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Chapter 42: The Cloud-Wing Bird

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 42 de 57·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-12 02:34

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—Estás demasiado orgulloso. Ese muchacho es muy astuto, no es una lámpara para aceite frugal. No vayas a perderlo todo justo en el borde de la victoria, y a arruinarte en manos de ese muchacho.

De pronto, la voz de otro hombre joven resonó dentro de la mente del Doctor Mo.

El semblante del Doctor Mo se alteró; era como si la escarcha se le hubiera posado en el rostro. Con frialdad le reprendió:

—Yu Zitong, no te entrometas en mis asuntos. No tengo necesidad de tus lecciones. Si llego a triunfar, ten por seguro que recibirás tu parte del beneficio. Pero este arte que me entregaste parece aún guardar alguna falta... ¿No andarás deseando que me sobrevenga algún percance al final, verdad? —La sospecha de sus palabras apenas podía ocultarse.

Aquella voz parecía sentir gran temor del Doctor Mo, pues se apresuró a justificarse ante su amenaza.

—¿Cómo podría haber algún error? ¿No lo has probado ya con los animales? En cuanto a aquella que murió, no fue sino por tu poca familiaridad con el arte. Y esa que pereció... seguro que no estorbará tu plan.

—¡Hum! Mejor que sea así. Lástima que ya no pueda practicar más, pues tendría entonces un par de medidas más de seguridad. —Habiendo oído esto, el Doctor Mo volvió a recordar aquel experimento hecho la vez pasada, y el último jirón de duda de su corazón se desvaneció del todo.

Cuando hubo terminado de hablar, aquella voz —como si hubiera aprendido la lección del momento pasado— guardó silencio y no dio respuesta alguna, dejando al Doctor Mo solo en su nervioso murmullo, hasta que el aire mismo de la estancia se tornó extraño y siniestro.

Mientras tanto, Han Li yacía oculto dentro de un barranco inadvertido, un lugar mucho más remoto y secreto aún que aquel donde se había encontrado con Li Feiyu.

El terreno se extendía aquí en una franja larga y angosta, apretada entre dos picos escarpados hasta tomar el aspecto mismo de un carácter chino "uno", cerrada por ambos extremos, con todo apretura, por espesos zarzales, de modo que por allí no había paso alguno. Salvo por una cuerda que colgaba en secreto desde la cima del pico menor, ningún otro camino entraba ni salía.

Además, crecía aquí un bosque denso de espinas, que ocupaba la mayor parte del suelo y dejaba tan solo un pequeño claro donde Han Li pudiera poner el pie. Y por encima del barranco se entretejían incontables enredaderas, una enredada con otra hasta formar un dosel natural de verdor, de modo que Han Li no había de temer que algún transeúnte acertara a descubrirlo debajo.

Han Li depositó sus bienes junto a una gran mole de roca, y regresó al centro del claro. Cerró los ojos y se puso a meditar un rato. Al fin los abrió de nuevo, y en ellos había una firme resolución. Y dijo en voz baja:

—Empecemos, entonces, por la más difícil de todas: el Arte de Cartílago.

Y así, Han Li entró en su sendero de cultivo solitario.

Lo que no sabía era que, no lejos de él, un pajarito amarillo se posaba en una ramita, observándolo sin cesar, de día y de noche. Solo porque Han Li no daba la menor señal de querer huir, no volaba de vuelta a dar parte a su amo.

El tiempo pasó a toda prisa, y de aquellos cuatro meses, la mitad se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.

Y ahora, por mucho que uno mirara el barranco, se alzaba vacío de alma alguna. Han Li, que antes estuviera allí, no se veía por parte alguna; solo aquel pajarito amarillo permanecía, sin prisa ni sobresalto, posado en su sitio y acicalándose las plumas con el pico despacio, sin prestar atención alguna a la desaparición de aquel a quien vigilaba, como si hubiera arrojado su encargo a los nueve cielos.

De pronto, otro pajarito —este gris— se deslizó entre las enredaderas verdes y voló hasta el barranco. Tras dar unas cuantas vueltas, se posó sobre un toco de madera amarillo al borde del claro, con toda la intención de descansar un rato antes de alzar el vuelo otra vez.

