No se consintió al Doctor Mo regocijarse muchos días; el poder del juramento de sangre de almas se mostró bien pronto, y comenzó a envejecer con una espantosa velocidad cercana a un año por cada día que pasaba, envejeciendo casi ante los propios ojos.
Se apoderó de él un terrible espanto, y devanose los sesos buscando un modo de dominar la cosa extraña que acechaba su cuerpo; mas cuanto intentaba, poco le aprovechaba.
Si se consentía que las cosas siguieran así, habría forzosamente, antes de mucho, exhalar su postrer aliento, pudriéndose hasta la muerte como cualquier anciano. Mas, por su buena fortuna, el espíritu primordial de Yu Zitong se hallaba peor aún.
Venía a ser esto: una vez que Yu Zitong hubo entrado en el cuerpo del Doctor Mo, según el tiempo pasaba, le creció una cosa extraña — la mismísima asimilación de su espíritu por su huésped.
Esta "asimilación" era una forma pasiva de posesión de almas. Cuando un espíritu vagante mora demasiado tiempo en el cuerpo de otro hombre, es doblado y moldeado por grados, del todo desapercibido, por el alma que reside en aquel cuerpo, trabajando ambas la una sobre la otra, hasta que al fin solo una mente puede quedar viva dentro de él — un asunto sumamente funesto y salvaje.
Viendo cómo estaban las cosas, a Yu Zitong no le quedó otro recurso sino volver sus pensamientos a una audaz y deliberada posesión de almas de su propia cuenta.
Y si tan reacio era a hacerla, no era por ninguna ternura de corazón, sino porque temía las Tres Leyes de Hierro de la posesión de almas, de las que hablan todos los cuentos del mundo inmortal:
Primero, un cultivador no puede apoderarse del cuerpo de un mortal; si no, el cuerpo así tomado, incapaz de resistir el acto, se desmoronaría y se derrumbaría por sí solo.
Segundo, solo cuando uno de mayor poder se apodera de uno de menor poder puede el acto esperar triunfar sin sufrir la reacción del otro; y cuanto mayor es el abismo entre sus poderes, más seguro es el hecho.
Tercero, un cultivador, en toda su vida, sea su poder alto o bajo, solo puede obrar la posesión de almas una vez; en un segundo intento, su espíritu primordial perecerá sin motivo ni razón.
Estas tres leyes de hierro, no quebrantadas por incontables intentos, habían frenado a más de un villano que hubiera usado el arte para levantar una tormenta, y a más de un taimado que hubiera usado para esquivar el destino que lo perseguía. El cielo, en su advertencia contra tan impía hazaña, no consentiría que un cultivador lanzara todo el mundo al desorden y a la ruina más allá de toda enmienda por medio de este arte.
Y así era que, si el Doctor Mo hubiera sido cultivador, Yu Zitong no habría tenido miedo alguno; habría podido luchar contra el otro con dientes y uñas, y disputarle la posesión del mismísimo cuerpo. Mas el Doctor Mo no era sino un mortal, sin el menor poder a su nombre; no podía de ningún modo soportar un acto de posesión de almas, y era de temer que, aun corriera el acto solo la mitad de su curso, el cuerpo disputado se derrumbara en total ruina.
Ni le habría mejorado el caso buscar el cuerpo de algún otro hombre para morar en él; eso no podría evitar el destino de la asimilación otra vez, y no haría sino traerlo a sus viejas angustias una vez más, y peor además. Pues su poder menguaría agudamente con cada salida y cada entrada de su espíritu, y bien pronto sería gastado enteramente; quedaría atrapado vivo dentro del cuerpo de algún otro hombre, y a la postre sería asimilado.
Pues cuando un hombre se vuelve espíritu primordial, no tiene cuerpo donde pudiera sentarse en meditación y reponerse; el poder que lleva se gasta con cada uso, y se desvanece por grados con el pasar del tiempo. No podía decir cuánto podría aun sostenerse.
Y así, Yu Zitong, a menos de hallar un cultivador de escaso poder cuyo cuerpo aun pudiera resistir un acto de posesión de almas, de ningún modo volvería a dejar fuera su propio espíritu, para arriesgar apuesta tan temeraria.
Apretado de un lado por el espanto de que el cuerpo del Doctor Mo, desmoronándose bajo la maldición de sangre, dejara a su espíritu sin dónde morar, y del otro por el peligro de ser asimilado por el alma de su huésped — bajo estas dos enormes presiones, Yu Zitong, que se aferraba a la vida por cima de todas las cosas, tras mucho pesar el asunto dejó a un lado por un tiempo su vieja enemistad y, muy contra su voluntad, se puso en contacto con el Doctor Mo, y le expuso toda la verdad del asunto y todas las ventajas y peligros que encerraba.
El Doctor Mo, al oírlo todo, se enojó al principio algo; pero fue pronto en asir la gran fortuna que el azar ofrecía y, sin más dilación, selló un pacto con Yu Zitong bajo términos fijados, revelando la mismísima naturaleza de aquel pícaro consumado que era.
Primero, el Doctor Mo había de gobernar su propia mente según el método que Yu Zitong le enseñara, y hacer cuanto pudiera por evitar asimilar el espíritu del otro. De su parte, Yu Zitong impartiría al médico ciertas artes secretas con las que pudiera retardar el paso de su envejecimiento, y sostener, por un tiempo, alguna medida de poder.
Segundo, el Doctor Mo había de buscar a un muchacho dotado de una raíz espiritual, que pudiera cultivar el Arte de la Juventud Eterna; y, habiéndole enseñado el arte, debía esperar la hora madura y, entonces, fiado en el poder que hubiera logrado momentáneamente, obrar su posesión de almas y renacer.
