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Chapter 61: Muere el Espíritu

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 61 de 75·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-13 00:51

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El espíritu primordial de Yu Zitong, atrapado en un rincón angosto, se lanzaba de aquí para allá como una mosca con las alas rotas. Cada vez que buscaba volar fuera de aquel lugar, un lavado de fluido negro lo rechazaba a medio vuelo, y luego un fulgor mortal de acero venía presuroso sobre sus talones, cayendo una y otra vez sobre el orbe de luz y desgastando su resplandor verde a cada golpe.

Le tomaron la duda, y la desesperación. La incansable persecución de la espada, aunque le hubiera lixiviado mucha de la fuerza de su espíritu, no la tenía en mucho. Lo que lo dejaba sin medios ni remedio era el constante roer de aquel licor negro.

Desde que el fluido hubo sido rociado sobre él, podía sentir su espíritu volviéndose entumecido y concome, débil y desosado, desgastadas poco a poco sus últimas reservas de poder; y lo que era más fatal aún, le atascaba el obrar de sus artes, de modo que de poco acá todo arte que buscaba lanzar le fallaba, como si lo hubieran atado de pies y manos.

"¿Por qué me matas? ¿Por qué?..."

Contra la mano fría y despiadada de Han Li, venían de dentro del orbe de luz, de cuando en cuando, los roncos gritos de Yu Zitong, plenos de una ilimitada resistencia; mas Han Li no respondía nada, respondiendo tan solo con su hoja, que se mecía cada vez más presta en su puño.

Antes de mucho, la voz de Yu Zitong se hundió cada vez más baja, y se hizo cada vez más débil, hasta que al fin no quedó sino un leve hálito de un gemido; y entonces ya ni eso.

Han Li no contuvo inmediatamente la mano, sino que asestó una docena más de cortes sobre el espíritu, que había caído al suelo y ahora no era más brillante que una llama de vela. Solo cuando vio que el último débil jirón de luz verde no podía apagarse, envainó al fin su espada flexible, y volvió a ceñirla alrededor de su cinturón.

Fue entonces cuando Han Li habló, con frialdad:

"—Nunca me alío con quien jura sus votos sobre las vidas de sus propios padres. Cuánto menos seguiría los pasos del Doctor Mo, y pondría mi confianza en la prenda de un pícaro mezquino como tú."

Tras lanzar una fría mirada a la última brasa del espíritu de Yu Zitong, Han Li se dio la vuelta sin la menor vacilación, llegó a la puerta de piedra, y la empujó de par en par con un solo empujón de su hombro.

Al abrirse la puerta, la deslumbrante luz del sol se derramó desde fuera y cayó sobre el remanente de aquel espíritu; y, con un suave "puf," el débil resplandor verde se extinguió y murió, disolviéndose en unas cuantas volutas de pálido humo y desvaneciéndose en el aire.

De esta manera, la última traza que Yu Zitong había dejado en el mundo fue borrada por la mano de Han Li, limpia y entera, de modo que ningún hombre pudiera ya jamás hallar su rastro.

Que los espíritus primordiales temieran la luz, Han Li lo sabía muy bien, pues era costumbre misma del Doctor Mo, en el instante en que entraba en una cámara, el apagar no sé cuántas luces, lo que primero había puesto la idea en su cabeza; de haber sido otra cosa, este mismísimo cabo suelto, que ni espada ni fuego podían destruir, le habría dado no sé cuántos desvelos de preocupación.

Aun así, que Han Li pudiera rematar el espíritu del otro con tal facilidad, se debía en no poca parte al otro tubo de Agua de Siete Venenos que había preparado de antemano.

Este veneno, que había sido el viejo Agua de Cinco Venenos del Doctor Mo, fue recombinado por Han Li con un nuevo ingrediente, una "Flor de Hongo de Tierra"; y esta hierba venenosa no era solo una cosa dañina para los hombres comunes, sino que también estorbaba en gran manera a los espíritus primordiales de los cultivadores. Fue por esta misma razón que Yu Zitong jamás pudo poner sus artes en uso presto, y así su espíritu fue fácilmente destruido.

