Durante largo rato Han Li había permanecido enteramente quieto; luego, de repente, alzó la mano derecha y sostuvo un dedo rígidamente en alto, de manera que movía a un hombre a preguntarse qué se traía entre manos.
Y no pasó mucho antes de que, a la altura de medio cun sobre aquella yema alzada, se levantara una agitación en el mismísimo espacio que la rodeaba, y de la nada brotaran unas cuantas chispas dispersas. Apenas las chispas se hubieron mostrado, cuando — con un chisporroteo — se hincharon entre el retorcimiento del aire hasta volverse una gran bola de roja llama, no mayor que una nuez. Pequeña como era la bola de fuego, un calor abrasador vino a público derecho tras su nacimiento, y se derramó por todo el aposento hasta llenar cada rincón.
Sobre el rostro de Han Li yacía aún un libro, cubriéndolo; permanecía como dormido y sin moverse. Sólo la pequeña bola de fuego en su yema no cesaba de soltar su incesante chisporroteo de exigente calor, y junto a la quietud de su dedo se mostraba tanto más claramente, saltando a la vista al punto.
Los minutos se deslizaban uno a uno, y la bola de fuego seguía conservando su inusitado y vigoroso aliento, sin dar señal alguna de que hubiera de apagarse; mas al fin Han Li dio una pequeña señal de cambio, pues la yema que soportaba la bola de fuego comenzó a temblar apenas. Al principio fue sólo el dedo; pero conforme corría el tiempo, la muñeca, el brazo entero, y a la postre todo su cuerpo vino a estremecerse por lentos grados.
De súbito Han Li se sentó de golpe fuera del sillón, y el libro que había yacido sobre su rostro se deslizó al suelo sin que él siquiera se percatara.
Ambos ojos tenía fijos, con una atención desesperada, en la pequeña llama de su yema, y su cara estaba toda hinchada y encendida. De la frente al desnudo cutis de su garganta rezumaba un fino sudor de muchas gotitas, como si acabara apenas de cumplir alguna labor violenta, y cada palmo de él despedía un calor de vapor.
Al cabo de un rato la bola de fuego comenzó a vacilar entre el violento temblor de todo su cuerpo; sus llamas ora se hinchaban, ora se aplacaban, incapaces de conservar la calma. No tardó en encogerse del todo, tornándose una vez más en chispas dispersas, y se extinguió en el aire vacío.
En el instante en que la bola de fuego se desvaneció, Han Li, como quien tiene arrancada la propia espina dorsal, se hundió derechamente en el sillón, del todo agotado, como si acabara de gastar toda su fuerza en alguna tarea grande y fatigosa.
"¡Cuán difícil es de dominar esta Técnica de la Bola de Fuego!" murmuró, con la mirada fija en las vigas, hablando consigo mismo. "La he estudiado ya lo mejor de medio año, y aun no he captado por entero su secreto — sólo he alargado por el más leve de los tiquismiquis el tiempo que mora conmigo."
Pues en las últimas hojas de aquel rollo del Arte de la Juventud Eterna estaban asimismo asentadas varias artes rudas y simples, cosas que, a primera vista, no eran sino los dones más humildes del umbral del camino de los inmortales. Estas las había asido Han Li como tesoro de valor incomparable, y varias noches seguidas había yacido despierto, sin poder dormir de puro arrebato.
Ocioso es asombrarse de que estuviera tan conmovido. Desde que había visto al Doctor Mo trabajar sus varias artes, Han Li se había visto presa de un gran interés por estas cosas increíbles, cuyo poder era hondo e incognoscible en verdad.
Mas la lástima era que, aunque Han Li llevaba ya en sí un cuerpo de poder en la mismísima cumbre de la sexta capa del Arte de la Juventud Eterna, era como un mendigo que sostiene una escudilla de oro — no sabía un ápice del oficio de lanzar un conjuro, ni el primer principio de arte alguna. Y sin embargo aquí, de un golpe, había dado con varias fórmulas muy a propósito para un novicio como él. ¿Cómo no habría de desbordársele el gozo?
Las artes asentadas al cierre del rollo eran estas cinco — la Técnica de la Bola de Fuego, el Talismán de Fijación del Espíritu, el Conjuro del Vuelo del Viento, el Técnica de Movimiento de Objetos y la Técnica del Ojo Espiritual. Cada y simple línea de conjuro en ellas era, para Han Li, tan tosca, tan abstrusa y honda, que no podía comenzar a sondearla.
