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Chapter 65: El Joven Médico Milagroso

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 65 de 75·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-13 07:02

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Han Li yacía reclinado en la butaca donde solía sentarse el Doctor Mo, y tenía en la mano un rollo cuya cubierta llevaba las palabras "Escritura de la Larga Vida", pero cuya sustancia no era otra que los versos del Arte de la Juventud Eterna, que leía con el más fino deleite, y más allá de toda medida, absorto.

Este rollo solía el Doctor Mo tomar una y otra vez, sin cansarse jamás; y esta extraña costumbre había hecho a Han Li preguntarse alguna vez. Ahora que había descubierto su secreto, lo entendía bien — el doctor no leía artes de conservar la salud; claro estaba que andaba cavilando los versos del Arte de la Juventud Eterna. Parecía que el doctor, reacio a renunciar a su esperanza de obrar algún día magia, no había creído por entero lo que Yu Zitong decía de la raíz espiritual, sino que por su cuenta venía buscando en silencio la verdad.

Este tomo secreto, hallado entre las demás cosas dentro del recoveco escondido, contenía no solo los versos de los primeros seis niveles que Han Li hacía tiempo ejercitaba, sino también las artes de los dos niveles ulteriores, que jamás había visto — y este hallazgo inesperado le puso gozo en el corazón por un buen rato.

Cuando Han Li advirtió que lo que por tanto tiempo había cultivado no era otro que aquella fábula tan decantada que puede convocar viento y lluvia — la obra de la propia mana — su anhelo por las artes ulteriores del Arte de la Juventud Eterna creció aún más grande.

Pues, ¿quién no desearía ser un inmortal, tan sin muerte como los dioses?

Ahora era lo más alto del día, y el sol apretaba templado; su luz agradable entraba por la claraboya abierta y caía de lleno sobre Han Li, de suerte que él, leyendo aún, entrecerró los ojos hasta una fina rendija por puro bienestar; y, sumado al sosiego de su postura reclinada, todo el hombre vestía un aire de desmesurada pereza.

Han Li alzó un poco la cabeza, contempló la claraboya, y juzgó la luz algo demasiado cegadora.

Con descuido levantó el rollo abierto para cubrirse el rostro, y apagó el sol blanco y despiadado.

Entonces sintió una oscuridad ante los ojos, y el corazón muy sosegado; y esto le puso los ánimos a Han Li, y echó una vez más a la memoria, en silencio, los versos del séptimo nivel.

De poco acá había advertido que, a fuerza de tomar sin tregua las hierbas místicas, su Arte de la Juventud Eterna daba señales de otro avance, y que antes de mucho había de entrar en el reino de la séptima etapa; y conocer con alguna anticipación las artes del nivel inferior no podía menos que aprovecharle para salvar el estancamiento.

Ahora, desde el día de la posesión de almas del Doctor Mo, había pasado la mejor parte de medio año.

En el propio día siguiente a aquel, Han Li, para borrar todo rastro de la muerte del Doctor Mo, había escrito con su propia mano, imitando la letra del doctor, una carta falsa, diciendo que partía para su tierra natal a visitar a sus parientes, y la había entregado en nombre del doctor al anciano encargado de la ronda de la secta.

En la carta se tomaba la libertad, en el propio tono del doctor, de declarar que había heredado todas las artes médicas del doctor, y que podía ya salir al mundo a curar a los enfermos en su lugar; y en cuanto al doctor mismo, siendo el viaje a casa largo y lejano, nadie podía decir cuándo volvería; por lo que rogaba a los varios caudillos que le permitieran a Han Li cumplir, por el tiempo, los oficios del médico, hasta que el doctor mismo volviera.

Cuando la carta fue entregada, los varios ancianos que gobernaban la secta no albergaron, a las claras, la menor sospecha; pues el Doctor Mo, acostumbrado como estaba a andar lejos juntando hierbas, solía antaño pasar meses y años sin volver a la montaña; y, si bien en la Secta de los Siete Misterios llevaba el título de patrono, en verdad, por haber salvado una vez la vida del Gran Líder del Secta Wang, no era sino un huésped libre de la secta, con libertad de venir y partir a su albedrío.