Ante esto, el pajarito amarillo ladeó la cabeza, y miró a su recién llegado pariente con una mirada de altivo desdén, y luego puso una mueca muy semejante a la de un hombre, como si tuviera al pájaro gris en nada.

El pájaro recién llegado, erguido sobre una sola pata, echó una ojeada a todos lados, y al fin distinguió a su semejante. Desplegó un ala, como si tuviera intención de volar hasta él.

De repente, brotó una desgracia inesperada. Una mano amarillenta y marchita cayó desde lo alto, y de un solo golpe atrapó al confundido pájaro gris.

Con esta extraña vuelta, el pájaro se vio presa de un terror inmenso. Se debatió con todas sus fuerzas, mas de ningún modo pudo soltarse de la mano de aquel que la guiaba.

Solo entonces percibió el pájaro que el toco de madera bajo sus patas se había vuelto, no se sabe cómo, un joven con túnica amarilla. El joven era moreno de piel, común de facciones, con cejas espesas y ojos anchos; salvo que su mirada era algo clara, no había en él nada más que atrajera la vista.

El joven sonrió, observando cómo el pajarito se debatía y se debatía en su mano. Solo cuando estuvo casi del todo rendido aflojó la presa, y le dijo con voz suave:

—Vete, pues. Y no seas tan tonto la próxima vez: fíjate bien dónde te posas antes de bajar.

Apenas quedó libre el pájaro, sin hacer caso de su compañero, batió las alas presa del pánico y voló de un tirón fuera del barranco, sin volver la vista atrás.

Tras ver partir al pájaro, el joven se quedó donde estaba sin moverse por un buen rato, hasta que al fin se dijo despacio a sí mismo:

—Parece que mi Arte de Contención del Aliento y mi Arte del Camuflaje Falso han alcanzado ya algún punto de madurez. Ahora debo ir a practicar las Artes de Asesinato en Recinto Cerrado.

Así dicho, Han Li movió su cuerpo y se encaminó hacia la pequeña cabaña de madera recién construida cerca de allí. Al pasar junto al árbol donde posaba el pajarito amarillo, no pudo por menos que alzar la cabeza y mirarlo.

A aquel pájaro de conducta singular, Han Li lo había notado hacía ya más de una quincena. Se había mantenido siempre en una ramita cercana, observándolo sin pausa, y parecía lleno de una extraña inteligencia.

En el mismo instante en que sus ojos cayeron sobre él, Han Li quedó prendado de su ingenio, y llegó a tener amor grande por aquel pajarito amarillo.

Había intentado atraerlo; mas, ya fuese con halagos, con señuelos o tendiéndole trampas, ninguna de sus artes valía. El pájaro no se dejaba engañar en lo más mínimo, y de cuando en cuando le lanzaba una mirada de desprecio, como si fuera un necio, hasta hacerle dudar entre reír o llorar.

Por fin, irritado, se dispuso a atraparlo por la fuerza; pero antes de poder acercarse, el pájaro desplegó las alas y se lanzó de inmediato al cielo. Cuando Han Li se retiró de nuevo, volvió enseguida y se posó en su sitio de siempre, de modo que Han Li no podía hacer otra cosa que quedarse donde estaba, con la boca abierta.

Al pensarlo, Han Li se volvió con no poco despecho y no se molestó más por el pájaro. Mas en su corazón, oscura y de grado en grado, había llegado a advertir que el origen de aquel pájaro estaba, con toda probabilidad, ligado al Doctor Mo; que era muy seguramente un ojo y un oído que el hombre había enviado para vigilarlo.

A Han Li, sin embargo, no le importaba demasiado. Con tal de que el Doctor Mo no viniera él mismo a espiarlo, ¿qué de mayor momento podía contarle un simple pájaro? Y amén de eso, había llegado a tomar cariño a aquella criatura de espíritu listo, y no tenía corazón para tratarla por medios duros o ponzoñosos.

Ahora el Doctor Mo, entretanto, estaba sentado en una cámara de piedra, trazando sobre el suelo una extraña formación con los huesos molidos de bestias salvajes. Aun mientras la trazaba, debatía con aquella otra voz alojada en su cabeza, sin saber en absoluto que Han Li había visto ya a través de los ojos y los oídos con que guardaba su vigilancia.

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