"—¡Ejem! —dijo—. Como las cosas resultan, también yo soy una víctima de todo esto."
No bien Yu Zitong hubo hablado, cuando procuró ganarse la compasión de Han Li, y apartar de sí, cuanto pudiera, toda relación con el Doctor Mo; mas al ver a Han Li enteramente inmóvil, no tuvo otra salida sino proseguir.
"—Yo era en mi origen un cultivador..."
Y así, con llaneza y a la larga, Yu Zitong refirió su propia historia y todo el curso del asunto. En el relato, por supuesto, se pintó a sí mismo como un infeliz que, solo después de ser coaccionado por el Doctor Mo, se había visto arrastrado a la conspiración, echando toda la culpa sobre el muerto Doctor Mo, hasta lo último.
Han Li era harto cauto para creer cada palabra que el hombre dejara caer; y, sin embargo, sopesando el cuento contra lo que el propio Doctor Mo le confiara en otro tiempo, podía aun cribar de todo ello siete u ocho partes de verdad.
Despojado el discurso del otro de cuanto de falso pudiera esconder, Han Li llegó a una buena inteligencia de cómo había venido todo a suceder.
Aquella parte de la vieja historia del Doctor Mo que contaba cómo había sido asaltado a traición, y cómo había salido a buscar algún medio de restaurar su poder perdido, debía de ser verdad; no había habido necesidad de engañarle en eso.
Mas la habladuría de un libro maravilloso hallado en algún escondido lugar, y de un método recuperado de él para restaurar sus fuerzas, era una ficción inventada de todo punto. En verdad, era enteramente por cuenta de Yu Zitong que el Doctor Mo hubiera recobrado su poder; y sin embargo, también por cuenta de Yu Zitong la maldición se había apoderado de él.
Venía a ser esto. Yu Zitong había nacido en una de esas familias que los hombres llaman clanes de cultivadores, y había cultivado el Arte de la Juventud Eterna hasta la séptima capa, logrando con ello no pequeña maestría; pero más allá de aquel punto su índole innata lo había atado. El Arte de la Juventud Eterna no avanzaría más, y jamás podría alcanzar el pleno establecimiento de la Fundación.
Ahora bien, un cultivador que no ha establecido su fundación no puede contarse como verdadero adepto, ni puede entrar abiertamente en el mundo inmortal; y así, en su desamparo, Yu Zitong había dejado su escondite y descendido al reino mortal para probar allí su temple, para ver si aun podía quebrar el estancamiento que asediaba su corazón.
Había también, si la fortuna le sonreía, la esperanza de toparse con algunas hierbas preciosas y llevarlas a su casa para refinarlas en píldoras de espíritu; aunque sabía que tal esperanza era muy tenue. Con todo, en todas las cosas venía a ser cuestión de suerte; y quién podría decir que el cielo no lo coronara aun con un gran golpe de fortuna.
Con tan seductores designios, Yu Zitong, entonces un joven apenas pasado de los veinte años, entró en lo que los adeptos llaman el mundo mortal.
Los placeres llameantes y deslumbrantes de aquel mundo exterior le cansaron los ojos en poco tiempo. Su corazón jamás había estado firmemente anclado; en un puñado de años se había ido del todo a la ruina, vuelto un parásito a la mesa de algún gran señor, y comenzado a nadar en lujo y esplendor; y su corazón por la cultivación se enfrió por grados.
Dichos discípulos, como Yu Zitong, que abandonaban a medias, verían después de un siglo sus nombres borrados del registro familiar, y toda su rama sería tenida por mortales, proscrita de todo comercio con la casa principal — salvo que, por ventura, uno de sus descendientes mostrara de nuevo aptitud y talento para la cultivación, en cuyo caso podrían una vez más ser reconocidos como de la sangre.
De no haber ido más allá las cosas, el camino de Yu Zitong hacia el Gran Camino podría en verdad haberse cerrado, y negadas las artes inmortales; mas una vida larga y afortunada hasta los cien años no estaba fuera de su alcance. Entre los cultivadores que aún no habían establecido su fundación, semejante estado era común, y no gran desgracia.
Mas, fuese obra del ojo del cielo o simplemente su hora de revés, un día pocos años más tarde, mientras se holgaba por las calles y, como era su costumbre, se volvía hacia una botica, topó con una rarísima Hierba de Sangre Espiritual. Esta hierba de espíritu guardaba tan fuerte parecido con la común flor roja del aceite, que el boticario, que no tenía el ingenio de conocerla, la había puesto entre sus mercancías ordinarias.
A la vista de la hierba, Yu Zitong se alegró sobremanera; con ella en la mano, su esperanza de quebrar el estancamiento se hizo fuerte, y el corazón por la cultivación se le removió de nuevo. Habría pagado en el mismo lugar y se la habría llevado.
