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Chapter 41: A Note Left at Night

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 41 de 57·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-12 02:35

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Pero Han Li no disponía de tan largo plazo para esperar. En cuatro o cinco meses a lo sumo, el Doctor Mo daría la cara y saldría abiertamente contra él; y antes de que llegara ese día, debía haber adquirido alguna medida de medios para defenderse.

Y así se asentó por fin en un camino: cultivaría sólo algunas de esas artes, las más simples y a mano, tales que pudieran ponerse en uso de inmediato; y todo el resto lo dejaría a un lado hasta que —si por algún afortunado azar lograba arrancar vivo su pellejo de entre las mismas fauces del tigre— pudiera volver a ellas con calma.

De este modo la extensión de su entrenamiento se recortaba con brusquedad, y más pronto podría aprender esas varias destrezas rápidas y fáciles.

Y sin embargo, en su corazón Han Li sabía muy bien que aun logrando dominar por completo cada una de esas artes, no había seguridad alguna de que igualara a su enemigo.

Si lo que el Doctor Mo había dejado caer la vez anterior no había sido una vana fanfarronada, entonces, con el antiguo rango del hombre de señor sobre cuanto contemplaba, debía ocultarse aún en su poder no pequeño caudal de artilugios crueles y venenosos que jamás había mostrado en su pasada disputa. Lo que entonces había desplegado era, con toda probabilidad, apenas la mitad de su verdadera fuerza.

Mas, por mucho que Han Li evocara en su mente aquella presteza parecida a un fantasma, la sangre se le helaba en las venas, y era agudo en verdad el temor que sentía hacia el Doctor Mo.

Sabía muy bien que lo poco que podía aprender en tan breve tiempo era cosa mezquina, y que apenas podía amenazar al Doctor Mo en absoluto; pero permanecer ocioso con los brazos cruzados y dejarse llevar y usar a voluntad de otro —esa era una necedad que Han Li jamás, jamás cometería.

Comprendía, también, que si él y el hombre volvían a venir a las manos, la única oportunidad de victoria que podría arrebatar residía en el desprecio del otro por él. Sólo si el Doctor Mo, vuelto descuidado por su buena opinión del propio poder, dejaba caer su guardia sobre él, y fuera herido por alguna acción tomada por sorpresa, podría haber alguna esperanza, por tenue que fuera, de ganarse la vida.

En los días que siguieron, Han Li encomendó a la memoria el conjunto entero del Estilo de Espada del Parpadeo, y de entre ellos escogió para sí varias artes que prometían el uso más inmediato. Sobre éstas se puso a estudiar, dándole vueltas a su mente a cómo podría dar con un modo rápido y fructífero de cultivarlas.

Tras algunos días de devanarse los sesos, sacó de aquellos libros un método completo y coherente de práctica. Que tan tediosa tarea pudiera acabarse en tan breve espacio lo debía a su propia diligencia, y no estaba poco satisfecho de su propia eficiencia.

En la media luna que siguió fue despachando uno por uno los asuntos baladíes que restaban, se cuidó de que todo quedara en orden, y no dejó tras de sí nada que pudiera turbar su atención de ahí en adelante.

Primero, en cierto día devolvió los manuales, todos ellos intactos y sin tocar, a manos de Li Feiyu; y aprovechó la ocasión para contarle también de los espías de la Pandilla del Lobo Salvaje que había tropezado en el camino, así como de cómo había visto a través de la máscara del hombre que guardaba las grandes cocinas.

Cuando Li Feiyu lo oyó todo, quedó a la vez asombrado y complacido. Echó un brazo sobre el hombro de Han Li y gritó "¡buen hermano!" una y otra vez; que Han Li le hiciera tal regalo de una hazaña tan grande apenas le dejó recobrar el aliento, y lo conmovió sin medida.

Lo que no sabía era que Han Li se afanaba en esos mismos días por la seguridad de su propia vida, y que no tenía el menor ánimo de andar persiguiendo espías. Pasar la hazaña adelante sin gastar un ápice de su esfuerzo, y ganarse de paso un favor —¿qué mal había en eso para él?

