En este mismo lapso de días, un gran asunto había tenido lugar dentro de la Secta de los Siete Misterios.
"El Hermano Mayor Li", el ídolo de la generación más joven de discípulos, había dado muestras de un estado de alerta muy por encima del común de los hombres. En el mismo lugar había descubierto la conspiración de dos espías que la Pandilla del Lobo Salvaje había infiltrado en la secta, los cuales andaban tras la lista de aquellos discípulos designados para bajar de la montaña en su ejercicio. Y junto con una docena o más de sus hermanos discípulos había capturado vivos a los dos hombres. Era un servicio meritorio de no poca monta.
Unos días después, el Gran Líder del Secta confirió a Li Feiyu, en presencia de una gran muchedumbre de discípulos, el cargo de Protector, con lo cual entró formalmente en los consejos medios de la Secta de los Siete Misterios. No pequeña agitación provocó esto, y la fama de Li Feiyu se engrandeció aún más.
De todo ello, Han Li no sabía nada. Hallábase encerrado dentro de su cabaña de madera sellada, entregado a su particular entrenamiento. Salvo que de cuando en cuando salía a las cocinas a buscar alguna vianda, no había tratado con hombre alguno desde hacía muchos días, y así no podía por menos que ignorar el fulgor que su amigo había conquistado.
Pasó el verano y volvió el otoño; el tiempo volaba como lanzadera. Y por fin llegó el día que se alzaba en vísperas de la cita acordada.
En el bosque de espinas al pie del barranco, una figura de extrañeza sobrenatural iba y venía entre las ramas espinosas, todas erizadas de púas afiladas, ora desapareciendo, ora apareciendo. Aquellas peligrosas púas no le oponían obstáculo alguno; mas como un hilo de humo azul se deslizaba a través de una tras otra de aquellas redes tejidas de zarzas, ora apareciendo a mano, ora surgiendo más lejos, y todo el tránsito ocurría en silencio absoluto, como si no fuera cosa de carne y sangre, sino un cuerpo sin forma.
Por fin aquella figura se detuvo sobre el tronco de un árbol, y se mantuvo derecha sobre la rama, mirando a lo lejos. No era otro que Han Li, cuya formación había dado ya algún fruto.
Sus ropas para entonces estaban rotas y harapientas más allá de todo remedio, hasta dejar al descubierto la piel y la carne. El cabello le colgaba suelto y enmarañado; el rostro tenía rayas negras aquí y blancas allá, hasta no poderse discernir ya sus verdaderos rasgos. Y lo más asombroso de todo: en el cuello, en la cintura, en los brazos, en los muslos y en los tobillos le colgaba una campanilla de hierro.
Fíjese uno tan solo en esas campanillas de hierro, y recuerde cómo Han Li había cruzado el bosque como un espectro; y no será difícil adivinar cuán sobrenatural había sido aquel movimiento del momento pasado.
Permaneció inmóvil, mirando hacia el rumbo del Valle de las Manos Espirituales, y murmuró para sí:
—La hora es justa. Por fin, en este mismo último día, he perfeccionado el Paso del Humo Errante. Con él en la mano, llevo una medida más de seguridad para mi propia defensa.
Aunque el gesto de su rostro no pudiera verse con claridad, la alegría de sus ojos se desbordaba sin recato.
Tras meses de estudio y amargo ejercicio, Han Li había dominado varias artes ocultas de no poco poder, y no estaba exento de cierta confianza en ellas. Aun cuando no pudiera esperar igualar la insondable destreza del Doctor Mo, para su propia protección albergaba una razonable esperanza.
Una brisa pasó, y Han Li sintió un escalofrío sobre la piel. Miró hacia abajo su "vestido de agujeros", y al imaginar la figura que debía presentar ahora, no pudo impedir que se le deslizara una sonrisa amarga por el corazón.
Al volver la vista sobre la práctica del Paso del Humo Errante, sentía todavía más de un resto de pavor. Entrenar la agilidad dentro de un bosque de espinas era un pasatiempo digno de costarle a uno la vida. Pues al principio, siendo su forma aún nueva e insegura, no podía sino ser herido y desgarrado de la cabeza a los pies por las duras púas de las ramas, hasta quedar empapado en sangre.
Por suerte llevaba sobre sí la "Píldora de la Esencia Nutritiva", la cual no solo sanaba los daños internos, sino que obraba maravillas también contra las heridas externas. Apenas había tragado una cuando se detenía la hemorragia y la herida se sellaba con una costra; y para el segundo día hasta la cicatriz se desvanecía sin dejar rastro alguno.
Ante esto, Han Li chasqueó la lengua una y otra vez, asombrado. Esta medicina era mucho más fuerte que los emplastos comunes para heridas. No alcanzaba a comprender por qué había de llevar un nombre tan singular como "de la Esencia Nutritiva"; a su parecer, alguna palabra como "Quita-Cicatrices" o "Tapa-Sangre" habría venido más a cuento.