Y, con todo, los ancianos guardaron cierta reserva en cuanto a lo que la carta decía — que Han Li había heredado toda el arte del Doctor Mo — y estaban solo a medias convencidos.

Pues aunque el Doctor Mo de antaño hubiera cuidado, de cuando en cuando, los achaques menores de los discípulos inferiores — resfriados y fiebres, heridas de cuchillo y arañazos —, como su pericia era tan consumada, lo principal de su cargo recaía en tales personas como los maestros de sala y los ancianos, las grandes y medianas figuras de la secta; y en cuanto al resto, solían los discípulos comunes acudir a los otros médicos de la montaña.

Por eso, al comienzo, los ancianos no pusieron a Han Li de inmediato en todos los oficios del Doctor Mo, sino que le mandaron cuidar primero las enfermedades y heridas de los discípulos inferiores, mejor para ensayar su verdadera valía.

A Han Li le importaba un rábano la reserva de los ancianos sobre su pericia, teniendo él, como tenía, que curar a un hombre o a otro todo era uno; la sola razón por la que había propuesto tomar el trabajo del Doctor Mo era que codiciaba el retiro y la quietud del Valle de las Manos Espirituales, y aquel espacioso huerto de hierbas dentro de él.

Si pudiera permanecer en el valle, con todo él bajo su sola mano, entonces podría, a plena luz del día y sin temor, poner su botella misteriosa al servicio de apresurar el crecer de hierbas raras sin límite, y no habría de temer que alguno tropezara con su secreto.

Y aunque por el presente este pequeño valle era suyo, solo para usarlo él, si el Doctor Mo tardara en volver, ¿quién podría decir si no lo recobraría algún caudillo o anciano, movido de un capricho?

Por lo cual Han Li, para hacer brillar con más fulgor su arte médica, trabajó con un celo fuera de lo común en el cuidado de los muchos discípulos, sin regatear ni la gran provisión de hierbas preciosas que cada día hacía brotar, dándolas a escondidas. Y así, su pericia, de suyo nada flaca, y el poder de aquellas raras y preciosas drogas, obraron el milagro, entre todos los que buscaban su ayuda, de que casi todo enfermo quedara sano de nuevo.

De tal suerte aconteció incluso como él había previsto; su fama, la de un médico cuyo solo toque restaura la salud, estalló sobre toda la Secta de los Siete Misterios como un trueno en cielo despejado, y toda alma sobre la montaña supo que la secta había traído otro médico milagroso, joven y de rara pericia. Este arte de médico era más allá de todo decir; bajo su cuidado, fuese una herida de fuera, una de dentro, o una enfermedad más allá de toda conjetura, a lo sumo tres días ponían a un hombre sano y cabal; y al lado de su antiguo médico, el Doctor Mo, la pericia de este joven era solo la mayor, y en nada la menor.

En verdad, la pericia de Han Li quedaba muy por bajo de la del Doctor Mo; solo que el doctor no habría podido dilapidar tal provisión de hierbas raras, y así, en lo de volver a los enfermos la salud, quedaba muy por detrás de Han Li.

Y así fue que, cuando Han Li hubo una vez más hecho a un discípulo malherido sano y retozón dentro de unos pocos días, los grandes de arriba no pudieron ya quedarse ociosos. Apenas pasado un día, mandaron llamarle.

Quien vino a verle esta vez no era otro que el vice líder Ma, a quien Han Li había visto una sola vez antes, sobre el Acantilado del Refinamiento de Huesos.

Este vice líder Ma se había olvidado, a las claras, de Han Li, aquel discípulo registrado tan poco llamativo de los días idos. Así, apenas se hubieron visto, declaró sin rodeos que quería que Han Li tomara el trabajo del Doctor Mo, y gozara de todas las prebendas que el doctor había gozado. El título de patrono, para ser exactos, no era aún suyo, pues Han Li era demasiado joven — un mozo de apenas dieciséis o diecisiete veranos — y no habría podido en modo alguno infundir respeto a los otros patronos. Y, con todo, su estipendio mensual había de pagársele al nivel de un patrono.

Por fin, el vice líder Ma declaró además que, si había algo en todo ello que no fuera de su gusto, no tenía sino decirlo abiertamente, y ellos lo tratarían a su manera, según el caso.

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