Sobre este punto el Doctor Mo había abrigado una vez una duda, y había buscado cultivar el arte por sí mismo; mas no había llegado a nada, y Yu Zitong se había reído de él por sus penas. Solo entonces aprendió que uno que no tiene raíz espiritual jamás puede refinar verdadero poder de sí mismo — y que él era uno de esos hombres apagados que los cultivadores llaman "sin raíz."
Tercero y último, una vez el Doctor Mo, lograda su posesión de almas, se hubiera granjeado un desahogo suficiente, debía entonces buscar para Yu Zitong un cuerpo apropiado, y ayudarle a lograr su propia acción.
Estos términos, a primera vista, se inclinaban más a la ventaja del Doctor Mo; mas no había remedio, pues el peligro de la asimilación pendía en aquel mismo momento sobre la cabeza de Yu Zitong. En tan pobre caso, no podía sino ceder y sufrir alguna pérdida — aunque si en verdad era el que perdía, solo él podría decirlo.
Por todo esto, Yu Zitong había propuesto una vez que el Doctor Mo fuera a la fortaleza oculta de su clan en busca de ayuda; mas el Doctor Mo, demasiado taimado para poner un mango en las manos del otro, rehusó la cosa sin el menor asomo de discusión — una negativa por la que Yu Zitong rechinó los dientes de odio todos los días de ahí en adelante.
Cuanto a lo que siguió, poco quedaba por contar. Los esfuerzos por hallar un sujeto apropiado habían cansado al Doctor Mo aquellos primeros años; desanimado, había entrado en la Secta de los Siete Misterios; y allí, por azar, había tomado a Han Li por discípulo y le había enseñado el Arte de la Juventud Eterna — todo lo cual poco difería del propio relato del médico, siendo, además, cosa que el propio Han Li había vivido.
Han Li, cuando hubo oído todo esto, soltó un largo aliento, y la mayor parte de los enredos de su mente quedó al fin desatada.
Mas, viendo a Yu Zitong callarse y hacer ademán de no decir más, Han Li se ensombreció y preguntó, con voz fría:
—¡Hay una cosa que aún no me has contado — cómo sucedió que el Doctor Mo encontró su muerte!
—No hay nada que explicar. El Doctor Mo no hizo sino juzgar grosseramente mal el progreso de tu Arte de la Juventud Eterna. Su poder le vino muy por debajo del tuyo, de modo que su acción falló, y, vuelta la espalda, fuiste tú quien lo tragó. —La voz de Yu Zitong vaciló antes de dar a luz la llana verdad.
—Entonces el orbe amarillo que primero entró en mi cuerpo era el espíritu primordial del Doctor Mo, y el verde que le siguió eras tú mismo —dijo Han Li, con un aire de gran indiferencia.
—Esto... esto —en aquel momento yo había pensado que tú y el Doctor Mo os habíais destruido mutuamente. No queriendo desperdiciar el cuerpo, pensé en hacer uso de él. —Algo corrido, habló.
—¡Hum! No creo que fuera una noción equivocada. Creo que fue una trampa que tendiste con deliberación.
—Yu Zitong, cuando enseñaste por vez primera al Doctor Mo el Gran Arte de la Posesión de Almas, no abrigabas buena intención desde el principio. Te cuidaste de no mencionar jamás que el éxito o el fracaso pendían de la altura del poder de uno.
—Por tu designio original, el Doctor Mo, obrando el arte devorador de almas sobre sí mismo y mi cuarta capa del Arte de la Juventud Eterna, habrían hallado sus poderes, todos ellos, casi igualmente igualados; y una vez entablada la acción, ambos se habrían matado y se habrían perdido los dos. Entonces tú, el tercero en discordia, habrías tenido todo el provecho, deslizándote en mi cuerpo a tu antojo y ganando el día. ¿No acierto en esto, mi gran adepto Yu Zitong? —Y Han Li, en un solo aliento, expuso con calma su juicio.
Yu Zitong, al oír esto, calló por largo rato; al fin suspiró y, algo desanimado, no hizo negativa alguna.
—Antes, cuando cantaba tus alabanzas, hablaba al azar; mas ahora te alabo en toda seriedad. Eres de verdad inteligente — has ido más allá del maestro y mejorado el arte, burlando al zorro que era Mo Juren.
—Has acertado; todo esto, en verdad, fue de mi invención. Mas nunca había pensado que tu aptitud para la cultivación fuera tan fina que, en este breve tiempo, ascendieras a la sexta capa del Arte de la Juventud Eterna, a solo una capa por debajo de la mía — que tragaras el espíritu del Doctor Mo sin la menor molestia, y que aun mi propio espíritu, tan magullado como estaba, no fuera rival para el tuyo, y saliera peor aún del encuentro.
Pero su tono cambió, y de pronto se volvió orgulloso:
—¡Mo Juren no era sino un mortal del vulgo, y querría sentarse como igual a nuestros cultivadores, y llamarnos hermanos! ¿Era digno de ello?
—Peor aún, llevó mi verdadero cuerpo a la ruina por bajos medios, y aún querría poner el pie sobre el camino inmortal — ¡una fantasía soñada a plena luz, por no decir otra cosa! —Y Yu Zitong rechinó los dientes de nuevo, criando a las claras un odio de antiguo contra el Doctor Mo, que ahora arrojaba fuera sin el menor freno.
—Pero tú eres diferente. Naciste con una raíz espiritual, y estás dotado más allá del común; en el mundo mortal es una gran lástima. Si quisieras sino hallarme un cuerpo apropiado y ayudarme a lograr mi acción, sería tu guía, y te llevaría ante los ancianos de mi clan para que te tomaran por discípulo. ¿Qué dices a eso?