La morada del Elder Li no era nada suntuosa, ni era grande su terreno; no era sino una casa de labranza común y corriente. En torno de sus pocas estancias apiñadas corría una tapia de tierra, de unas dos varas de alto y media vara de grueso, que encerraba un simple patiecillo; y en la cara de la tapia que miraba hacia el camino se abría una puerta de media luna de forma arqueada. Por la entornada puerta de madera podían verse dentro del patio hartos visitantes, venidos a hacer visita.
Una vez dentro del patio, Han Li descubrió que el número de los de veras presentes era mucho mayor de lo que aparecía desde fuera. Se agolpaban de dos en dos y de tres en tres, hablando en voz baja del daño del Elder Li.
Han Li había oído largo tiempo atrás que el Elder Li era uno de los pocos hombres bondadosos entre los altos muros de la Secta de los Siete Misterios — que hacia discípulos humildes y ancianos colegas por igual rara vez fruncía el ceño, y que jamás pugnaba por poder o provecho dentro de la secta. Hacia tan buen y honrado hombre, toda la casa, altos y bajos, no cantaba sino una alabanza; y su buena gracia entre los hombres no tenía par. Ahora que el Elder Li había sufrido daño, todos los que tenían alguna posición — de veras o de apariencia, para guardar las formas — debían venir en persona, o enviar a otro, a hacerle visita; y de ahí brotaba aquella gran reunión de gentes que ahora se ofrecía a los ojos.
No bien entró Han Li cuando la gente del patio lo reconoció; y al punto aquellos del rango menor, los Protectores y su semejante, se le apretaron alrededor, porfiando unos con otros por ser los primeros en los saludos.
"¡Médico Han, bienvenido!"
"¡Ha venido el Médico Han!"
Tal tropel de buenos deseos se le derramó sin cesar en los oídos, que no pudo sino oírlo.
Mirando estas caras cálidas y anhelantes, el propio rostro de Han Li se encendió como un sol; con una sonrisa devolvió el saludo a cada uno, sin faltar a alma alguna, del modo más cortés — mas en su corazón estaba del todo harto de estas vanas cortesías.
Bien estaba que aquellos del rango mayor, los submaestres de sala y los patronos y su semejante, se tuvieran algo de su dignidad, y solo asintieran con una contenida muestra de cortesía hacia Han Li, sin acercársele; por lo cual su conducta se ganó una medida de su benevolencia, y le ahorró la pena de atender aun a otros señorones.
Ma Rong, cuyo rango era demasiado bajo como para meter baza en la materia, no podía sino quedarse de pie al margen, viendo a Han Li apegarse y parlamentar con este y aquel sin término; y cada vez se le volvía más desaforada la faz, retorciéndose las dos manos sin pausa.
Al fin, cuando Han Li hubo acabado de saludar al último de ellos, Ma Rong no pudo contenerse más; se lanzó hacia delante, asió a Han Li del brazo, y lo metió de sopetón en la casa. Esta ruda presteza atrajo miradas de no poco desagrado de ciertos que habían esperado trabar conocimiento con el gran Médico Han.
En lo exterior, Han Li parecía algo contrariado; mas en su corazón estaba de veras satisfecho, pues al fin se había visto libre de todas aquellas gentes parlanchinas, y sin ofender a alma alguna.
Y así, arrastrado por Ma Rong, Han Li fue llevado de plano a la sala de visitas.
Pocas personas había dentro: además de algunos de la familia, un par de ancianos y el Vice Líder de la Secta Ma guardaban asimismo el lugar. Mas lo que más asombró a Han Li fue que Li Feiyu se hallara también allí.
Esto causó a Han Li no poca sorpresa; pues, hasta donde sabía, Li Feiyu y el Elder Li no tenían vínculo alguno entre sí. ¿Cómo venía a hallarse presente en este lugar?
