Han Li sintió con sus dedos la frialdad del cuerpo del gigante y contempló sus dos ojos vacíos y de mirada ausente, mientras en su corazón iba removiendo la suerte que había corrido Zhang Tie.
Nueve partes de diez, había sido el Doctor Mo, confabulado con Yu Zitong, quien había apresado a Zhang Tie cuando su Arte del Armazón del Elefante alcanzaba apenas un grado mediano de perfección, y luego, urdiendo el semblante de su fuga, había engañado a los muchos oídos y ojos de la Secta de los Siete Misterios. Y después, a escondidas, por uno u otro arte le había robado el alma a Zhang Tie por entero, y había trocado su cuerpo en esta cosa monstruosa, que tan de cerca se asemejaba a quien hubiera llevado el Arte del Armazón del Elefante a su plena floración.
La conjetura de Han Li tocó de cerca la verdad, y el verdadero estado de las cosas difirió de ella muy poco.
En aquellos días había sido un capricho repentino del Doctor Mo casar el Arte del Armazón del Elefante con el oficio de hacer cadáveres que Yu Zitong le había provisto, y levantar con ello una tropa de bestias cadavericas, dóciles al mandato de su señor, y, con todo, tan poderosas que arrastraran tras de sí el mundo pugilista. Pero en ese breve trecho de tiempo no había logrado forjar sino a este único y gran sujeto; y lo estimaba por encima de todo tesoro, guardándolo de ordinario en algún lugar secreto al pie de la montaña, y solo lo había traído consigo en su última vuelta a la secta.
Y, con todo, Yu Zitong no tenía el menor aprecio por tan chapucera y malhecha bestia cadaverica; antes la tenía en desprecio y se reía de ella. Pues mientras su verdadero cuerpo aún perduraba, contaba con una docena de artes para domeñar a criatura tan imperfecta; y, además, comparada con el encumbrado cadáver de hierro de un verdadero cultivador de la inmortalidad, el poder de semejante cosa se alejaba más allá de todo cálculo, y solo podía erguirse y fanfarronear entre la gente común. Su única virtud residía, acaso, en lo humilde de sus materiales y en lo fácil de su forja, de suerte que cualquiera con la más leve chispa de magia pudiera fabricarla.
Después de un buen rato, Han Li retiró de súbito la mano que había puesto sobre el rostro del gigante, y volvió la mirada, inquieta, lejos de él, fijándola en la destrozada puerta de piedra, y cayó en una ensoñación en blanco.
En aquel instante sintió el corazón algo frío dentro de sí — no por la lástima de la suerte de Zhang Tie, sino por su propio espíritu frío y despiadado, que le dio alarma.
Había supuesto que, al conocer el lastimero sino de su buen amigo, alzaría la cabeza atrás con furia, y gritaría con todas sus fuerzas los nombres de "Mo Juren" y de "Yu Zitong", y llenaría su voz del fervor airado de su odio hacia ellos.
Pero, en verdad, fuera de una leve punzada de pesar, no sintió gran comozón ni cólera — como si quien hubiera caído en tal trance no fuera su viejo amigo "Zhang Tie", sino algún transeúnte extraño.
¿Era porque sabía que este Zhang Tie ante sus ojos no era sino un despojo, y no el hombre mismo? ¿O se le había vuelto el corazón a tanto hierro y tanta sangre?
Este porte suyo, egoísta y de corazón frío, llenó al propio Han Li de espanto. Entonces advirtió que, nadie sabía cuándo, se había vuelto una cosa tan extraña a sí mismo.
Por fin Han Li se repuso de su estupor, y echó al gigante una mirada turbada, sin saber apenas con qué nombre llamar a "él".
Acordándose del discurso del Doctor Mo — que "el alma se ha perdido", que "el cuerpo camina aunque el espíritu se haya ido" — Han Li alzó la cabeza hacia el cielo y habló con suavidad:
"Hermano Zhang: para estas horas habrás renacido en el mundo. El cuerpo que dejaste atrás ya no tiene uso alguno, así que deja que tu hermano menor te lo tome prestado para servirse de él. Lo usaré con todo cuidado, y espero que no me lo tengas en cuenta."
Cuando hubo puesto fin a esta plegaria, y, como quien duerme para dormir, acalló su conciencia, dijo otra vez al gigante:
"Pues eres el despojo que dejó el hermano Zhang, sin alma propia, te llamaré 'Convocación del Alma'. Ojalá, en los días venideros, me prestes una sola mano de ayuda."
El gigante oyó las palabras de Han Li, mas quedó inmóvil, sin nada sino la acostumbrada expresión de docilidad sobre él, y ni un solo gesto más — en verdad no tenía albedrío propio, y solo podía recibir mandatos a la manera pasiva.
"¡Hablar así a un cuerpo sin ingenio — qué necio me he vuelto!" Han Li movió la cabeza sobre sí mismo, y luego, a pasos ligeros y acompasados, se encaminó hacia la cámara de piedra.
"Convocación del Alma, sígueme."
Han Li se había recobrado por entero de sus bajos espíritus, y llevaba su acostumbrado semblante, como si nada en absoluto hubiera acontecido. En verdad, tal como él mismo lo había juzgado, se había vuelto de un temple prodigiosamente duro y acerado, y ya no lo estremecían a la ligera las pasiones.
Si este gran cambio auguraba ventura o desventura para Han Li, que ahora ponía los pies en el sendero del cultivador, nadie podría decirlo.
Por algún tiempo después, Han Li se mantuvo ocupado buena parte del día, para dejar bien puestos todos esos asuntos.
No solo enterró el cuerpo del Doctor Mo bajo un gran árbol, y quemó y arrojó cuanto quedaba en la cámara de piedra, sino que incluso mandó a Convocación del Alma derribar toda la cámara a pedazos, de suerte que quedó hecha añicos, desperdigada, sin que se pudiera decir lo que antaño había sido, y solo entonces retuvo su mano.
Tras tal faena, el cielo había oscurecido hacia el atardecer, y el sol había comenzado a hundirse.
Han Li se detuvo delante de lo que fuera la cámara de piedra y era ya un montón de piedra quebrada, y echó la vista en derredor, y, no hallando nada dejado al olvido, asintió con satisfacción.
"Convocación del Alma, ¡vámonos!"
"Mañana hay un sinfín de asuntos que atender. Lástima que no tengas ingenio, y no puedas hablar; pues, de contar yo con alguien con quien aconsejarme, me sentiría más seguro."
Bajo la luz bermeja del sol poniente, Han Li arrastraba tras de sí su sombra larga y estirada, y charlaba en voz baja sin fin con el gigante a quien había rebautizado "Convocación del Alma", como si por fin hubiera hallado un buen oyente a quien verter su corazón, y que jamás una sola vez se quejara de él. ¿Dónde podría uno ya espiar la menor traza de aquel porte frío y desalmado? Era del todo un mozo sencillo del barrio.
Cuando hubo acomodado bien y por bueno a Convocación del Alma, Han Li volvió a su propia morada. Dentro de la habitación, cual un forastero largamente ausente de su casa, palpa aquí las mesas y las sillas, mira allá, y se murmura a sí mismo:
"¡Qué largo ha sido este día! Parece más largo que todos los diez y tantos años que he vivido antes, atados todos en uno."
Y de pronto, se arrojó de cabeza sobre la cama, y durmió el sueño pesado.
Estaba harto cansado — cansado por igual en el espíritu y en el cuerpo.
"Pero es bueno haber vuelto con vida." Con una sonrisa en los labios, tal fue el pensamiento que le vino al hundirse en el sueño.