conoces, yo te las enseñé. ¿Qué veneno podrá haber que yo no sepa remediar? —Y el rostro del Doctor Mo se asentó de nuevo en su calma acostumbrada, y su voz quedó segura.
—¡Ah! —rió Han Li—. Se me olvida decir que la hoja que llevo va untada con los Hilos de Incienso Entrelazados.
—¿Los Hilos de Incienso Entrelazados? —Se le escapó al Doctor Mo una baja exclamación de sorpresa; llanamente era cosa muy por encima de lo que había previsto.
—Sí. Anciano Mo, sin duda conocéis la potencia de este veneno. —El tono de Han Li era una lenta y regalada chanza.
—¡Boberías! ¿Cómo habrías de saber componer semejante ponzoña? Estoy seguro de no haber dejado escapar ni un ápice de su receta. —El Doctor Mo, en la superficie, seguía firme, como si no diera crédito a las palabras del muchacho; mas por el extraño retozar de su herida ya había confirmado la verdad en su corazón, en sus ocho o nueve partes cierta.
Viendo que el Doctor Mo no aflojaba aún la lengua, Han Li dio un suspiro, y así se vio en la molestia de declararlo todo.
—Anciano, no olvidéis que en aquellos días vuestros libros de medicina yacían abiertos de par en par ante mí. Esta receta estaba metida dentro de una farmacopea harto poco leída; de no haber estado yo leyendo con el mayor cuidado, en verdad la habría dejado pasar.
Fue entonces cuando el Doctor Mo recordó cómo, al tiempo de hacerse con aquella receta, como las hierbas que requería su composición eran tantas y los pasos tan enmarañados, por temor de olvidar después alguna parte, había copiado el modo de hacerla y las hierbas que pedía, a su entera largura, en un solo papelito, y diose el caso de guardarlo en uno u otro libro. Luego, con las muchas cosas que habían venido a pasar, se le olvidó por completo el papelito. Apenas soñó que había de resultar tan gran servicio a Han Li, y traerle a él tan pesada deuda de desventuras.
—Sentémonos, pues, y hablemos del asunto con sosiego —dijo Han Li, lleno de confianza—, y concerremos cómo ha de hacerse esta paz, mano en mano.
El Doctor Mo se limitó a resoplar, sin hacer caso del muchacho, y puso su mente a evocar de la memoria el modo de componer los Hilos de Incienso Entrelazados, y la virtud del veneno.
El nombre de "Hilos de Incienso Entrelazados" no suena lo más mínimo formidable; es más, echa a un hombre a soñar, y le trae a la memoria alguna fantasía tierna y fragante. Pero la bravura de la droga es cabalmente como la añoranza de un corazón enamorado — cosa tan dura de sobrellevar, que hilo tras hilo se come hasta el mismo hueso.