El Vice Líder de la Secta Ma parecía haber advertido el creciente desacuerdo entre ambos hombres; mas lejos de turbarse por ello, dejó que una alegría oculta le asomara visiblemente al rostro.
"El jovencito Médico Han podrá ser escaso de años, mas su arte de curar es de veras inigualable — me atrevería a decir que podría hacer volver de la muerte aun a los difuntos", dijo de pronto, ensalzando hasta las nubes la medicina de Han Li.
"¿Ah, sí? ¡Tan joven, y de veras dueño de tal destreza! No acabo de creérmelo. ¿Acaso ha de contarse su medicina por más alta que la del propio Doctor Mo?" Este otro anciano era de claro y fogoso temple; no bien lo picó la sutil provocación del otro cuando ya cayó en la trampa, soltando sin ponderarlo ante el propio Han Li las palabras de desconfianza: "Poco lo creo."
Estas palabras, una vez dichas, dejaron a los varios parientes que estaban presentes en gran aprieto de cómo haber por sí mismos. Asentir al anciano era fuera de cuestión — pues ¿no dependían tan solo de este pequeñín médico para deshacer el veneno y recuperar la vida en juego? Y empero refutarlo tampoco parecía lo propio, pues de la otra parte estaba el amigo de confianza del Elder Li, y el mayor de la mayor parte de los presentes.
"¡Ja! No sabe el Elder Zhao", respondió el Vice Líder de la Secta, velando su secreto regocijo, "que el Médico Han es discípulo de confianza del Doctor Mo, y que su arte ha sobrepasado al de su maestro."
"Un rapazuelo de apenas diez y tantos años — aun cuando estudiara desde el vientre de su madre, ¿hasta qué altura podría llegar su destreza? Sigo sin poder creérmelo, a menos que lo vea con mis propios ojos." El Elder Zhao sacudía la cabeza de un lado a otro como un abanico de aventar, sin caer jamás en la cuenta de la trampa en que había caído, ni de que había dado ofensa donde la ofensa no se debía dar.
Han Li, de pie junto, no podía sino poner en blanco los ojos desdeñosamente. ¿Que mi medicina sea buena o mala — habréis vos de probarlo? Sabía de sobra que el Vice Líder había sacado astutamente estas mismas palabras de los labios del otro, y que este Elder Zhao no era, a buen seguro, de su facción; mas una cierta pesadumbre le hinchó por dentro del mismo modo.
"¡Vuestra Palma Hunyuan, Elder Zhao, está practicada hasta la última fineza, y su poder no tiene medida!" El Vice Líder de la Secta Ma, reparando en cómo el desagrado se agolpaba en la frente de Han Li, sintió que su secreta dicha crecía aún más; y de pronto, mudando el hilo mismo de su discurso, dejó caer una saeta envenenada de más impenetrable alcurnia.
"¡Hum! ¿Cómo habría de rivalizar con la pureza del Dedo del Yin Misterioso del Vice Líder de la Secta?" replicó el Elder Zhao, sin miramiento alguno por el altísimo cargo del otro, devolviendo el golpe mientras arrugaba la frente con severidad.
"¡Jajá! ¡Me hace el Elder Zhao demasiada gracia!"
Claramente el Vice Líder de la Secta Ma era hombre que escondía un puñal bajo la sonrisa. Ninguna cuenta hacía del sarcasmo oculto en las palabras del anciano, sino que recibió la vacua lisonja con el semblante risueño.
No era la primera vez que el Elder Zhao afrontaba tal trance. Hallábase sin poder contra ello, y así calló, maravillándose tan solo para sí de que el otro hubiera de dispararle semejante saeta justo en esta coyuntura — y con qué fin no acertaba a comprender. Pues aunque el Vice Líder no fuera hombre de su facción, poner a la luz del día, tan abiertamente ante tantos de la generación más joven, las rencillas de los rangos superiores, era cosa que jamás había hecho antes; y algún oculto designio debía de esconderse bajo ello.
Han Li oyó a estos dos hombres altercar, saeta contra saeta, mas jamás se le mudó el semblante, y fingió no saber cosa alguna. Pero su comprensión era más que clara: el Vice Líder estaba aun sembrando discordia de nuevo entre él y los otros señorones de la secta.
