El Doctor Mo estaba muy satisfecho de que Han Li pudiera dedicar todo su tiempo al cultivo.
Aun así, le parecía que el progreso de Han Li en la Fórmula Sin Nombre era demasiado lento.
En los últimos años, la enfermedad que aquejaba al Doctor Mo parecía haber empeorado. Cada día tosía con más frecuencia, y cada acceso de tos se prolongaba durante más tiempo.
A medida que su cuerpo se deterioraba, el Doctor Mo parecía volverse aún más atento al progreso de Han Li. En la urgencia repetida de sus continuas exhortaciones podía oírse la inquietud de su interior.
El Doctor Mo apreciaba evidentemente mucho a Han Li. No solo le pagaba bastante más plata que a los discípulos comunes, como se había convenido, sino que la mirada que le dirigía en los momentos ordinarios era de lo más peculiar, como si contemplara un tesoro rarísimo, custodiándolo con todas sus fuerzas.
Y sin embargo Han Li, ahora que su Fórmula había llegado al tercer nivel, se había vuelto muy fino de sentidos, y no podía dejar de notar que, tras todas aquellas miradas amables y cariñosas, se mezclaba de vez en cuando algún vestigio de codicia y deseo que lo inquietaba.
Aquellas expresiones le pusieron la carne de gallina. Siempre sentía que el Doctor Mo que daba rienda suelta a tales miradas no lo contemplaba como a un hombre vivo, sino como a una cosa.
Eso lo dejaba un tanto perplejo. ¿Qué podría tener él que el Doctor Mo codiciara?
Claro que nada—se respondía a sí mismo con certeza.
A veces Han Li llegaba incluso a pensar que se había vuelto demasiado susceptible por culpa del exceso de práctica, y se recriminaba en privado por difamar al Doctor Mo, por mostrarse ingrato con su bienhechor.
Y aun así, sin poder decir por qué, en el rincón más recóndito de su corazón había conservado una medida de recelo hacia el Doctor Mo, y con el paso del tiempo ese recelo no hacía sino crecer.
Ahora un problema grave se alzaba ante Han Li: había tropezado con un estancamiento en su cultivo. Y, peor aún, con tantos años de práctica agotadora y de dosis generosas de medicinas, las valiosas drogas que guardaba el Doctor Mo se habían consumido hasta la última.
Era evidente que Han Li no era ningún genio bendecido por el cielo, y sin el auxilio de las medicinas su cultivo se detuvo por completo.
Esto hizo que Han Li se sintiera profundamente avergonzado ante el Doctor Mo.
El Doctor Mo había derrochado casi toda la sangre de su corazón y todas sus pertenencias en él, creando para él las mejores condiciones de cultivo, y sin embargo Han Li no podía satisfacer sus exigencias.
Han Li sentía que apenas podía mirar a la cara al Doctor Mo, a sus siempre ansiosas preguntas.
Por extraño que pareciera, y sin saberse por qué, el Doctor Mo, a pesar de su formidable arte marcial, no podía discernir los pormenores del cultivo de Han Li. Tomarle el pulso solo le revelaba una mínima parte de su progreso, y por eso, durante todos estos días, no había tenido la menor idea de la dificultad que acechaba a su pupilo.
No hacía mucho, Han Li, intranquilo de corazón, le había confesado por fin con franqueza al Doctor Mo su situación.
Cuando el Doctor Mo oyó que Han Li no había progresado nada en la Fórmula en un año entero, su tez cetrina palideció un tanto, y su rostro, ya de por sí inexpresivo, se volvió aún más sombrío.
El Doctor Mo no lo reprendió. Solo le dijo que iba a bajar de la montaña durante un tiempo, a buscar algunas hierbas medicinales, y le encargó que se esforzara en el cultivo mientras tanto, que no aflojara en la práctica de la Fórmula.
Dos días después, cargando con su equipaje y sus instrumentos de recolector de hierbas, el Doctor Mo salió solo de la Secta de los Siete Misterios.
Después de que se marchara, en todo el Valle de las Manos Espirituales no quedó sino Han Li.
