Objeto tras objeto de extraña y maravillosa forma, unos familiares y otros no, fue Han Li sacando de la persona del médico, poniéndolos en dos montones según lo sospechoso que le pareciera cada uno.
Por grados no pudo sino maravillarse: las cosas que el Doctor Mo llevaba consigo eran muchas y varias en verdad, y un gran número de ellas eran a las claras los mismísimos emblemas de la muerte.
Un tubo de dardos de manga, cuyo menor roce significaba la muerte.
Una bolsa de arena empapada en veneno de culebra.
Docenas y docenas de afiladísimas hojas que volvían.
...
Cuanto más se amontonaban los artículos, más presto se volvía el aliento de Han Li, y cuanto más de cerca los volvía uno por uno, más escalofrío se le deslizaba en el corazón.
Solo ahora comprendía cuán de milagro había escapado cuando había luchado con el Doctor Mo. Si el otro no hubiera deseado sino tomarlo vivo, bien hubiera podido ya seguir el camino de toda carne.
Enjugándose el sudor frío de la frente, Han Li se burló un poco de sí mismo: "He aquí un hombre vivo, y sin embargo no pequeña espantada me han dado las posesiones de un muerto."
Cuando al fin hubo acabado la búsqueda, Han Li se puso a examinar, uno por uno, aquel montón de artículos que había juzgado los más sospechosos.
"—Este botellín guarda algo que apesta hasta el cielo. Parece ser una suerte de antídoto. No debe de haber mal en ello."
"—Esta curiosa arma tiene forma de rueda. No puedo decir para qué es, pero apenas puede tener que ver con el gigante; la pondré a un lado por ahora."
"—En cuanto a esta bolsita..."
Así diciendo, Han Li siguió volviendo las cosas mientras hablaba consigo mismo, de excelente humor. En su mano, en aquel momento, sostenía una bolsita ordinaria labrada con un dibujo de flores de seda blanca lisa.
En el curso natural de las cosas, una bolsita tan común no habría de despertar la sospecha de nadie. Mas Han Li razonaba que objeto tan cotidiano, aunque sentara bien en un hombre común, era cosa extraña de hallar sobre un pícaro consumado como el Doctor Mo.
Primero la pesó en el hueco de su mano; era muy ligera, y no guardaba nada pesado, parecía. Luego la pellizcó; vino un tacto de papel a ella, como si guardara dentro hojas semejantes a las de un libro.
Con los ánimos recobrados, Han Li descosió la bolsita y, como había esperado, sacó de dentro varias hojas de papel.
Leyéndolas a la ligera al principio, vio que eran de la propia mano del Doctor Mo, y supo un poco qué esperar. Luego, mirándolas con más detenimiento y cuidado, Han Li se asombró: era una carta de últimas voluntades que el Doctor Mo se había escrito a sí mismo.
Algo perplejo, con la curiosidad del todo despierta, Han Li tomó las hojas y las leyó de cabo a rabo con calma.
Cuando hubo acabado, Han Li dio un largo suspiro hacia el cielo, frunció el entrecejo, y se puso taciturno.
Juntó las manos a la espalda, paseó como un viejecito, y se puso a andar sin saber lo que hacía. A cada segundo paso se detenía, y se ponía a pensar; aún no resuelto, daba unos pasos más, luego se detenía otra vez y se ponía a pensar de nuevo.
Así, sin saberlo, Han Li dio vueltas y más vueltas alrededor del cadáver del Doctor Mo como un burro tirando de una muela; y su rostro se ponía oscuro y claro por turnos, un momento arrebolado, al siguiente pálido, al verse a las claras conmovido y sacudido en el corazón más allá de todo dominio.
Que semejante humor inquieto se apoderara de Han Li — si Li Feiyu lo hubiera sabido, habría roto al punto en grandes carcajadas.
La causa de todo esto era que la carta le dejaba una muy mala nueva y un dilema pasado de resolver: el antídoto de la "Píldora del Gusano Cadáver" estaba él mismo envenenado — un veneno de un talante insólito y funesto. Según la carta, este veneno solo podía expulsarlo aquella "Jade del Sol Cálido" transmitida en la propia familia del Doctor Mo; no había otra vía, ni siquiera la de los renombrados santos purificadores de antídotos.
Y así, en estas pocas hojas, el Doctor Mo decía a Han Li muy llanamente: esta carta, y el veneno depositado de antemano en su cuerpo, eran sus ardides contra el peor de los casos. Si su posesión de almas fracasara, y algún infortunio acaeciera, entonces quien más probables era de vivir no sería otro que el propio Han Li. Y así, para la ordenación de los asuntos que dejaría tras de sí, proponía en la carta una transacción sencilla con Han Li, para que ambas partes se separaran bien contentas — una que no solo libraría al propio médico de todos sus cuidados postreros, sino que traería también a Han Li una vasta fortuna y beneficios más allá de todo decir.
