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Chapter 68: El Veneno

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 68 de 75·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-13 07:03

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En cuanto a la otra arte, el "Arte del Ojo del Espíritu," Han Li, tras haber presenciado la inusitada excelencia del "Arte de la Bola de Fuego," la tuvo asimismo en nada escasa estima.

Pero cuando hubo de veras invocado el conjuro, Han Li vino a comprender que esta arte no era sino un truco baladí de echar mana sobre los ojos — que no encerraba la menor dificultad, y podía tomarse con la mayor facilidad.

Quedo su provecho a la par con su llaneza: era por entero una arte auxiliar, destinada tan solo a observar si un cuerpo guardaba mana dentro, y si este mana era hondo o somero.

En un principio Han Li la halló de lo más divertida, y se embadurnó los dos ojos con el Arte del Ojo del Espíritu una vez y otra; luego, con su visión así hechizada, escudriñó el estado de su propio cuerpo. En consecuencia vio una leve capa de luz blanca tendida sobre él, y cuanto más cerca estaba del dantian, más espesa y densa crecía la blancura.

"De modo que esto es lo que se llama mana," pensó. Y a la vista de ello, Han Li no pudo contenerse de estirar una mano a acariciar la luz blanca — mas no sintió cosa alguna. El mana, según parecía, era como la verdadera qi: informe e insustancial, y solo de percibirse bajo el Arte del Ojo del Espíritu.

Pero tras usarlo varias veces seguidas, Han Li perdió por completo el interés en ello.

Pues en toda la Secta de los Siete Misterios solo él, a despecho de todos, podía llamarse medio inmortal en adiestramiento; y ¿a quién, entonces, había de dirigir su Arte del Ojo del Espíritu? No podía pasarse los días boquiabierto ante sí mismo en vana vanidad.

Así pues, Han Li, además de apretar con más ahínco en su práctica del Arte de la Bola de Fuego — con la esperanza de traerla a pulida disposición para la lid —, volvió su interés hacia las otras artes que aún no había dominado, y se puso a ensayarlas y ponerlas en práctica de a poco, en la esperanza de ganar aun otro desquite.

Y al pensar en cuán penosa había de ser la maestría de aquellas otras artes, Han Li, que había recobrado en cierto grado sus fuerzas, no pudo refrenar un suspiro; pues descubrió que, desde que había comenzado a practicar las artes, había suspirado con mucho más frecuencia que nunca antes.

"¡Bong — bong —!"

Una pesada salva de campanas llegó traída de más allá del valle.

Han Li frunció el entrecejo. De un tiempo a esta parte, no sabía por qué, había crecido de súbito el número de los que venían a buscar cura, y la mayoría traía heridas de espada y de cuchillo — manos y pies quebrados, señales de hoja y de hacha.

No se atrevió a ser negligente, pues salvar una vida es como combatir un incendio. Asió el saco de medicinas que había aparejado de antemano, y salió luego de su morada, apresurándose hacia la boca del valle.

En el mismísimo borde del bosque sin el valle, Han Li se topó con un discípulo prominente vestido de rica brocada, que paseaba de un lado a otro en gentil afán bajo la gran campana, en tan completo atolondramiento como una hormiga sobre una sartén caliente.

No bien puso los ojos sobre Han Li cuando su rostro se encendió de gran alegría, y se acercó presto.

"¡Médico Han, habéis llegado! Mi maestro está hondamente envenenado, y parece a punto de morir. Os ruego que vayáis al punto a ver si puede aún disiparse este veneno."

Solo cuando el hombre se acercó advirtió Han Li que el tal no le era enteramente extraño — que había visto su rostro varias veces. Era Ma Rong, el discípulo favorecido de aquel Elder Li que ocupaba el quinto lugar entre los ancianos de la secta, y que había venido una vez con su maestro al Valle de las Manos Espirituales a ver a Han Li; de modo que los dos estaban, en cierta manera, a medias conocidos.

