PinSuGe

Chapter 44: The Antidote

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 44 de 57·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-12 02:34

Leer en:EnglishPortuguês

Advertisement

El sol se alzaba alto en el cielo, y aunque el otoño ya se acercaba, su calor aún resultaba molesto de soportar.

Dentro de sus aposentos, el Doctor Mo se paseaba inquieto. Confiaba de sobra en el medio con que había atado a Han Li a su voluntad; mas, llegada la hora, su ánimo fluctuaba de un lado a otro, dudosísimo del triunfo.

De pronto sonó a lo lejos un paso de pies que se acercaba poco a poco a la habitación.

Apenas oyó aquel andar conocido, el Doctor Mo fue presa de una gran alegría. Con un brinco presuroso corrió a la puerta y la abrió de par en par. Por el sendero se aproximaba una sola figura, nadie otro que aquel a quien tanto había aguardado: Han Li, en persona.

Conforme el muchacho se acercaba, el Doctor Mo reprimió la excitación que hervía en su pecho y se esforzó en esbozar en el rostro una sonrisa que le sentaba muy mal.

—Bien, bien: eres puntual. Me alegra ver que no has pensado en huir; eso demuestra que eres hombre sensato. Entra, y hablaremos con calma.

En aquel momento, el porte del Doctor Mo era tan bondadoso como el de un anciano vecino, y su cara brillaba como una flor recién abierta.

—No temas; en el interior no hay trampa alguna, ni lazo tendido. No es una guarida de dragones y tigres —dijo el Doctor Mo, al ver la mirada recelosa que Han Li lanzaba a la estancia, y así buscaba tranquilizarlo, urdiendo de paso un pequeño cebo para herir su orgullo.

—¡Hmph! Ya que he venido, ¿crees que he de temer entrar en tu casa? —Han Li soltó un ligero resoplido, como si la pulla lo hubiera tocado en lo vivo. Y, dicho esto, tomó la delantera y entró con paso firme.

El Doctor Mo, con aire risueño y amplio, se apresuró a apartar su cuerpo y a despejar el paso. Mas apenas hubo cruzado Han Li el umbral, cuando el hombre hizo ademán de cerrar la puerta tras él; por lo cual, sin siquiera volver la cabeza, Han Li habló:

—¿Osas cerrar esa puerta? Entonces entenderé que pretendes atrapar la tortuga en la jarra, y no hablaré contigo ni una palabra más.

A estas palabras el Doctor Mo se sobresaltó y quedó un rato dudando. Pero al cabo se retiró de la puerta y, con aire de indiferencia, dijo:

—De veras deseo consultarte, y no abrigo designio alguno contra ti. Ya que dices que la puerta ha de quedar abierta, abierta queda.

Dicho esto, el Doctor Mo volvió a tenderse en su sillón como era su costumbre; ni Han Li se mostró tímido en lo más mínimo, sino que arrastró un taburete hasta ponerse frente a él y se dejó caer con un gesto ufano. Unos seis meses habían pasado desde que ambos se habían visto por última vez, y así, por un espacio, cada cual tomó las medidas del otro.

Han Li no pudo dejar de notar que el Doctor Mo había envejecido de forma visible, hasta tal punto que apenas se le distinguía ya de cualquier anciano de setenta años. Una duda se le removió por dentro: «¿Será verdad todo cuanto dijo antes—que solo pide que le restaures su yuan esencial, sin tramar nada reprobable? ¿Habré sido demasiado suspicaz?»

Han Li dejó vagar la vista por la estancia, y de pronto sus pupilas se contrajeron. Aquel hombre alto y misterioso —el silencioso acompañante y guardaespaldas del Doctor Mo— se erguía quieto en un rincón, tan callado e inmóvil como cosa muerta. A no buscarlo aquel hombre de propósito deliberado, jamás se habría notado su presencia allí.

Para entonces el Doctor Mo también había terminado su examen de Han Li, y pareciendo muy satisfecho de lo hallado, habló con tono suave:

—Al verte así, se me viene a la memoria el día en que cruzaste por vez primera esta puerta: un niño de diez años, no más alto que esto. Y mira cómo estás ahora, crecido y espigado. ¡A fe que los años no perdonan a nadie!

Aquel discurso, dicho como entre parientes en torno a una mesa común, dejó a Han Li perplejo acerca de la intención del hombre; mas en lo hondo de su corazón se alzó al punto su cautela. Se previno a sí mismo: aquel sujeto era un viejo zorro, que había tragado más sal que Han Li arroz. Cuidadito, que un solo descuido no lo arrojara a la trampa.

