Aun cuando los dos estaban a punto de chocar, Han Li dio un leve giro a la hoja que tenía en la mano, inclinando apenas su ángulo, muy poco, solo un grado mínimo, no más. Pero a los ojos del doctor Mo aquello obró un cambio tan grande como si cielo y tierra se hubieran vuelto boca abajo.
Una luz blanca brotó de pronto ante la vista del doctor Mo. Una docena o más de destellos de deslumbrante fulgor saltaron, tan fieros y sin velo que se le clavaron directamente en los ojos.
Su corazón clamó "¡Mal!" y se apresuró a saltar hacia atrás y a cerrar los párpados; pero ya era tarde. En el espacio de un momento, la luz blanca estaba ya dentro de su visión, sin dejarle un aliento de tiempo para contrarrestarla.
Al punto un calor se apoderó de los ojos del doctor Mo, y luego un amargo dolor se adueñó de los globos oculares, mientras las lágrimas borbotaban en un torrente sin fin. No tenía cuidado de enjugarlas. Apretando los dientes contra el malestar, se esforzó por abrir los ojos y mirar afuera, pero no vio sino una gran mancha blanca. Ninguna cosa podía distinguir con claridad; hasta las mismas figuras de los objetos se habían tornado un borrón vertiginoso, duplicado e indistinto.
En ese instante una furia y un espanto mezclados llenaron su corazón, y se arrepintió amargamente de haberse dejado atrapar de nuevo, por una sola falta de cuidado, en el lazo del muchacho.
Pero el doctor Mo había caminado muchos años por el jianghu, y su caudal de destreza para afrontar peligros de toda índole era abundante. Por un lado, no dejaba de retroceder paso a paso, poniendo distancia entre sí y el otro, buscando ganar tiempo; por otro, recogía sus dos palmas y las blandía ante su cuerpo, y gracias a aquellas Manos de Plata Demoníaca, vedadas a la hoja y la flecha, cubría los puntos vitales de su mitad superior.
En su corazón había resuelto que, hasta que sus ojos se recobraran, de ningún modo volvería a ser él quien diera el primer golpe; todo asalto debía esperar a poder ver con claridad, no fuera a caer otra vez en el lazo del astuto muchacho.
Para entonces, el doctor Mo había desechado de su mente hasta el último vestigio del desprecio que una vez sintió. En punto a peligro, aquella batalla con Han Li no quedaba en nada por detrás de las lides mortales que en su juventud sostuvo contra enemigos formidables.
Aunque no podía distinguir los movimientos del otro, el doctor Mo aguzó ambos oídos y escuchó con toda su atención, queriendo colegir del solo sonido cuál sería su próximo paso.
Apenas le pareció ver una figura parpadear ante él, y acto seguido llegó un chirrido agudo y desgarrador, montado sobre una ráfaga de viento frío, que volaba derecho contra él desde el frente.
Ante la estocada de Han Li, el doctor Mo no sintió alarma alguna, sino un asomo de regocijo.
Los recursos del muchacho eran aún un tanto verdes, a fin de cuentas. De haberse mantenido oculto y herido por sorpresa, el doctor Mo habría tenido, en verdad, que devanarse los sesos; pero ¿atacar tan descarada y abiertamente desde el frente, qué había que temer en ello? Pues aquel arte de rastrear al enemigo por el oído, de discernir entre el sonido y el viento, lo había llevado tiempo ha a la cima de la perfección. No digamos una estocada recta de la espada corta: hasta una delgada aguja de bordar volando hacia él la oiría con perfecta claridad.
El doctor Mo oyó con verdadera claridad, pero en su mano aflojó a propósito su guardia un poco, dejando una pequeña abertura ante su cuerpo. Tal como había previsto, el sonido de la estocada que venía se desplazó en el acto, colándose por ese mismo hueco, y luego se encaminó directo a su garganta.
Una mueca cruel se extendió por el rostro del doctor Mo. Su mano derecha, que llevaba tiempo esperando, salió en ese mismo instante, y en un abrir y cerrar de ojos atrapó la hoja, apretándola con firmeza y sin el menor miedo a su filo agudo.
Su oponente comprendió claramente que el juego había terminado, y tiró de la espada a sacudidas varias veces para arrancarla; pero bajo la presa de las Manos de Plata Demoníaca ni un ápice pudo moverse. El esfuerzo no fue sino fuerza perdida.