Mas entonces surgió un nuevo obstáculo. Otro cultivador entró en la tienda, atisbó también la hierba, y de ningún modo la dejaría ir; y los dos se pusieron a disputarla en el mismo suelo.
El boticario, viendo su oportunidad, los enfrentó el uno contra el otro y declaró que la hierba pertenecería a quien más plata ofreciera. El talego de Yu Zitong resultó el más hondo por un poco, y así la hierba de espíritu pasó a su custodia.
Sin embargo, no era necio, y sabía que el otro no dejaría descansar el asunto. Esa misma noche huyó de su alojamiento y se dio toda la prisa que pudo hacia las tierras de su familia; pero no había recorrido la mitad del camino cuando el hombre lo alcanzó, y hubo una gran batalla.
El poder del otro le llevaba ventaja de más de media braza; Yu Zitong fue vencido hasta escupir sangre. Mas no podía sufrir dejar la hierba que ya era suya. Rechinando los dientes, invocó un talismán que preservaba la vida y que había sacado del clan, y por un arte secreto de mutua destrucción amedrentó tanto al otro hasta hacerle huir, y así escapó al fin.
Pero entonces estaba gravemente herido; y fue en este trance que se topó con el Doctor Mo, que también andaba fuera buscando un remedio.
Era la condena echada sobre Yu Zitong. Había caminado por el mundo durante años, mas de tratar con tales pícaros del jianghu como el Doctor Mo no tenía ni la menor experiencia. Advirtiendo la menguante salud del médico, tuvo la necedad de hablar de ella sin recato y, del todo sin querer, dejó escapar que llevaba una cura valiosa sobre su persona.
Con eso, había llamado una calamidad mortal sobre su propia cabeza. Pues el Doctor Mo en aquella misma hora ardía de impaciencia, buscando un remedio por arriba y por abajo y sin hallarlo; y cuando oyó que aquel hombre tenía una medicina que podía salvarle, ¿no era cierto que emplearía todas las artes y todas las súplicas sobre el cuerpo del hombre?
Mas la medicina de la que hablaba Yu Zitong, aunque no tan rara maravilla como la Hierba de Sangre Espiritual, estaba aun compuesta de más de una docena de hierbas preciosas, destiladas por los métodos de los cultivadores al costo de mucha de su esencia vital; y de ella no le quedaba sino un poco. Herido como estaba, la apreciaba tanto más, y ¿cómo habría de desprenderse de ella como regalo a algún mortal que tenía por nada más que una hormiga?
El Doctor Mo, viendo que aun su arrastrarse no podía arrancar la medicina, se sintió herido en el orgullo por la vergüenza y la cólera, y se le despertó el corazón asesino. Siguió en secreto a Yu Zitong hasta un lugar solitario y, dándosele por la espalda, le administró un veneno de su propia y secreta confección.
En el curso natural de las cosas, un veneno ordinario no habría sido de provecho contra Yu Zitong. Mas esta droga secreta del Doctor Mo — cuya propia potencia ni el mismo médico entendía del todo — se obró sobre él de una vez, y el Doctor Mo logró su triunfo.
Yu Zitong, ya gravemente herido, quedó ahora sumido cerca de la muerte por el veneno que le atacaba el corazón; y entonces se mostró el Doctor Mo, y se puso a saquear su cuerpo con gran arrogancia.
Viendo todo esto, Yu Zitong no hubo menester de más explicaciones de cómo estaban las cosas. Ardiendo de furia, sin pensarlo, invocó la "Maldición del Aliento del Arco de Sangre," volvió toda la esencia vital de su cuerpo en un solo aliento de maldición, y lo escupió enteramente sobre la cabeza del Doctor Mo; luego su espíritu primordial abandonó su carne y se deslizó, todo desapercibido, fuera de su cuerpo.
Solo después de que su espíritu hubiera dejado su cuerpo, Yu Zitong cayó en la cuenta de cuán mal había considerado el asunto: no había preparado un receptáculo para recibirlo. Sin otro refugio, no pudo sino horadar su camino hacia dentro del cuerpo del Doctor Mo, y así por un tiempo contener el peligro de que su espíritu pereciera.
El Doctor Mo, sobresaltado al principio por verse empapado en aquella lluvia de sangre, no tardó en hallar que nada desagradable le acaecía, y no pensó más en ello.
Fiado en su conocimiento de las drogas, sacó del cadáver aquellas pocas píldoras y, al punto, las tragó con gran regocijo; y, fiel a la promesa de la medicina, su poder quedó entero de nuevo.
Fuera de sí de alegría, el Doctor Mo recogió cuanto había despojado del hombre, junto con una copia de la fórmula del Arte de la Juventud Eterna que él mismo no podía descifrar, y resolvió volver derechamente a Lanzhou, para tomar venganza y una vez más hacer su nombre.