Ni era esto maravilla, pues el decir de estas fórmulas estaba tejido de cierta estirpe de palabras más antigua y vetusta. Aunque había leído no pocos libros en sus días, su saber en tales materias era en verdad poco profundo, y el significado no podía asimilarlo de una sola lectura.
Llevado así a su límite, Han Li volvió a convocar el mismo celo frenético con que se había encomendado por primera vez al Arte de la Juventud Eterna, y se echó de cabeza sobre un gran montón de libros de la lengua antigua, hurgando en ellos día y noche con todas sus fuerzas en busca del verdadero sentido escondido en las fórmulas, sopesando toda frase y toda palabra una y otra vez, veinte veces antes de darse por contento, resuelto a no darse reposo sino con un entendimiento cabal y cierto, libre de toda sombra de duda.
Aunque jamás hubiera aprendido arte alguna, sabía de sobra que un poder como éste, de ilimitada fuerza, si una vez se extraviaba, sería harto más terrible que cualquier mera perturbación del verdadero qi — un solo error bien pudo haberle costado la propia vida. Por su propia seguridad caminaba Han Li con tan cauto cuidado, y no osaba aflojar ni un punto.
Tras tres meses de hondo estudio, Han Li al fin compuso todas estas fórmulas en la redonda, en teoría; y así pasó a la verdadera práctica corporal de las artes.
Este poner mano a la obra asestó a Han Li un revés de no poco peso.
Había pensado que, con la misma agudeza de ingenio con que había dominado el Estilo de Espada del Parpadeo, el aprender estas artes no le costaría gran dificultad. Mas sus esperanzas quedaron en añicos, pues en esta empresa se volvió, de golpe, torpe más allá de lo creíble. Aunque conocía de sobra el principio de la cosa, cuando venía al hacerla nunca acertaba — o su juego de manos andaba errado, o su conjuro se le trocaba, o su poder mágico no había ido al sitio debido; todo el hombre parecía un memo sin esperanza.
Contra esto no tenía Han Li remedio alguno. Si el defecto hubiera residido en una falta de poder, habría podido enmendarlo con la cosa de un par de bocados más de medicina espiritual. Pero esto era a las claras un resquicio de su propia factura; y así parecía que sus dones para las artes no eran tan grandes como tan amorosamente había figurado. Esta fue la conclusión que Han Li sacó para sí, tras no poco afán.
Tras larga y dura labor, Han Li hubo al fin alcanzado algún pequeño éxito en la Técnica de la Bola de Fuego y en la Técnica del Ojo Espiritual; pero de las otras tres artes no había tocado siquiera el umbral, y no podía obrar con ellas ni el más mínimo efecto.
En su desazón no podía hacer otra cosa sino derramar todo su espíritu en aquellas artes que ya podía asir — la Técnica de la Bola de Fuego y la Técnica del Ojo Espiritual — y cifrar en ellas no poco de esperanza.
De éstas, el poder de la Técnica de la Bola de Fuego de verdad no defraudó a Han Li — no, se saltó por mucho sus expectativas.
Mirad una sola vez la bola de fuego de la Técnica de la Bola de Fuego: pequeña era, ciertamente, pero el espantoso calor escondido en su mismo núcleo podía hacerse enemigo de casi todo cuanto hay bajo el cielo — derretirlo todo, devorarlo todo en llama.
Aun una hoja forjada del mejor acero, si la hería esta bola de fuego, vería la parte herida vuelta en un abrir y cerrar de ojos en un charco de hierro fundido.
Habiendo contemplado con sus propios ojos este pavoroso poder, más que humano, Han Li llegó incluso a echar la bola de fuego sobre la superficie del agua para probarla; y las, aquel trecho de agua se encendió al punto como aceite, sin mostrar señal alguna de que el agua pudiera valer contra ella.
Ahora que entendía por entero el poder de la Técnica de la Bola de Fuego, Han Li vio al fin por qué Yu Zitong había mirado a los hombres mortales con soberbio desdén.
Pensadlo un momento: un cultivador que supiera un tris de las artes podría, con un arte ruin como la Técnica de la Bola de Fuego, dar muerte con holgura a los llamados maestros y figuras célebres del jianghu. Y si fuera un cultivador de más hondo poder quien diera el golpe, ¿no barrería delante de sí todo el jianghu, y fuera sin par bajo el cielo?
Siendo tan vasto el abismo entre sus fuerzas, poca maravilla era que cultivadores como Yu Zitong miraran a los hombres comunes como los hombres miran a las hormigas y a los gusanillos.