Un dejo de triunfo se agitó en el doctor Mo. Mas no osó descuidar su mano, y para cerciorarse de que el otro no despertara a su peligro, aflojara su presa y se escurriera, no hizo caso de que sus ojos no se habían recobrado aún. Con una sola mano desplegó de pronto las diez partes enteras de su fuerza, y tiró de la espada hacia sí, queriendo arrastrar a Han Li de un golpe y tomarlo en sus manos; mas he aquí que su presa sintióse ligera y aérea, como si no sujetara más que una pluma.
Se quedó pasmado hasta lo más hondo. Sostenía todavía la misma hoja en la mano; ¿cómo había de haberse vuelto tan ligera de improviso? Aun cuando Han Li soltara su presa, no habría de pesar tan poco como esto.
Antes de que el doctor Mo pudiera entender el asunto, estalló, a unos pocos dedos de su garganta, un sonido agudo y desgarrador que hendía el aire, como si algo fino y puntiagudo se abalanzara hacia él a una velocidad que pasaba de todo decir. Aún no había llegado la cosa misma, cuando el aliento roto del aire ya ponía un leve escozor en su laringe.
No tuvo tiempo de pensar. Su cuerpo, por puro reflejo nervioso, se aprestó todo a esquivar; su cabeza cayó a un lado, forzada en aquella dirección, el cuello torcido hasta un ángulo que pasaba de lo creíble, luchando por escapar a ese golpe mortal.
La honda y ejercitada maestría de muchos años por fin entró en juego en ese momento. El doctor Mo sintió un escalofrío correr por su cuello, mientras la cosa fina pasaba de largo, rozando de cerca su carne, apenas raspándole algo de piel y sin causarle mayor daño.
Habiendo esquivado ese golpe, y temiendo que el otro guardara todavía una estocada de reserva, el doctor Mo no se detuvo a pensar. Sin otra idea, se arrojó al suelo tras el mismo truco con que Han Li se había salvado la vida al principio, y rodó como un burro perezoso, lejos de Han Li, antes de atreverse a levantarse de nuevo.
Una vez de pie, el doctor Mo sintió un dolor ardiente en el cuello, y no pudo menos de palpar la herida; su mano salió mojada, lo que mostraba que no poca sangre había manado.
Con toda prisa presionó con dos dedos las venas cercanas, y con ello contuvo la hemorragia.
Solo entonces le sobrevino el susto de todo aquello. Ese golpe, sintió, debía por derecho haber sido imposible de esquivar; que su cuerpo, por un instinto superlativo, hubiera escurrido de la muerte de modo tan extraño y milagroso.
Al cruzarle este pensamiento la mente, el doctor Mo alzó los ojos y miró a Han Li, y solo entonces advirtió que las cosas ante él se habían vuelto a aclarar: su vista había vuelto en algún momento sin que él lo supiera.
Allí estaba Han Li, fulminando con la mirada al doctor Mo, con la cara llena de despecho, no poco disgustado de que el otro se hubiera librado una vez más de la muerte.
Tenía en la mano un arma puntiaguda de apenas una pulgada de largo; por la forma era una púa más corta que cualquiera, y sin embargo su mango era todavía el mango de la espada, de modo que el conjunto tenía un aspecto grotesco, y sobre ella había manchas de sangre: era aquella misma arma extraña la que había herido al doctor Mo.
El rostro del doctor Mo se puso frío y sombrío, sus ojos llenos de furia ardiente. Que hubiera estado a punto de perder la vida una y otra vez era más de lo que podía soportar, y ya se disponía a dejarlo todo estallar, cuando de pronto sintió que su mano derecha todavía sujetaba algo.
Miró hacia abajo. Era una hoja sin mango, ligera y aérea en la mano; al tomarla y examinarla con detenimiento vio por fin, con un súbito destello de entendimiento. La hoja era hueca, y por el tamaño y la forma de la cavidad, lo que había estado oculto dentro no era otro que aquella púa. Aquella hoja no era sino una cáscara, una cosa para engañar la vista, encajada sobre la púa.
En ese instante, toda la furia que le henchía el pecho quedó apagada de un soplo por aquel descubrimiento que no había previsto.