—Anciano Mo, he guardado tu bondad siempre en el pecho y jamás me he atrevido a olvidarla. Si hay algún servicio que desearas de mí, dígnate nombrarlo sin reparo. —Así reblandeció Han Li su semblante y usó el tratamiento de respeto, como si volviera a ser el humilde discípulo de antaño.

—¡Bien! ¡Bien! Con tales palabras tuyas, no han sido vanos todos los afanes que he volcado en ti. Ven, déjame ver primero cuánto ha avanzado tu Arte de la Juventud Eterna. —El Doctor Mo parecía haberse metido por entero en el papel de maestro devoto; se alzó de su sillón, se acercó, e hizo ademán de tomar a Han Li de la muñeca sin más.

—¡Viejo zorro! ¡Y encima se las da de mayor con una cara desvergonzada! —maldijo Han Li para sus adentros, y con un rápido giro del cuerpo esquivó la mano que lo agarraba.

—Anciano Mo, paciencia. Quiero ponértelo claro delante: he llevado en verdad el Arte de la Juventud Eterna hasta su cuarto estrato. Mas, ¿no querrás antes otorgarme el antídoto de la Píldora del Gusano Cadáver? Una vez aliviado mi temor persistente, te dejaré examinar mi cultivo a tu antojo. —Así habló Han Li, con una sonrisa y el tono de la mayor sinceridad.

—¡Oh! A fe que mira la cabeza que llevo sobre estos hombros: viejo como estoy, la memoria me falla. Ya tenía pensado darte el antídoto en el mismo instante en que cruzaras el umbral. —El Doctor Mo pareció volver en sí de súbito, como si aquel recuerdo acabara apenas de asaltarlo.

De la manga sacó una botellita de plata, vació de ella una píldora negruzca y desastrada, y se la arrojó a Han Li.

Han Li fingió manotear y atraparla tan solo a duras penas. La acercó a la nariz y aspiró un hálito; un olor acre y punzante lo asaltó de golpe. Alzó la vista hacia el Doctor Mo, que lo miraba con media sonrisa.

Por un espacio Han Li vaciló, dudando a medias de si aquello era el remedio verdadero.

Mas no podía dejar de tomarla, pues se acercaba el día en que la Píldora del Gusano Cadáver debía abrirse dentro de él; de dejarla pasar, sería hombre muerto en toda verdad. Juzgó que el otro aún tenía necesidad de él, y que así la píldora era probable que no fuese falsa. Con rostro grave y resuelto la tragó, y quedóse luego quieto, aguardando a que el fármaco hiciera su efecto.

El Doctor Mo, por su parte, no tenía prisa alguna. Con reposo volvió a tenderse en su sillón y se puso a charlar con Han Li sobre esto y aquello, como si hubiese olvidado del todo el verdadero fin para el que había hecho venir al muchacho.

Antes de mucho, un solo retortijón le cruzó el vientre a Han Li, mas pasó en el mismo instante. Apresuróse a examinarse, y halló que la Píldora del Gusano Cadáver se había disuelto hasta no quedar de ella ni una mínima brizna. Una gran alegría le llenó el pecho, y algo de ella se le traslucía en el rostro.

Nada de esto, empero, pudo escapar a la vista del Doctor Mo, que lo había contemplado sin cesar. Cuando Han Li hubo terminado de probar el efecto del fármaco, el hombre le sonrió y dijo:

—Han Li, si te di la Píldora del Gusano Cadáver, fue cosa hecha por pura necesidad. De no haber estado ella ahí para empujarte por detrás, dudo que hubieras alcanzado tan presto el cuarto estrato.

—Muchas gracias por tu bondad, anciano Mo; mas te rogaría que de aquí en adelante me ahorres semejante dádiva. —Con uno de los grandes pesos de su pecho por fin aliviado, Han Li estaba con mucho mejor ánimo, y, medio dispuesto a creer en la sinceridad del hombre, ya no respondía a su hipocresía con palabras agudas a la cara.

—¿Y ahora me darás permiso para tomarte el pulso?

Así pronunció al cabo el Doctor Mo aquellas mismas palabras que Han Li tanto había temido oír; pues ¿quién podía afirmar que, aprovechando aquella coyuntura, el hombre no hubiera de usar el momento para atraparlo y domeñarlo?

¿Qué te pareció este capítulo?

Advertisement