Aun mientras estas dudas le llenaban el pecho, Han Li vio que Li Feiyu estaba al lado de una doncella menuda y esbelta, cuya faz aparecía surcada de lágrimas, y la consolaba sin cesar. El aire solícito que vestía era de muy otra especie del que mostraba ante sus compañeros discípulos o ante Han Li — la viva estampa, bien a la vista, de quien tiene el corazón aprisionado en los sedosos lazos del amor de una mujer.
Viendo a Li Feiyu así de sumido en las redes del amor, la luz se le hizo por fin a Han Li; y dentro de él hubo no poca sorpresa, más aun vasto regocijo.
Se apresuró a escudriñar de cerca a esta doncella, por ver qué suerte de mil-veces-muestra belleza perfecta podía traer a un tan sin-ley forajido como Li Feiyu a sujeción.
Parecía la doncella de unos quince o dieciséis años. Llevaba prendido en el cabello un alfiler de jade verde, y en el cuerpo un vestido verde flor de loto, que le quedaba de lo más lisonjero a su menudo y esbelto cuerpo; una masa de cabello negro y lustroso se recoja atrás en dos trencillas, que prestaban a su ya dulce faz un aire caprichoso y juguetón. Mas ahora tenía los dos ojos algo enrojecidos e hinchados, y toda su persona vestía un aire tan lastimero y conmovedor que daban ganas de cogerla en brazos y mimarla con toda ternura.
"¡Ay, ay! ¡Una pequeña belleza de veras, y no engaño!", se maravilló Han Li para sí. Sintió que el aprisionamiento de Li Feiyu por el amor de esta muchacha era del todo perdonable; mas un toque de envidia y celos se le coló por dentro, de no saber cuándo él mismo habría de ganar tal amiga del pecho y bella compañera.
Quizá fue que Ma Rong reparó en cómo Han Li había vuelto los ojos a esta doncella; pues se apresuró a dar un paso al frente y presentarle las gentes de la casa.
Al Vice Líder de la Secta Ma y a un pálido Elder Qian ya los había conocido Han Li, de modo que no necesitaba palabra alguna sobre ellos; se adelantó presto a rendirles sus respetos.
"¡Vice Líder de la Secta Ma, Elder Qian, mis humildes saludos a ambos!"
"¡Jo, jo! ¡Ha venido el jovencito Médico Han!" El Vice Líder de la Secta Ma vestía un aire accesibilísimo, dejando de lado toda la dignidad de su altísimo cargo ante Han Li.
"Médico Han es Médico Han; ¿qué necesidad de ese 'jovencito'?" se quejó Han Li por lo bajo, para sí mismo.
El Elder Qian, por contrario, no devolvió sino un fresquísimo y distante asentimiento, el reverso de la manera del Vice Líder de la Secta; mas Han Li no lo tomó a mal, pues sabía que el hombre practicaba una arte interna especial, y debía cortarse de todo sentimiento y deseo, y por tanto era frío con toda alma por igual.
Otro anciano, de fornida talla y rostro colorado, le era del todo extraño a Han Li, tal como jamás hubiera conocido antes; empero las palmas del hombre eran de pellejo áspero, y sus diez dedos cortos y recios — prenda segura, a una ojeada, de que había adiestrado alguna destreza singular en sus manos.
"Este es el Elder Zhao, amigo de confianza de mi maestro", dijo Ma Rong, haciendo la presentación. "De continuo ha morado sin la montaña, vigilando los trabajos del Salón de la Reunión de Tesoros, y apenas hace dos días has vuelto a la montaña."
El Elder Zhao no dejó caer sino un frío "¡Hum!" por la nariz y ni una palabra de los labios; mas la duda en sus ojos era espesa de veras — prenda evidente de que, viendo al Médico Han tan joven, ponía no gran confianza en su destreza.
Puesto que este Elder Zhao no tenía aprecio por él, Han Li no estaba de humor para ir pegándose a un trasero frío; devolvió tan solo el más chato de los saludos, e hizo ademán de pasar de largo junto al hombre.