"¿Envenenado? —murmuró Han Li, aun mientras se apresuraba junto al otro—. ¡De mal agüero el lance!" se dijo por lo bajo, y aun así preguntó los pormenores mientras caminaban; pues había todavía un veneno en su propio cuerpo que no había aún expulsado.

"Así es. Cuando mi maestro bajó de la montaña en un recado, se trabó en pelea con una mano maestra de la Pandilla del Lobo Salvaje, y por descuido recibió pleno de lleno uno de los dardos negros del tipo. Al pronto no le prestó atención — de hecho, mató al hombre allí mismo. Pero no bien hubo vuelto a la montaña cuando el veneno le ardió dentro, y se desmayó, pasado todo despertar."

"¿No han sido llamados los otros médicos a verle?"

"Llamados, por supuesto. Fuera un envenenamiento común, no habría venido a molestar al renombrado Médico Han. Esos matasanos solo saben que el de mi maestro es un veneno que no se encuentra a menudo, y nada más — no hubo uno que se atreviera siquiera a escribir una receta." Aquí el rostro de Ma Rong se cubrió de una expresión de total desdén, bien visible su descontento con los otros médicos.

La faz de Han Li no se alteró; solo dio un "Ah," y se puso a caminar junto al hombre, cabizbajo — mas dentro de él comenzaron a bullir las dudas.

A decir verdad, Han Li no era gran mano en expulsar venenos. Fuera cosa de daño interior o herida exterior, tenía, merced a varias buenas drogas, una medida de segura confianza. Mas si le ponían a disipar algún raro y potente veneno, su corazón no hallaba estribo firme.

Pues aunque poseía una droga soberana contra todos los venenos, el "Polvo del Espíritu Claro," sin embargo las cosas venenosas bajo el cielo eran pasadas de contar; ¿y cómo había de saber si el Polvo del Espíritu Claro era la mismísima cura, o si podría expulsar este veneno? Por añadidura, los otros médicos de la montaña no eran unos inútiles ociosos; para tales males cotidianos del jianghu como curar heridas y expulsar venenos tenían sus propias artes — de otro modo habrían sido expulsados tiempo ha de la montaña por los grandes hombres de la secta, que amaban demasiado sus vidas para mantener a una banda de rellenos ociosos.

Y ahora no habían osado siquiera escribir una receta — lo cual decía con claridad que este veneno era verdaderamente harto de manejar, cosa no común. No podía sino observar qué golpe exigía el caso, y así mudar y hacerle frente como viniera. Aun si no lograra salvar al hombre, su buen nombre no se arruinaría; pues ningún médico, por renombrado que sea, puede curar de veras todo achaque y no conocer enfermedad alguna más allá de su arte; y su posición dentro de la secta no recibiría gran detrimento.

Aun mientras Han Li daba vueltas al asunto en su mente, Ma Rong — casi medio cargándolo, y tironeando con fuerza de su manga mientras trotaba — lo apresuraba hacia la morada del Elder Li.

Viendo esta febril prisa suya, Han Li supo al punto que el amor entre maestro y discípulo corría hondo ciertamente.

Una sombra de melancolía se apoderó de Han Li, pues pensó en sus propios tratos con el Doctor Mo, que era su maestro de nombre y aun así su adversario en verdad. De haber sido su amor tan armonioso como el de Ma Rong y su maestro, ¡qué hermosa cosa hubiera sido!

En los más hondos cimientos de su corazón, Han Li siempre había guardado una medida de respeto por el Doctor Mo; pues su no pequeña destreza en la medicina, y el Arte de la Juventud Eterna, le habían venido ambos de la mano de aquel hombre.

Pero la fortuna juega perversas triquiñuelas con los hombres, y el cielo había decretado que los dos no pudieran habitar juntos en un mismo mundo; así sucedió que trabaron pelea abierta, y el Doctor Mo, por desventura, halló la muerte a la propia mano de Han Li.

Aun mientras Han Li suspiraba en este melancólico trance, Ma Rong ya lo había guiado hasta la morada del Elder Li.

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