Y en cuanto a por qué Han Li había empapado primero el espíritu del otro en el Agua de Siete Venenos — había sido movido por la sabiduría común de cien cuentos, en los que todo demonio y diablo estaba cerca de aterrarse de la sangre de gallo, de la sangre de perro negro y otros semejantes líquidos. Por una súbita inspiración, Han Li no había tratado el espíritu de Yu Zitong mejor que a un demonio nacido de tales historias.

Si Yu Zitong hubiera sabido, en el submundo, que su ruina había sobrevenido por un desatino tal como este — un dichoso infortunio —, ¿quién puede decir que no hubiera escupido sangre y muerto por segunda vez, en pura furia?

Han Li, por su parte, ignoraba todas estas coincidencias. Sabía tan solo que, aun si el veneno no hubiera servido de nada, una vez que abriera de par en par la puerta, el espíritu del otro habría de perecer forzosamente; y fue con esta plena cautela que había golpeado a Yu Zitong con tan despiadada fuerza.

Ahora, al fin, era libre — nunca más habría de vivir sus días con un cuchillo puesto a su garganta, presto en cualquier instante a huir por su vida.

Lentamente, Han Li volvió al medio de la cámara de piedra y permaneció allí un espacio, quieto y silencioso. Entonces, de súbito, saltó hacia arriba, tres pies enteros en el aire, y soltó varios feroz rugidos de su propia voz, desahogando al pleno la alegría dentro de él. Solo ahora había vuelto de verdad a sí mismo — al verdadero yo de un muchacho de dieciséis años.

"—¡Por fin soy libre!"

"—¡Por fin soy libre!"

"—Yo... —con un chasquido, como cortado por un cuchillo, el grito de Han Li se quebró en mitad de su regocijo."

Una vasta figura, que vagaba indolente de aquí para allá no lejos de la puerta de piedra, se coló en su vista — nada menos que el hombre enorme que llamaban "Esclavo de Hierro."

El rostro de Han Li se volvió de pronto muy feo. A la misma vista del hombre, parecía sentir de nuevo aquel sordo dolor en su hombro. Había errado en gran manera, y había vuelto a dejar escapar la existencia del tipo; que se le había olvidado por completo preguntar al espíritu de Yu Zitong por el origen del gigante y por su debilidad.

Mas lo que puso a Han Li algo más en calma fue que el gigante parecía no tener interés alguno en lo que pasaba dentro de la cámara de piedra; no hacía sino pasear sin cesar por fuera, guardando firmemente los vigilantes mandatos que el Doctor Mo le había impuesto en vida, y sin volver jamás un ojo hacia la puerta abierta.

Han Li frunció el entrecejo, y sintió que el asunto no era fácil. Este hombre gigante era a las claras un poco lerdo de ingenio, sabiendo tan solo obedecer una orden; mas para Han Li, los hombres de tal ralea eran los más duros de tratar, pues ninguna persuasión de palabras podría moverlo a deponer las armas y estrechar las manos en concordia. Y una vez llegados a los golpes, Han Li no era rival para él; la única cosa que podía amenazar al gigante era el tubo de veneno, ahora del todo vacío.

Han Li recorrió la anchura de la cámara de aquí para allá en largas y parejas zancadas, devanándose los sesos por un modo de someter al tipo; mas por entonces su mente estaba tan enmarañada como una madeja de seda, sin un solo hilo claro.

Su ojo, vagando distraído, cayó al fin sobre el cadáver del Doctor Mo.

Ante eso, una súbita inspiración lo asaltó.

"—Quizás —pensó—, sobre el cuerpo pueda hallar algún modo de frenar a este gigante."

Lanzó una mirada a la puerta; el gigante seguía paseando incansablemente fuera, sin dar la menor señal de acercarse.

Viendo esto, el corazón de Han Li se puso en calma, y se acercó unos pasos al cadáver del Doctor Mo y, sin pensamiento alguno de repugnancia, extendió ambas manos y comenzó a palparlo con cuidado, pulgada a pulgada.

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