Bajó Han Li la cabeza y sopesó la cuestión por un espacio. Parecía bien claro que, a menos que sufriese que el otro examinase su cultivo, el negocio no podría ventilarse de ningún modo. El hombre le había otorgado el antídoto de la Píldora del Gusano Cadáver sin titubear un instante, y en ello había dado muestras de cierta buena fe. Si Han Li, por su parte, se empeñaba en evadirse y en dilatar la cosa, no haría sino mover al hombre a mayor sospecha, hasta el punto de imaginarse que en verdad jamás había alcanzado el cuarto estrato, y que había procurado engañarlo con palabras falsas. De tal suerte el asunto se despeñaría en mala dirección, y a cada paso podrían alzarse olas imprevistas.
Y es que Han Li había previsto de antiguo este mismo paso, y tomado de antemano sus precauciones; aun cuando el hombre se le volviera en el mismo instante de retirar la mano del pulso, Han Li tendría no obstante en su haber un buen medio para escabullirse.
Por lo cual alzó la cabeza, miró de hito en hito al Doctor Mo, y habló con lentitud:
—Anciano Mo, en pago de la presteza con que me diste el antídoto, esta será la última vez que confíe en ti. Te ruego que no me fallen tus promesas.
Y, dicho esto, tendió su muñeca derecha, atento a la vez a todas y cada una de las reacciones del otro, presto a retirarla en el vuelo de un respiro si algo le pareciera torcido.
Mas, ¡ay!, el Doctor Mo mantuvo el rostro fijo en una sonrisa fingida, y apenas se traslucía en él cambio alguno que lo delatara. Solo al oír las palabras de asentimiento se le alzaron las cejas un tantico, pero al punto volvieron a su lugar primero, como si hubiera estado largo tiempo cierto de la respuesta que Han Li había de dar.
Sin añadir palabra, sacó su reseca mano izquierda, la posó con suavidad sobre la muñeca de Han Li, y dejó que su sonrisa se desvaneciera de a poco, volviéndosele grave y solemne el semblante, como si estuviera por emprender una tarea sacratísima.
Han Li, por su parte, mantuvo en todo momento su poder del cuarto estrato alzado a plena fuerza; y al ver tal expresión en el Doctor Mo, una duda se le deslizó por dentro, y su cautela saltó al punto a su grado más alto. Su mano izquierda se deslizó calladamente hasta la cintura, donde yacía una espada corta en su vaina, trabajada a su medida.
Lentamente, un gesto de alegre sorpresa se fue extendiendo por el rostro del Doctor Mo; pues había notado, dentro de los meridianos de Han Li, una energía portentosa e incesante, cuyo flujo y reflujo era de una fuerza que rebasaba con mucho el mínimo que él había abrigado en su mente.
Aun un hombre tan profundo en consejo y tan pesado en astucia como él, al ver que el gran plan tanto tiempo urdido se mostraba al fin a punto de cuajar, no pudo contener que su semblante floreciera de nuevo; solo que poco ha la sonrisa había sido exprimida a la fuerza, mientras que ahora era una alegría que manaba del corazón mismo.
—¡Maravilloso! A fe que es el cuarto estrato del Arte de la Juventud Eterna. ¡Ja, ja! ¡Cuán maravilloso, de veras! ¡Ja, ja, ja! —Y el Doctor Mo prorrumpió ante Han Li en una carcajada desbordada y desembozada, de modo que el sonido de ella hizo zumbar toda la sala; mas jamás aflojó su presa en la muñeca de Han Li, sino que la mantuvo asida sin cesar.
—Anciano Mo, ¿qué es lo que haces? ¿No es hora ya de que me sueltes? —Se le ensombreció el semblante a Han Li, pues supo al punto que el asunto andaba mal; y procuró con todas sus fuerzas arrancar su muñeca derecha, mas el otro la tenía firme y segura, que apenas se movía un ápice.
—¿Soltarte? Pues suéltote, ¡vaya! —Y a estas palabras se apagó la risa del Doctor Mo, y en su lugar se le trocó el rostro en una mueca de ferocidad.
De improviso lanzó un gran grito: —¡Eh!