Cuanto a la contingencia de que fuera Yu Zitong quien a la postre viviera — el Doctor Mo no lo había considerado en lo más mínimo. De Yu Zitong habló con el mayor de los desdenes en la carta, teniendo a este hombre, frío de naturaleza y cobarde de corazón, por no poseer sino una pizca de astucia mezquina. Aun aunque fuera un cultivador, jamás llegaría a cuenta alguna; quien se riera el último no habría de ser en modo alguno tal hombre.
A este punto de la lectura, una torcida sonrisa se deslizó sobre el rostro de Han Li. El Doctor Mo, tan hondo en su astucia, jamás había imaginado que él mismo caería al fin en la mismísima trampa tendida por el hombre a quien tanto despreciara. De no haber Han Li escondido el verdadero progreso de su Arte de la Juventud Eterna, era diez contra uno que él y el Doctor Mo se hubieran destruido mutuamente, y dejado a Yu Zitong recoger el provecho sin ninguna pena. Para ser justos, esto era en parte porque el Doctor Mo estaba tan embelesado por su sueño de alcanzar la inmortalidad que sus entendederas estaban nubladas; y así, que ningún hombre piense a la ligera de ningún cultivador, de cualquier ralea que sea.
En la carta, la transacción propuesta por el Doctor Mo era bastante simple: requería que Han Li, a lo más tarde en un año, y a lo más tarde en dos, fuera una vez a su casa. Primero, porque el veneno depositado sobre Han Li estallaría después de dos años; y segundo, porque su casa guardaba una mujer, concubinas, una hija, y no pequeña herencia. Antes de partir, el Doctor Mo había hecho mucha provisión y lanzado mucha niebla para nublar los ojos de los hombres; mas si se ausentaba por demasiado tiempo, era de temer que sus rebeldes secuaces y sus enemigos concibieran sospechas, y obraran mal sobre su parentela. Y así Han Li debía, antes de que la cosa virara a peor, ir a guardar a su mujer e hijos, y verlos asentados; lo mejor de todo, hacerles dejar las querellas y matanzas del jianghu, y vivir calladas vidas de gente común sin preocupación de comida ni del vestir.
Y como precio de enmendar su emboscada a Han Li, y como paga de pedir a Han Li que olvidara viejos agravios y acudiera al rescate, se dignaba dar a una de sus hijas a Han Li por esposa, con una dote de la mitad de toda su fortuna y aquel "Jade del Sol Cálido."
Antes de partir, el Doctor Mo había confiado ya el jade a su primera mujer, dejando claro que se reservaba especialmente como dote para la boda de su hija; y así, por el bien de su propia vida, Han Li habría de casarse con ella quisiera o no.
También dejó claro que sus enemigos y adversarios eran poderosos, y su banda de secuaces nada fácil de controlar; con su destreza tal como ahora estaba, Han Li no podía esperar enfrentarlos de frente. Por esa razón, había arreglado, en un nicho oculto de su morada, dos identidades falsas para Han Li, y dejado de antemano un signo de reconocimiento y cartas de prueba de su propia mano, para que Han Li escogiera la que le conviniera. En la misma carta expuso una lista completa de sus hombres de confianza, de los sospechosos, y de sus enemigos, junto con los detalles que requerían especial atención.
Y, al final, para atestiguar la sinceridad de esta carta de últimas voluntades, adjuntó los métodos para controlar y llamar tanto al "Esclavo de Hierro" como al "Pájaro de Alas de Nube."
Algo para perplejidad de Han Li, el otro insinuaba oscuramente que el Esclavo de Hierro era una bestia cadavérica sin alma ni sombra de espíritu, no más que una concha ambulante de un muerto, cuya verdadera alma se había ido ya desde hacía tiempo a reencarnar; y que Han Li, cuando lo viera, no había de afligirse. Esto dejó a Han Li algo perplejo — ¿acaso lo creía el hombre tan tierno de corazón, que había de afligirse por un cadáver?
Mas, aun dejando de lado el asunto del veneno, decir que tan vasta fortuna no despertara el deseo de Han Li sería una mentira descarada. Hombre siempre presto al valor del dinero, estaba en verdad muy codicioso de la transacción que el Doctor Mo le había propuesto en vida. Cuanto a tomar a su hija por esposa — esto puso una extraña agitación en el corazón de Han Li, que estaba ahora en la tierna edad en que las pasiones despiertan por vez primera; pues a juzgar por el propio rostro verdadero del Doctor Mo, su hija apenas podría ser sino hermosa.
Mas los peligros que encerraba no eran nada pequeños; un solo mal paso le costaría quizá la vida misma. Enemigos que el Doctor Mo juzgaba dignos de su atención — ¡cuán a la ligera podrían tratarse!
Y así, el Doctor Mo, que había ordenado todos los asuntos que dejaría tras de sí hasta el último hilo, había atado las seguridades de Han Li y las de su mujer e hija, juntas, con las trampas enlazadas de la vida, la belleza y una gran fortuna; y era llano que Han Li habría de rechinar los dientes y tragar este veneno meloso quisiera o no.