De haber llegado a oídos del eminente que ideó la Píldora de la Esencia Nutritiva semejante ocurrencia de Han Li, en toda probabilidad habría escupido una boca de sangre de pura rabia; que la incomparable droga curativa tan cuidadosamente compuesta fuera puesta en las mismas balanzas que el común ungüento para heridas de oro de algún curandero de esquina, y sus méritos comparados. ¡Cómo no había de estar aquel maestro furioso hasta la médula!
Y sin embargo, era solo entrenando en tan peligroso lugar como Han Li había logrado despertar la totalidad de su poder oculto, y dentro de tan breve espacio llevar su Paso del Humo Errante a un buen grado de madurez, de modo que pudiera ponerlo en uso al instante, cuando hiciera falta.
Y más aún, su Arte de la Juventud Eterna, hacía apenas unos días, había alcanzado sin tropiezo la sexta capa —la más alta a la que llevaba la fórmula del Doctor Mo. Sin el auxilio de aquellos doce o más frascos de medicinas espirituales, habría podido esforzarse con todas las fuerzas de su vigor y aun así no lograrlo jamás en su vida.
Tras años de cultivo, Han Li había llegado a guardar no poco conocimiento del Arte de la Juventud Eterna, y lo juzgaba un arte de lo más singular, distinto del común de los estudios marciales, ya sea en la manera de su práctica o en el modo de su obrar.
En primer lugar, Han Li era de la opinión de que el éxito de este arte, y la velocidad de su avance, pendían sobre todo del hombre y de su propia calidad —de la aptitud del cultivador, y de si esa aptitud cuadraba con el arte. Los bien dotados podrían pasar por el camino con holgura y sin tropiezo; y adivinaba que, aun sin ayuda de fuera, podrían con el amargo esfuerzo alcanzar un nivel elevado.
Y él, cuya aptitud era pobre, tras haber trepado a cierta etapa, por falta de medicinas espirituales hallaría cada paso un trabajo casi superior a sus fuerzas. Han Li conjeturaba que tal hombre no podría avanzar más en toda su vida, y debía detenerse donde estaba —como le había ocurrido a él mismo, deslizándose a gusto por las tres primeras capas, solo para hallar la cuarta de pronto áspera y durísima, sin poder avanzar un dedo.
Pero si hubiera medicinas espirituales a mano, entonces de lo imposible saldría lo posible, y uno podría romper la prisión de la aptitud y trepar un escalón más. Por esto bien se ve cuán ansiosamente se apoyaba el arte en el auxilio de las medicinas.
Mas tragarse las medicinas espirituales una o dos cada día, como si no fueran sino golosinas—esa era una forma tal que, adivinaba él, apenas hombre alguno bajo el cielo la había guardado jamás. Y así, donde la razón decía que las quinta y sexta capas eran con mucho las más duras, él las había escalado sin fatiga alguna, y jamás probado la estrechez conocida en la cuarta.
Y el Arte de la Juventud Eterna, llevado a su sexta capa, aparte de colmar a Han Li de un vigor más abundante y de una cabeza más despejada, por lo pronto no le había mostrado ningún otro uso maravilloso. Y cosa extraña, desde el mismo principio este arte, en cada una de sus capas, no había hecho sino fortalecer su espíritu, su mente y sus cinco sentidos, mientras que su efecto sobre el cuerpo era escaso en verdad —simple salud de complexión y ligereza de paso. Y aquella corriente de energía que engendraba —a la que Han Li llamaba su falso qi verdadero—, aunque pudiera fluir a su antojo por sus meridianos, igual que el qi verdadero común, solo servía para aguzar su sentido del tacto, y fuera de eso no tenía virtud práctica alguna, ni aquella pavorosa potencia del qi verdadero.
Y más aún, habiendo llegado hasta aquí, Han Li juzgaba que tras la sexta capa debía aún existir una porción inconclusa de la fórmula, y que quizá todas sus virtudes ocultas eran reserva de esas capas finales.
Al pensarlo, movió la cabeza con no poco desamparo, y suspiró. Entre él y el Doctor Mo, tal como estaban ahora las cosas, soñar con las capas ulteriores era cosa que no merecía ni pensarse.
Deteniendo sus fantasías errantes, Han Li dio un salto, y descendió con suavidad al suelo sin hacer ruido alguno. Luego tomó a largos pasos el camino de la pequeña cabaña de madera.
Mañana había de encontrarse con el Doctor Mo; y antes de ello, haría el mayor uso de su ingenio nativo para trazar en su cabeza, con adelanto, los mismos pasos del encuentro —meditando con cuidado cada detalle que pudiera sobrevenir, y preparando para cada peligro aún no nacido el mejor plan con que hubiera de ser recibido.