El otro hermano mayor y amigo íntimo, Zhang Tie, había desaparecido de golpe dos años antes, al dominar el tercer nivel del Arte de la Armadura de Elefante. Solo había dejado una carta de despedida, en la que decía que se iba a forjar un nombre en el jianghu, y esto había alborotado toda la Secta de los Siete Misterios. Luego se supo que el Doctor Mo había salido a interceder por él, lo cual había librado de líos a su recomendador y a sus parientes. Una partida tan repentina entristeció a Han Li durante varios días, y cuando la fue pensando despacio, le pareció sospechosa—pero era joven, su palabra no tenía peso, nadie lo interrogó, y el asunto quedó sin resolverse. Más tarde Han Li conjeturó que Zhang Tie, asustado de emprender el cuarto nivel del Arte de la Armadura de Elefante, se había escabullido quizá sin que nadie notara su ausencia.
Tras practicar algunos días dentro del valle, sin ver mejora alguna, y siendo de temple muchachil además, Han Li salió del Valle de las Manos Espirituales y se puso a deambular por las Montañas Caixia.
Al andar por aquellos senderos de la montaña, tan conocidos y a la vez algo extraños, Han Li sintió una leve punzada de emoción.
En todos estos años, por devoción a su cultivo, Han Li había estado tan confinado como un prisionero, sin dar un paso más allá del pequeño valle.
Los compañeros de afuera, calculaba él, hacía ya tiempo que habían olvidado que existía un hermano mayor llamado Han Li.
Por el camino se topó con algunos discípulos que patrullaban la montaña, y al ver sus vestiduras de secta pero un rostro desconocido, se le acercaron prevenidos a interrogarlo; le costó un buen número de explicaciones librarse de ellos.
Para evitar molestias innecesarias, Han Li se ciñó a las estrechas veredas de cabras, buscando los pasajes apartados y rehuyendo los rincones concurridos donde abundaban las lenguas.
Y así fue: por el camino ya no hubo más de aquellos fastidiosos interrogatorios, y se fue alejando a su antojo, cada vez más lejos.
Contemplando unos paisajes muy distintos de los del valle, escuchando los gorjeos de toda clase de avecillas, Han Li echó todos sus afanes a la espalda.
Entonces, de pronto, desde el pie de un acantilado bastante oculto, llegaron ahogados los choques de armas, junto con las voces de una multitud de hombres que maldecían y animaban.
¡Un lugar tan apartado! ¡Tanta gente reunida allí! ¡Y un estrépito tan encendido!
Despertada su curiosidad, a Han Li ya no le importó que lo interrogaran. Siguiendo el sonido de la lucha, llegó hasta las inmediaciones de aquel acantilado.
¡Qué escena tan imponente! No pudo evitar quedarse un momento pasmado, completamente desconcertado.
Bajo aquel acantilado, oculto por entero entre los árboles, se habían reunido no menos de cien personas, tantas que atestaban aquel espacio más bien reducido hasta reventar. Incluso en unos cuantos árboles grandes cercanos, había gente de pie sobre las ramas, atisbando.
Dentro del corro formado por toda aquella gente, dos bandas se enfrentaban con hostilidad manifiesta.
El grupo de la izquierda era el más numeroso, con hasta once o doce; el de la derecha, más pequeño, tenía solo seis o siete.
Han Li notó que todos ellos, fueran de los espectadores o de los que estaban en el centro, rondaban su propia edad, simples muchachos en sus pocos años.
Un vislumbre de sonrisa asomó al rostro de Han Li. ¡Qué coincidencia!
Entre toda aquella gente reconoció con facilidad unas cuantas caras viejas y conocidas.
—¡Wan Jinbao, Zhang Dalu, Ma Yun, Sun Lisong...! ¡Eh! ¡Wang Dapang está más rechoncho que nunca, y no me extraña, con lo que su familia vende de cocina—come bien y se le nota! Y este de aquí es, es Liu Tietou, ¡tss, tss—¡el escuálido de cara de carbón de antaño se ha vuelto un joven blanco y apuesto! —Han Li, que también se había encaramado a un árbol, iba pasando lista de un modo burlón de las caras conocidas de abajo.