Desde que el Vice Líder de la Secta hubiera tenido una vez conversación con Han Li, más de una vez lo había sondeado de un lado y de otro, buscando atraer a tan diestro médico a su propia facción y engrandecer con ello su influjo dentro de la secta. Pero Han Li jamás había pensado en tomar parte en las querellas de poder que afligían a la Secta de los Siete Misterios. No porque se tuviera por altanero y desdeñoso; más bien, desde que viniera a conocer a tales maestros como el Doctor Mo y Yu Zitong, y sobre todo desde que aprendiera las dos artes mágicas, su entendimiento se había ensanchado insensiblemente, y había venido a mirar por encima del hombro las mezquinas querellas de una secta tan pequeña. Y aunque su fuerza no era en modo alguno desdeñable, tampoco quería ofender al hombre; y así jugó el juego de las dilaciones — ni asintiendo a su petición, ni cerrando la puerta del todo, mas reteniendo toda palabra clara de respuesta. Y así vino a pasar que el peso de la pesadumbre cayó sobre el gran Vice Líder de la Secta Ma.
Pues como Han Li no diese respuesta, y no pudiera echarse a un lado su arte de curar, no podía forzársele; y así el asunto de entrar en su facción se había ido posponiendo hasta este mismo día, sin que se hubiera dicho aún palabra segura alguna. Pero el Vice Líder, no fuera que Han Li se pasara al bando de alguna otra facción, se aprovechaba de toda ocasión para quebrar los lazos entre él y los otros señorones. Si tales artes, de apariencia pueril, aprovechaban algo, Han Li no podía decirlo; mas esto era cierto — ningún alto anciano de otra facción había venido aun a molestarlo, y esta ganancia no esperada regocijaba en secreto su corazón.
Ahora el gran Vice Líder de la Secta Ma se hallaba de nuevo en su misma tarea; y, con toda seguridad, en la mente de este Elder Zhao no habría de quedar de aquí en adelante grata memoria de Han Li.
Ma Rong, viendo este aire de gallos de pelea cernirse sobre la concurrencia, sintió que el corazón le flaqueaba dentro del pecho; y se apresuró con sus presentaciones.
"Esta es mi shiniang, la Madam Li", dijo primero, señalando a una mujer de mediana edad cuyos rasgos no carecían de semejanza con los de la doncella.
"Este es…"
"Este es…"
La doncella, por ser la más joven, fue puesta a la postre de todas; y se dijo que su nombre era Zhang Xiuer — quien resultó ser, para no poca sorpresa de Han Li, la propia sobrina del Elder Li.
Cuando la presentación llegó al fin a Li Feiyu, este hizo gran alarde de no haber puesto jamás los ojos en Han Li, mostrando un aire huraño y disuasivo, como de quien gusta de tener a raya a todos los hombres; lo cual turbó a Ma Rong, que había esperado presentar a los dos. Se apresuró a explicar en voz baja a Han Li: "El Protector Li es siempre así — es su costumbre, y de ningún modo va dirigido contra vos. Ruego al médico que no lo tome a pecho."
Han Li sonrió apenas, sabiendo de sobra que Li Feiyu no tenía gana, ante tantos ojos reunidos, de descubrir el verdadero vínculo entre ambos. "No es nada; no he de altercar con cierto individuo por semejante motivo. Mejor será que primero atendamos el estado del Elder Li", dijo, sin escatimar el hincar a Li Feiyu con una suave aguja propia.
Ma Rong, oyendo esto, respiró aliviado, y apresuró a la compañía a entrar en la cámara del enfermo. Li Feiyu, por su parte, lo oyó con tan solo el menor temblor en la comisura de los labios; mas cuando toda la compañía hubo vuelto las espaldas, de pronto le hizo a Han Li una espantosa mueca, y al punto siguiente la había suavizado de nuevo, como si cosa alguna hubiera pasado.
Han Li se contuvo contra la risa que le subía al pecho y no le prestó más atención, sino que siguió de cerca los pasos de la Madam Li y llegó a la cabecera del lecho del Elder Li.
En el instante en que sus ojos cayeron sobre el rostro de quien yacía allí, aun Han Li, por osado que solía ser, no pudo sino aspirar un agudo y frío aliento; y entonces solo supo por qué ninguno de los otros médicos se había atrevido a esbozar siquiera una receta.
El Elder Li, que antaño mostrara un semblante tan bondadoso y afable, yacía ahora en un sopor del que no había forma de despertarlo. Mas desde el rostro al cuello, desde ambas manos a ambos pies, le habían brotado manchas de veneno, cada una de la anchura de una moneda de cobre — y todas ellas de color variado, tan vivas y brillantes que el solo verlas atemorizaba el corazón. Lo que más turbaba a Han Li era la gravedad mortal de ellas: al hombre se le habían vuelto lívidos los labios, y un sudario de negra ponzoña le cubría la faz — los más claros emblemas de un veneno avanzado hasta su última extremidad. Arrancarle su pobre vida de tan cruel trance sería empresa poco menos que imposible para hombre alguno.