Visto aquel asunto, Han Li recorrió la secta en persona, buscando a los maestros herreros de manos más prontas, y puso ante cada uno sus varios encargos: unas espadas cortas con vaina de distintos modelos, sobre las cuales requirió que se labraran ciertos pequeños cambios secretos; y junto a éstas, un número de piezas sin nombre cuyo propósito nadie podía adivinar, así como varias campanillas de hierro pequeñas y bien fundidas, todo ello para terminarse con la mayor prisa. Por todo ello Han Li desembolsó no poca plata, de modo que sintió un punzante dolor por su bolsa vacía.

Unos días después recibió las mercancías de los herreros; y al ver las brillantes espadas cortas y las diestras campanillas de hierro, quedó bien contento, y alabó la destreza de los artesanos una y otra vez, juzgando bien gastada su plata.

Esa misma noche, Han Li se desvaneció sin dejar rastro de su alojamiento, dejando tras de sí a la cabecera de la cama un solo papelito, en el cual estaba escrito:

"Anciano Mo, no hay razón para que os afanéis y os inquietéis. No huyo por temor, sino sólo porque morar aquí con vos en el mismo valle pesa en exceso sobre mi ánimo, y desdice de la práctica del Arte de la Juventud Eterna. Por lo cual vuestro discípulo ha resuelto buscar para sí algún quieto rincón entre las colinas, y entrar allí en retiro a cultivar. Tened por seguro: el mismo día de aquí a cuatro meses, volveré en buena hora a encontrarme con vos. Con respeto, vuestro discípulo Han Li."

Recostado en su sillón, el Doctor Mo sostenía con la mano izquierda el papelito y lo leía con cuidado, el rostro envuelto en negros nubarrones. En la mesa, a su lado, yacía otra nota más, en la cual se asentaba la lista de lo que Han Li había encargado últimamente a los herreros.

En toda la estancia no se alzaba sonido alguno sino el tenue golpeteo del índice derecho del Doctor Mo contra el tablero de la mesa.

De pronto lanzó un gruñido frío; y el papel de su mano se deshizo en un fino polvo, que se esparció por el suelo.

Furiosamente se levantó de su asiento y dio una vuelta o dos por la cámara, con el ceño fruncido en meditación. Después de andar un trecho, de acá para allá, se detuvo y se puso a murmurar para sí:

"¡Ese malvado renacuajo! No sé lo que maquinas, pero cualquier truco que quieras jugar, no puedes correr más allá del alcance de mi palma. A esta persona tuya, la tendré —pase lo que pase."

Diciendo esto, el Doctor Mo se volvió en redondo, fue a la ventana y soltó de sus labios un largo y grave silbido. Al instante entró por la ventana un pajarito sin nombre de plumas amarillas, dio un par de vueltas por la estancia y se posó en su hombro.

No bien se hubo posado el pájaro cuando se puso a frotar su pico cariñosamente contra su rostro, lanzando mientras tanto un claro gorjeo.

"Vamos, vamos, sé que tienes hambre. Toma —ésta es tu favorita, una Pella de Castaña Amarilla."

A la vista del pájaro, unos vestigios de sonrisa asomaron al sombrío rostro del Doctor Mo, y una mirada de ternura entró en sus ojos. Sacó del bolsillo una sola semilla amarilla de comida para pájaros y la metió en el pico de la criatura.

"Vete, pues. Como antes, mantén estrecha vigilancia sobre ese hombre; con que salga de estas montañas, vuelve volando a decírmelo." Se lo encargó como a un hombre con quien hablara.

El pájaro, tras haber probado su comida, aleteó por la estancia en un pequeño arrebato de gozo, con su gorjeo claro y ansioso. Cuando hubo acabado, dio una vuelta y se disparó por la ventana, desapareciendo en el cielo.

"¡Ja! Con el Pájaro de Alas de Nube vigilándolo —el pájaro que dicen que vuela más rápido que una flecha disparada de un arco fuerte—, ya veré qué trucos puedes jugar ahora." Se habló a sí mismo con voz fría y sombría.

"¿Cuatro meses, dices? Esperaré a que llegue ese día. El plan está a punto de madurar. Y ahora, que se ponga ante mi camino cualquier hombre o estorbe los trabajos de ese plan, y lo mataré. Póngaseme ante el paso, y al mismo dios talaré; al mismo buda haré añicos."

"¡Ja, ja! ¡Ja, ja!" El Doctor Mo de pronto se soltó, y estalló en una risa abandonada y desmedida, con los ojos locos de locura.

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