Han Li sintió que sus oídos estallaban con un estruendo, sus ojos se anegaron en tinieblas, el cielo y la tierra daban vueltas a su alrededor, su cuerpo perdió todo equilibrio y, no pudiendo ya sostenerse en pie, se desplomó en el acto y se hundió en el suelo; la mano izquierda que reposaba sobre el puño de su espada se deslizó hacia fuera, desprovista de toda fuerza.
—¡Ay de mí! —Aunque su cuerpo ya no obedecía a su voluntad, la mente de Han Li permaneció lúcida, y supo que lo habían sorprendido descuidado—, que el hombre se le había adelantado y le había asestado un golpe salvaje, y que por el momento no podía hacer otra cosa que aguardar indefenso su sino.
—Ya lo ves, muchacho, todavía estás muy verde. Por más que lo intentes, ¿qué treta puedes urdir ahora? —El Doctor Mo, viéndolo caer todo tal como había esperado, y que el golpe había dado en el blanco, no pudo reprimir una nota de triunfo.
—¡Acércate, pues! —Con su mano izquierda dio un fuerte tirón hacia su pecho, arrastrando a Han Li por el suelo hasta dejarlo a sus mismos pies; luego se inclinó, sacó el índice de su mano derecha, y lo apuntó de lleno al punto entumecedor del pecho de Han Li.
¡Zas!—pues el dedo del Doctor Mo chocó como contra una plancha de hierro, y el golpe rebotó con un choque sordo, de suerte que la parte delantera del dedo le dolió con un dolor soterrado; y el señalamiento de la punta, por supuesto, quedó en nada.
—¡¿Qué es esto?! —El Doctor Mo quedó desconcertado ante aquel giro imprevisto, y un susto saltó en su corazón.
—¿Será posible que bajo su vestimenta lleve también una armadura de hierro? —se preguntó, no poco asombrado.
Su mirada, sin quererlo, recorrió el paño de la túnica de Han Li; pero la delgadez de aquella en nada se parecía a un arnés oculto, y esto lo dejó harto perplejo.
Mas en aquel mismo instante de distracción del Doctor Mo, Han Li recobró el señorío de su propio cuerpo; pues su poder de recuperación rebasaba con mucho lo que el Doctor Mo había calculado de él.
El sexto estrato del Arte de la Juventud Eterna, al fin y al cabo, no se había practicado en vano; su poder para sacudirse todo asalto infame superaba con creces cuanto hombre común hubiera podido soñar, y esto ni siquiera el propio Han Li lo había previsto.
El Doctor Mo, por su parte, arrojó de su mente con decisión el enigma que lo acosaba, y habría echado mano de un ardid nuevo para domeñar a Han Li; mas de pronto sintió que aquella muñeca que tenía tan firmemente asida se volvía resbaladiza y flexible más allá de toda medida, de modo que ya no podía sujetarla en absoluto.
En su asombro apretó un poco más la presa; mas, ¡fuu!, la mano del otro, como una anguila, se le escurrió limpia de entre los dedos. Con esto el Doctor Mo quedó mirando boquiabierto, de muy buena fe.
Han Li, sin hacer caso del asombro del otro y sin aviso, se lanzó en un rodar como un burro, rodando con maña lejos de él hasta un rincón de la sala, y solo cuando hubo puesto un buen trecho entre el Doctor Mo y sí mismo se atrevió a alzarse lentamente en pie.
Su rostro quedó ahora vacío de toda expresión, y sus ojos, fríos como el hielo, clavados en el Doctor Mo.
No malgastó palabra alguna con el hombre; fuese cual fuese la causa por la que el otro quería aprehenderlo, que no le deseaba ningún bien era cosa fuera de toda duda. Todos aquellos cuentos que el sujeto le había contado antes —cómo tenía necesidad del Arte de la Juventud Eterna de Han Li para despertar su punto recóndito— eran una mentira monstruosa, indigna del menor crédito.
Por su propio bien, y por la seguridad de los suyos en casa, Han Li desenvainó lentamente la espada corta de su cintura con la mano izquierda. No medía más de un pie, y su hoja verdosa despedía un frío destello, de modo que un hombre podía conocer a simple vista cuán filosa era: una buena espada y fina.
—Hoy uno de los dos ha de morir, y solo el otro podrá salir vivo de esta sala. —Tales fueron sus palabras, frías como la muerte; y por vez primera, ante el Doctor Mo, Han Li mostró sus colmillos.